"Amina, el principio de un largo viaje" Vicens Jordana

 

 

 

 

 

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–Parece un mapa.
–¿Por qué crees que es un mapa?
–Mira, si le damos a esta rueda la imagen sube o baja y si le damos a esta otra todo se hace más grande –respondió Amina.
–De lo de esta rueda –dijo Rangu señalando la de la derecha– ya me había dado cuenta, pero no entiendo como llegas a lo de la izquierda y a que es un mapa.
En el fondo era normal que les costara tanto asociar esas imágenes que surgían en la pantalla con un mapa, no sólo porque nunca habían visto uno tan detallado, sino que ni tan siquiera habían visto jamás una pantalla. Lo que tenían delante de los ojos distaba mucho del mapa pintado con un pincel sobre un trozo de cuero que colgaba en la puerta del xamán. Las emociones de ese día parecían no tener fin, y si Amina tenía razón en lo que intuía en esa pantalla, lo que les esperaba podía superar con creces lo que nadie de su tribu hubiera hecho jamás. Si convencía a sus amigos para no decir nada, intentar llegar a la ciudad y entrar en la biblioteca ya ni los dioses podrían encerrarla en una choza por el resto de su vida… Mientras Lloid y Rangu discutían sobre lo que había dicho, ella acariciaba con los dedos la pared y repetía en su mente: –Esto no es un juego, esto no es un juego.
Amina, Lloid y Rangu habían sido amigos desde que podían recordar. Su amistad sobre todo a esa edad no era muy normal y en general era mal vista en el pueblo. En cierto modo era natural que los niños y las niñas jugaran juntos a edades tempranas, pero a medida que pasaban los años se solían distanciar. Los niños jugaban partidas de carog en las que con sus hondas imitaban batallas lanzando bolas de cal y los más grandes empezaban a ejercitarse con los arcos de sus padres. Por otro lado las niñas practicaban danzas y aprendían a tejer, a cocinar y a recolectar. Es por ese motivo que al pueblo no le gustaba mucho la idea de que Rangu, Lloid y Amina siguieran jugando juntos a escasas dos semanas de la ceremonia de floración.
Aunque Amina no era como las demás, nunca tuvo un rol pasivo en los juegos con sus amigos, su imaginación desbordante hacía que un simple juego de caza deviniese en una gran aventura. Era inteligente y ante los problemas tomaba instintivamente el control de la situación con una sangre fría que superaba a la de cualquier varón de su edad. Cuando eran pequeños todos querían jugar con ella, en el carog su equipo siempre vencía, no tanto porque fuera muy buena con la honda, sino por la capacidad que tenía para analizar una situación y crear una estrategia en plena acción. Sin embargo a medida que pasaba el tiempo cada vez fueron más los que se negaron a jugar con ella, ya sólo Rangu y Lloid, que la adoraban, seguían jugando con ella, incluso después de darse cuenta de que ellos también estaban siendo marginados por esa causa. Pero valía la pena con tal de seguir disfrutando con su amiga.
En sus juegos de exploración se habían ido alejando cada vez más del pueblo y Amina sospechaba que ya superaban de lejos los territorios de caza de su tribu. Esa mañana se alejaron mucho, habían encontrado un camino nuevo que les permitía recorrer con rapidez el territorio hasta el Valle Árbol. Les gustaba jugar allí, porque era un lugar raramente visitado por los mayores, estaba cerca de la ciudad y el temor que sentían todos por los perros los mantenía alejados.
En esa ocasión unos tratantes de esclavos habían atacado el pueblo y secuestrado al hermano de Rangu, todos estaban heridos y sólo los tres amigos estaban en disposición de liberar a Betro. Ellos estaban en lo alto de la carena y desde allí avanzarían sigilosos campo a través hasta situarse en las posiciones que Amina había indicado, una vez en situación, Amina y Lloid empezarían una maniobra de distracción que permitiría a Rangu liberar a su hermano. Pero jamás llegaron, porque a medio camino Lloid se tropezó con algo y gritó: –Amina, Rangu, venid rápido.
–No grites –le espetó Amina– o nos oirán y echarás todo el plan a perder.
–Déjate de planes –volvió a gritar– venid, mirad qué he encontrado.
Esto significó el final del juego. Todos sabían que cuando se orquestaba una ficción como esa debía mantenerse el rol hasta el final si no el juego no merecería la pena, y para los tres amigos el juego era algo que se tomaban muy en serio, si Lloid lo había interrumpido debía tener una poderosa razón. Y cuando llegaron donde estaba su amigo y vieron lo que éste había encontrado coincidieron con él en que sí, era una poderosa razón.
–¿Qué es esto?
–No lo sé, –respondió Lloid– parece una puerta.
–Yo diría que es algo de los antiguos, ¿no creéis? –apuntó Amina.
Era un tubo de aproximadamente un metro y medio de diámetro que sobresalía unos setenta centímetros en cuyo interior, a unos treinta centímetros por debajo de la altura del suelo, había un fondo azul. Pese a la maleza y al polvo se podía ver perfectamente el color y cómo sobresalía una rueda amarilla con una flecha negra dibujada en ella.
–¿Si es una puerta, cómo se debe abrir? –preguntó Rangu.
Lloid, con mucho cuidado, pasó por encima del borde y se introdujo en el tubo. Antes de depositar todo su peso sobre el fondo, lo golpeó con el pie.
–Prueba a girar la rueda en el sentido que indica la flecha –sugirió Amina.
Lloid la miró a los ojos como diciendo: –¿Estás segura?
Amina se encogió de hombros y sonrió, Lloid sonrió también y apretó con fuerza. La rueda cedió y un sonido metálico sonó bajo sus pies. Rangu reaccionó, agarró con fuerza el brazo de su amigo y tiró de él para sacarlo de allí. Los tres ya desde fuera vieron como la compuerta bajaba un palmo y se escondía lentamente en una ranura que había quedado a un lado dejando al descubierto unos escalones que se adentraban girando en la oscuridad. Ellos se miraban, pero nadie decía nada.
–Voy –dijo finalmente Amina.
Lloid la sujetó del brazo. –Espera, no vas a ver nada ahí abajo. Deberíamos volver al poblado y nos traemos unas antorchas.
–No pasa nada por echar un vistazo, quizás no va a ninguna parte. –Y de un salto cayó en los primeros escalones. Sus dos amigos la miraban como suplicando que no siguiese, pero no hicieron ademán de intentar evitarlo.
Estábamos a principios de verano, el sol ocupaba la mayor parte del día y la noche tan sólo era un atardecer que no llegaba a consumarse. Los niños vestían el cuero rojo ladrillo típico de su tierra. Una falda corta les cruzaba las piernas subiendo desde casi la rodilla derecha hasta prácticamente la cadera. Una camisa les cubría el pecho dejando su estómago al descubierto. Hasta el momento de la floración la indumentaria de los dos géneros era la misma, tanto en el vestido como en el pelo largo decorado con piedras de colores agujereadas e introducidas en mechones. Pero pese a la igualdad en la indumentaria, a partir de los nueve o diez años las niñas iban introduciendo pequeños retoques que muy sutilmente ya marcaban las diferencias y que iban claramente destinadas a captar la atención de los niños.
Amina no estaba para nada exenta de esta tendencia, la mayoría de la gente de su tribu lucían un brillante y casi blanquecino cabello rubio, su piel solía ser pálida y sus ojos, azul transparente, en cambio, Amina había salido a su abuela, tenía una larga melena azabache que se rizaba en sus extremos, sus ojos color avellana oscuro eran una rareza y su piel, aunque blanca en invierno, cogía con velocidad un tono cobrizo en cuanto llegaba el verano. Amina era muy consciente de que era una mujer bella y le gustaba explotar esa cualidad. Desde hacía unos dos años había empezado a sentir cómo un incipiente fuego sexual empezaba a arder dentro de ella, y sentía, sin ser del todo consciente de ello, cómo se iba extendiendo de forma lenta, pero inexorable. Se plegaba la falda por la cintura haciéndola todavía más corta de lo que ya de por sí era, se había recortado el cuello de su camiseta haciendo que éste le cayera hacia un lado enseñando un hombro. Le gustaba tumbarse desnuda al sol cuando iba a bañarse con sus dos amigos, sabía, porque lo sentía, que cuando ella no miraba la devoraban con la vista. Faltaba poco para la ceremonia de floración en que los niños devienen en adultos. A ella la entregarían a un hombre y por fin conocería los placeres del sexo, pero pese a que ansiaba el momento en que un hombre se apretara contra su cuerpo y pudiera explorar sin miedo ese mundo que hasta ahora le había sido vetado, aborrecía la vida que ese placer conllevaba. Su madre, a menudo, la escuchaba llorar en la oscuridad de su cuarto muy consciente de la pena que atenazaba a su hija. Ella también estuvo en su situación, pero tuvo que asumir y aceptar ese rol de mujer. Nadie sabe las veces que estuvo a punto del suicidio, pero con el tiempo y la llegada de Amina, aprendió a soportar mejor esa vida. Ahora, en la carne de su hija, estaba reviviendo ese terror, esa impotencia, esa frustración de saber que no podía hacer nada por cambiar un futuro que no le pertenecía, que era de los otros.
Pero en ese momento no había para Amina más futuro que la oscuridad que se abría ante ella. Un pie detrás de otro fue introduciéndose por el tubo. Esperaba que una vez en la oscuridad, en cuanto sus ojos se acostumbraran a ella, podría vislumbrar un poco del misterio que allí se escondía, pero en cuanto hundió la cabeza por debajo del linde de luz de repente todo se iluminó con fuerza. Amina se sorprendió tanto que estuvo a punto de tropezarse y caer escaleras abajo.
–¿Qué has hecho? –preguntó Rangu.
–Nada, te lo prometo, ha pasado solo.
–Esto es magia de los antiguos –exclamó Lloid.
–Los antiguos poseían una magia muy poderosa, ellos crearon las ciudades y dejaron los perros para protegerlas, pero no me imaginaba que su magia pudiera perdurar después de su muerte –dijo Amina.
–¿Y si no murieron todos?, ¿y si aquí abajo queda alguno? –Interrogó Lloid.
–No puede ser, el xamán dijo que murieron todos que fueron castigados por la diosa por usar la magia que les había dado sin ningún respeto por la tierra –respondió Rangu.
–Ya, pero… ¿y si el xamán se equivoca? –apuntó Amina.
Los tres se quedaron en silencio hasta que ella lo rompió.
–Chicos, esto ya no es un juego, esto es de verdad, es en lo que siempre hemos soñado, tenemos que entrar, no lo podemos dejar pasar. Un día contarán esta historia a los niños junto al fuego… no podemos dejar que sean otros los nombres que figuren en ella.
Rangu y Lloid se miraron y asintieron con la cabeza.
Amina empezó a bajar y sus dos amigos detrás de ella. Descendieron por una escalera de caracol unos quince metros hasta que encontraron un rellano no muy grande. En el centro se encontraba una puerta metálica y brillante que los chicos intentaron abrir sin éxito. Ninguno de ellos había visto jamás un metal de esas características y además no vieron ninguna palanca o pomo que activar o empujar, ni se les ocurrió simplemente posar la mano sobre la flecha en dirección hacia abajo que había dibujada a la derecha.
–¿Qué hacemos? –preguntó Lloid.
–Allí hay otra puerta –respondió Rangu.
Al fondo del rellano, en la misma pared por la que habían entrado, se encontraba el acceso a otra escalera. Los chicos empezaron a descender por ella muy despacio. La oscuridad se mantenía siempre unos metros por delante de ellos y aunque nunca llegaban a alcanzarla, el universo que se les conjuraba en la mente detrás de ese muro que se mantenía siempre por delante les hacía avanzar lo más sigilosamente de que eran capaces.
Descendieron lo que a ellos les pareció una eternidad, pero que en realidad fueron unos ochenta metros hasta una sala de unos setenta metros cuadrados toda blanca. En una de las paredes había una puerta idéntica a la que había en el rellano de arriba que también intentaron abrir sin éxito. Buscaron por todo el espacio a ver si como arriba también había otra puerta, pero esta vez no la encontraron. Sólo una especie de mesa que sobresalía de la pared llena de dibujos les llamó la atención. Uno de los dibujos era la silueta de una mano y Amina por puro instinto puso la suya dentro de ella. Automáticamente la retiró como si se hubiera quemado, los niños juntaron sus espaldas como tantas veces habían hecho en sus juegos esperando un peligro, que esta vez podía ser de verdad. La luz descendió su intensidad justo Amina introdujo la mano en la silueta y una figura empezó a formarse delante de ellos. En un principio los chicos no reaccionaron, pero cuando la figura devino en humana les pudo el pánico y salieron corriendo por donde habían venido. Subieron los escalones tan rápido como sus piernas les permitieron hasta que sus corazones les dijeron basta y cayeron extenuados en la escalera, eso sí, sin perder de vista su retaguardia. Estuvieron unos minutos intentando que sus pulmones no les salieran por la boca al cabo de los cuales Amina preguntó: –¿de qué estamos huyendo?
–No lo sé… creo que era el fantasma de un antiguo –dijo Lloid.
–Parece que no nos persigue… ¿qué hacemos?
–Tenemos que volver –afirmó Amina.
–Estás loca, allí abajo hay el fantasma de un antiguo. –intervino Rangu.
–No nos ha hecho nada, sólo ha aparecido cuando he puesto la mano allí. Debemos volver… estoy segura de que no nos hará nada, era un viejito y estaba sonriendo.
–Claro que sonreía, tenía comida delante de los ojos –bromeó Lloid forzando una sonrisa.
–No, no era ese el tipo de sonrisa, ademas, no intentó seguirnos.
–Quizás no puede salir de ese lugar –añadió.
–Bueno, no sé vosotros, pero yo no me voy a quedar sin entender qué o quién era eso. Yo no tengo nada que perder. –Se levantó y salió caminando hacia abajo, despacio, pero decidida.
Lloid y Rangu se miraron entre ellos. Conocían a la perfección cuáles eran los temores de su amiga y entendían perfectamente que para ella ésa era la última aventura. Conociéndola como la conocían les era fácil meterse en su piel y comprendían que con lo que le deparaba el futuro le diera igual vivir o morir.
–En su situación nos va a llevar a la ruina, Lloid.
–Sí, pero después de tantos años no la podemos dejar sola ahora, ¿verdad?
Rangu bajó la mirada y respondió: –obvio que no… es mi amiga.
Se levantaron, la llamaron y salieron corriendo tras ella.
Para los dos la idea de no poder jugar más con Amina también era una tortura. Aunque ninguno de ellos lo había confesado en voz alta, estaban absolutamente enamorados de su amiga y ambos, secretamente, tenían el sueño de que Amina les fuera entregada. No podrían volver a salir de aventuras juntos, pero podrían reírse recordando esos maravillosos momentos que les deparó la niñez. Soñaban con acariciar y besar esa piel que les despertó el deseo por una mujer, aunque en el caso tanto de Lloid como de Rangu esa mujer siempre tuvo el mismo nombre, Amina. Ella era su realidad y su sueño, un sueño que se acontecía imposible, Amina era bella y cotizada, eran muchos los guerreros que tendrían prioridad, y serían ellos los que se la quedarían. Pero todavía quedaba para la floración, estaban en un mundo extraño y misterioso a punto de enfrentarse a un fantasma del pasado por amor a su amiga. Esa era ahora su realidad y la iban a enfrentar.
Primero asomaron la cabeza con cuidado. El viejito seguía donde lo habían dejado, les miraba y sonreía, pero no hacía ningún ademán de ir hacia ellos. Se movía como si estuviera montado en una barquita. Estaba medio calvo y el poco pelo que le envolvía la cabeza se encrespaba rizado y blanco. Tenía una nariz grandota y aplastada debajo de la cual lucía un frondoso mostacho. Lloid pensó que efectivamente, como dijo Amina, el viejito no lucía nada amenazador. De vez en cuando se escuchaba un sonido como de chispas y la imagen desaparecía unos segundos. Amina empezó a caminar hacia él como de lado. Avanzaba, pero preparada para salir corriendo. Cuando llegó a distancia de contacto de él alargó la mano y muy despacio intentó tocarlo, pero no pudo, la mano lo atravesó sin que ella percibiera ningún tipo de tacto, y en seguida retrocedió dos pasos, porque la imagen empezó a hablar. Era un idioma que nunca habían escuchado, pero sonaba dulce y musical, y no sintieron en su voz ninguna amenaza. De repente se calló, parecía que les había preguntado algo y esperaba respuesta. Al cabo de unos segundos y viendo que los niños no respondían, el viejito dirigió su mirada a la derecha y allí apareció un árbol. Él lo señaló con el dedo y dijo algo en su lengua. Lo siguiente que apareció fue un pájaro y también lo señaló y dijo algo. En cuanto apareció la siguiente imagen Amina dijo: –un pez. – El viejito sonrió, de nuevo apareció el árbol y el viejito pronunció: –¿un árbol?
–Sí, sí, un árbol –dijeron los tres a coro.
Después de eso estuvieron saliendo imágenes y acciones que el viejito iba pronunciando y ellos afirmaban o le corregían la pronunciación.
En un momento determinado paró y se dirigió a ellos. –Hola, soy el vigilante virtual del búnker Gnosis tres, tercero de los doce búnkers que tienen como misión perpetuar el saber de la humanidad. ¿Queréis cruzar el umbral?
–Sí –respondieron tímidamente.
En el aire se formó un cubo de color rojo y el vigilante les preguntó: –¿De qué color es el cubo?
–Rojo –contestaron los tres al unísono.
–Ahora les voy a repetir la pregunta, pero me gustaría que esta vez respondieran que el cubo es azul… ¿de qué color es el cubo?
–Azul –respondieron esta vez extrañados.
–¿Cuál es el motivo por el cual quieren cruzar el umbral?
Los niños se miraron y muy tímidamente Amina respondió: –estamos explorando.
El viejito pareció pensar un momento. –¿Lo que desean es conocimiento?
Ellos guardaron unos segundos de silencio como analizando la pregunta y también Amina respondió: –sí, creo que sí.
–¿Y cuál es el objetivo de ese conocimiento?
–Pues el conocimiento, no necesitamos ningún motivo para desear saber. Todo el mundo siempre quiere saber más, ¿no? –dijo Lloid.
El viejito guardó silencio como esperando que añadieran algo y entonces presionada Amina añadió: –yo necesito encontrar la manera de ser libre. No creo que aquí encuentre nada que evite que dentro de dos semanas me convierta en la sirvienta y criadora de hijos de algún hombre, pero es mi última oportunidad, si no de encontrar una escapatoria sí al menos de vivir mi vida como si fuera mía.
–Habéis respondido la verdad y la búsqueda de la libertad es el motivo más noble por el que se me está permitido dar acceso al conocimiento de la biblioteca de los diez mil años. –Una puerta se abrió como aparecida de la pared.– Por aquí accederéis al tren subterráneo que os llevará hasta los sótanos de la biblioteca, allí se encuentra el módulo tres de la biblioteca de los diez mil años.
–¿Nos acompañarás? –le preguntó Lloid.
–No podría, sólo puedo existir en esta sala.
Amina se lo quedó mirando y le dijo: –Eso es muy cruel. ¿Cuánto llevas sin salir de aquí?
–Me crearon hace seiscientos años.
Ella intentó cogerle la mano, pero se detuvo al recordar la sensación cuando antes ya había intentado tocarle. –¿No podemos hacer nada por usted?
–Nací con un fin y cumplirlo es para mí lo que más se acerca a vuestro sentido de la felicidad. Id tranquilos, no os preocupéis por mí. –Les dijo mientras seguía sonriendo.
Los tres cruzaron la puerta y se despidieron del viejito haciendo un gesto con la mano, gesto que éste imitó. Al otro lado, un andén de unos trescientos metros de largo les esperaba. En él había un tren de tres vagones con todas las puertas abiertas. Los tres niños, que no habían visto nunca un andén y mucho menos un tren pasearon arriba y abajo, miraron el túnel oscuro que se extendía por delante de la locomotora y finalmente entraron en ésta totalmente inconscientes de que estaban entrando en un vehículo.
Tenemos que pensar que desde su punto de vista, ese espacio alargado y acristalado no era mucho más extraño que el resto de lugares que habían visto allí abajo. Estaba dividido en dos partes, en la parte de atrás había dos hileras de asientos puestos a los lados. Los niños se sentaron en ellos y golpearon curiosos los cristales de las ventanas. Luego fueron a la parte delantera, allí se encontraban dos paneles parecidos al que habían visto antes, uno al frente y otro en un lateral. Amina vio una silueta de una mano y puso otra vez la suya dentro esperando qué apareciera otro viejito y les explicara qué era todo eso y que tenían que hacer para llegar a la biblioteca de los diez mil años, pero no salió ninguno. La pantalla que tenían delante se iluminó y unos caracteres aparecieron en ella, se alegraron, porque por primera vez entendían algo allí adentro. A las afueras del pueblo existía el muro de la historia. Era un muro gris de unos tres metros de alto y unos cinco kilómetros de largo construido por los antiguos. Los xamanes desde hacía más de doscientos años estaban escribiendo allí la historia de la tribu y la de todos los que nacen y mueren en ella. Todos los niños están obligados a conocer la escritura para poder leer esa historia. Cuenta la leyenda que cuando el muro se llene y ya no quede donde escribir el mundo se acabará.
Es por ese motivo que pudieron saber que allí ponía: «permiso de acceso aprobado. Puede usted tener acceso a toda la información y a la manipulación de elementos» aunque hay que decirlo, que entendieran las palabras no quería decir que conocieran lo que estas significaran. Las palabras desaparecieron y en su lugar se materializó un dibujo. A ambos lados de la pantalla habían unas ruedecitas y Amina se puso a jugar con ellas.
–Parece un mapa.
–¿Por qué crees que es un mapa?
–Mira, si le damos a esta rueda la imagen sube o baja y si le damos a esta otra todo se hace más grande –respondió Amina.
–De lo de esta rueda –dijo Rangu señalando la de la derecha– ya me había dado cuenta, pero no entiendo como llegas a lo de la izquierda y a que es un mapa.
–Cuando se abre siempre lo hace sobre el mismo punto y fíjate, –y señaló con el dedo– esto se parece a la sala alargada que está allí afuera. Y cuando abro se hace pequeña y aparece esto que se parece a donde estaba el viejito. Si le doy a esta otra, ves, parece que sube hasta la superficie, y mira, pone «acceso de emergencia», creo que es por donde hemos entrado.
Mientras Rangu recapacitaba, Lloid, que ya había decidido que Amina tenía razón, le dijo: –Hazlo más grande a ver si vemos dónde está la biblioteca– Amina le hizo caso y amplió la escala hasta que encontraron la biblioteca.
–Esto está en la ciudad –dijo Rangu asustado.
–Sí, pero parece que esta bajo tierra, allí no deben haber perros.
–¿Cómo lo sabes?
–No lo sé, pero tengo que ir, –dijo suplicando– allí puede estar la respuesta para cambiar mi destino.
–Si mueres… si morimos todos… no habrá un destino que cambiar.
–Lo sé, vosotros no debéis ir. A vosotros no os van a tratar como si fuerais mercancía dentro de dos semanas… no me lo perdonaría si os pasara algo.
–No digas estupideces, donde tú vayas nosotros también iremos. ¿Te crees que a nosotros nos hace mucha ilusión que nos separen de ti? –dijo Rangu con lágrimas en los ojos– Pero meternos en una ciudad infestada de perros no me parece la solución.
–Yo voy a ir chicos, no sé cómo ni por qué, pero siento que debo hacer esto.
–Tú lo que quieres es morir y nosotros no te vamos a dejar.
Amina estalló en un sollozo y agarró a Rangu por el cuello. –Yo no quiero morir, pero prefiero eso a vivir sin vida. Soy una persona como tú y como Lloid. No soy más tonta ni menos fuerte ni me duelen menos las cosas. ¿Porqué yo tengo que quedarme en una choza criando los hijos de un hombre que en nada es mejor que yo? ¿Crees que te puedes poner en mi piel, Rangu, de verdad crees que puedes? –le dijo mientras le daba empujones y lloraba.
Rangu no reaccionaba se dejaba empujar mientras la miraba a los ojos hasta que en un empujón le apartó los brazos y la abrazó con fuerza. Ella se dejó y lloró en sus brazos. Lloid les puso una mano plana a los dos en la espalda y le dijo bajito al oído: –No nos podemos poner en tu piel, Amina, pero te queremos y si es necesario moriremos contigo… pero no creo que vayamos a morir. Pase lo que pase, haya perros o fantasmas, tú nos sacarás de allí. ¿Verdad? Como siempre has hecho.– Amina abrió uno de sus brazos y abrazó a Lloid también.
Y así, fundidos en un abrazo permanecieron los tres largo rato hasta qué Amina suavemente se separó y les dijo: –Gracias chicos, os quiero, pero esto no es un juego… no sé a que nos vamos a enfrentar allí adentro, no os puedo asegurar que esta vez esto no me supere.
–Nos arriesgaremos, ¿verdad Lloid?
–Por supuesto –afirmó éste con rotundidad.
Amina se volvió a mirar el mapa y dijo intentando sobreponerse: –Deben haber quince kilómetros hasta la ciudad, andando por un camino normal nos llevaría unas tres horas, pero el viejito dijo algo sobre un tren que nos llevaría hasta allí. ¿Alguno de vosotros sabe qué es un tren?
–Deberíamos habérselo preguntado al viejito –apuntó Lloid.
–Siempre podemos volver a preguntárselo –añadió Rangu.
Amina se dirigió al panel delantero y dijo: –Mirad aquí, pone «biblioteca»– y puso la mano sobre el nombre. Un triángulo rojo empezó a brillar intermitentemente y en su centro apareció: «desprendimiento en la vía.»
–A qué se referirán con eso de vía –se preguntó Lloid.
Amina vio que en el centro del panel había otra mano dibujada y pensó que esta vez quizás sí salía otro viejito, así que introdujo la suya. Un sonido como si un gigante hubiera resoplado sonó en el andén y una potente luz que salía del tren iluminó el túnel. Los niños se sorprendieron, pero no se asustaron hasta que después de tres fuertes pitidos las puertas se cerraron. Se lanzaron hacia ellas e intentaron abrirlas, pero fue inútil. Segundos después el tren se puso en marcha.
Los tres quedaron sentados en el suelo como petrificados hasta que Lloid dijo: –Bueno, ahora ya sabemos qué es un tren.
–Esto nos llevará a la biblioteca… espero.
Rangu fue el primero en levantar la cabeza. –Amigos –dijo asustado– esto va muy rápido.
En realidad el tren iba tan sólo a sesenta kilómetros por hora, pero eso era dos veces la velocidad más alta a la que habían ido nunca ninguno.
Amina después de mirar dijo: –Sí, pero a mí lo que me preocupa es eso –y señaló el triángulo rojo que parecía haberse vuelto loco y decía ahora, impacto en catorce minutos.– Creo que la vía son esos dos palos negros sobre los que corre el tren, y que ese cartel nos dice que vamos a chocar contra algo dentro de catorce minutos, no, trece minutos.
–¿Y qué hacemos? –casi aulló Rangu.
–Alguna manera habrá de parar esto, ¿no? Digo yo –apuntó Lloid muy asustado.
El pánico pareció adueñarse de ellos y se lanzaron como locos a apretar todo lo apretable, mover todo lo movible y girar todo lo girable. En el mapa que habían encontrado antes, un punto rojo se movía dentro del túnel indicando su situación. Amina se dio cuenta de eso y percibió que ya estaban casi a punto de llegar a la biblioteca y por un momento pensó que su pánico era injustificado. Pero la señal ya decía impacto inminente y al mirar hacia adelante en el túnel se dio cuenta de que sí era justificado. Los focos del tren tenían mucha potencia, la suficiente para que Amina pudiera ver a lo lejos una enorme roca que obstruía la vía.
–Parad, chicos, –dijo gritando histérica– corred hacia el otro lado del tren.
Los tres lo dejaron todo y salieron a la carrera con todo lo que sus pies les pudieran dar siguiendo a Amina. Ésta se lanzó con fuerza contra la primera puerta y agradeció que cediera con facilidad. Tuvieron tiempo de cruzar el segundo vagón, pero justo cuando Lloid, el último de los chicos, cruzó la puerta, una sacudida los lanzó a todos por el aire. La roca que vio Amina no era la única que cubría la vía, aunque sí la más grande. Pedruscos de todos los tamaños cubrían los trescientos metros antes de llegar a ésta, y es muy probable que esto les salvara la vida.
El tren impactó contra la primera roca y esto les sacó de la vía. Dentro, la sacudida lanzó a los niños por el aire, pero lograron recuperar el equilibrio. La segunda roca volcó el tren y lo puso de lado, por suerte para ellos la primera sacudida les había hecho agarrarse fuerte a los asideros de los asientos y no salieron despedidos hacia las ventanas. Después de eso chocaron contra numerosas rocas, pero los niños aguantaron las sacudidas, a duras penas, pero las aguantaron. Cuando el tren llegó a la roca gigante, ya había aminorado tanto su velocidad que pareció simplemente posarse suavemente en ella. La luz se apagó y los tres quedaron absolutamente a oscuras, sólo el llanto de Amina sonaba en la oscuridad.
–¿Estas bien? –le preguntó Lloid a Amina.
–No, no estoy bien –le respondió ella enfadada–. ¿Cómo quieres que esté bien?
–Sólo te pregunto si te has hecho daño.
–No, no me he hecho daño –dijo esta vez un poco más calmada, pero sin dejar de llorar.
–¿Y tú, Rangu, estás bien?
–Me duele un poco el brazo, pero sí, estoy bien… ¿Qué hacemos ahora?
–Deberíamos volver hacia atrás –dijo Lloid, pero enseguida Amina interrumpió.
–No, no podemos volver hacia atrás.
–Pero Amina… hemos perdido, tenemos que volver –rogó Lloid.
–No, no lo digo por cabezonería, –respondió ésta entre sollozos– hemos recorrido la mayor parte del tramo, lo vi en el mapa antes de estrellarnos. No podemos recorrer todo ese espacio totalmente a oscuras, tardaríamos días, no tenemos ni agua ni comida y nos desesperaríamos en la oscuridad. Sólo nos queda avanzar, no podemos hacer otra cosa. No sé cuánto queda hacia adelante, pero es mucho menos que hacia atrás.
Después de eso los niños no se atrevían a decir nada. Amina movía las manos por delante de su cara intentando verlas y pensando que esto sería muy difícil. –Oíd chicos, esto será difícil y muy lento. Lo primero será salir de aquí.
Los niños fueron lentamente encaramándose por los asientos hasta llegar a una de las ventanas. Se iban avisando de los peligros tipo: –cuidado chicos, aquí hay algo que corta–. Intentaban mantenerse a distancia de tacto los unos de los otros. Se veían a través de sus respiraciones aceleradas, y de vez en cuando decían el nombre de uno de los otros sólo para cerciorarse de que estaba allí. Una vez en la vía, descubrieron la utilidad de ésta para poder seguir una dirección. Les costó mucho sortear la roca gigante que había atravesada en el túnel, pero cuando la encontraron Amina se alegró. Albergaba secretamente el temor de no estar yendo en la dirección adecuada. Una vez superada la gran roca, el trayecto, tal como Amina había pronosticado, se volvió desesperante. Caminaban muy despacio y sin sensación de camino andado. Amina sentía que no podía volverse a poner a llorar, pese a las ganas que tenía de hacerlo, por miedo a acabar con la poca moral que le quedaba al grupo. Estuvieron caminando unas tres horas, que les parecieron días, hasta, que se hizo la luz al final del túnel. No fue una revelación deslumbrante o algo así, no. La visión llegó despacio, como una penumbra luminosa a la que ninguno de los niños quiso dar crédito al principio. Fue Rangu el que al fin se decidió a preguntar: –¿veis una luz vosotros?
–Sí –dijeron los otros dos intentando contener la emoción y no ponerse a correr. Tampoco es que hubieran podido hacerlo así se lo hubieran propuesto, pese a la tenue luz que se intuía a lo lejos su realidad inmediata seguía siendo igual de tenebrosa. Avanzaron despacio hasta llegar a ella y se dieron cuenta de lo afortunados que eran. Estaban, aunque no lo sabían, entre los restos de una estación de tren, el techo se había hundido completamente y el paso a partir de allí estaba totalmente taponado. Por la izquierda un pequeño hueco entre los escombros dejaba escapar un poco de claridad. Si hubiesen sido adultos seguramente habrían muerto allí adentro, pero los pequeños cuerpos de unos preadolescentes sí pudieron pasar a duras penas por el hueco. Salieron a una especie de escalera extraña que los llevó a la sala más grande que habían visto nunca. Estaban cansados sedientos y hambrientos, pero felices de haber abandonado ya la penumbra. Se sentaron en un banco cerca de una gran columna. Lo habitual en ellos habría sido salir inmediatamente a investigar, pero estaban exhaustos. Eso no parecía la famosa biblioteca y aunque allí no había ningún perro sabían que estaban en el centro de la ciudad y que no iba a resultar nada fácil salir de allí. Amina quería seguir tirada en uno de esos bancos, tenía las piernas adoloridas por el cansancio, pero tenía que dar una vuelta. Ella les había metido en todo ese embrollo y aunque no tenía intención de pensar en nada hasta que hubieran descansado se tenía que asegurar de que estaban en un lugar seguro.
El lugar era tan amplio que se hacía imposible garantizar que estuviera sellado a prueba de perros. Casi todo el suelo estaba cubierto por una fina, pero visible capa de polvo. Era imposible moverse en el lugar sin dejar huellas. Quizás los perros podían entrar a ese lugar, pero estaba claro que nunca lo habían hecho. Una extraña caja le llamó la atención. Tenía una puerta hecha del mismo material que las ventanas del tren. Cogió una especie de palo que encontró por el suelo y lo lanzó contra ésta. El ruido sobresaltó a Lloid y Rangu que ya estaban a punto de quedarse dormidos.
–¿Qué ha pasado? –preguntaron a Amina  cuando llegó.
–Tened –y les dio un par de frascos a cada uno.
–¿Qué es esto? –preguntó Lloid mientras miraba extrañado los envases que le acababan de dar.
–Pues no sé, pero en la caja donde estaba había el dibujo de una chica con cara de felicidad bebiéndose el liquido que contenía.
Después de forcejear un rato con la tapa al fin consiguieron abrirlos y descubrieron que el líquido que había en su interior tenía un sabor delicioso. Hicieron tres viajes más a la máquina y probaron líquidos de otros colores que también eran buenos. Después de eso, y con la barriga llena, los tres se quedaron profundamente dormidos.
No pudieron precisar cuánto tiempo estuvieron durmiendo, habrían podido ser cuatro horas o dos días, pero a los tres les sobresaltó un aullido. Desde pequeños les habían enseñado a temer ese sonido. Lo cierto es que los humanos nunca habían estado en la dieta de los perros, pero eran unos claros competidores por la caza y si un competidor entraba en tu territorio se le debía aniquilar.
El aullido era lejano, sin embargo era el más cercano que habían oído nunca. Detrás de ése hubo más, y ladridos y gruñidos. Los niños estaban asustados, los sonidos parecían venir de todas partes. Amina se dirigió corriendo a una de las ventanas y Lloid y Rangu a otras dos.
–Estamos rodeados de perros –gritó Amina.
–Sí, por aquí también.
–Aquí hay unas escaleras que suben, venid –les llamó Lloid.
Los tres chicos corrieron como si les persiguiera el diablo. Subieron y subieron. De vez en cuando se detenían para recuperar el aliento, pero a la que lo conseguían seguían huyendo. La jauría seguía sonando, quizás albergaban la esperanza de si subían lo suficiente dejarían de oírlos, pero las escaleras se acabaron, sólo una puerta quedaba ante ellos, y los ladridos y aullidos seguían atronadores en sus oídos.
Amina, tímidamente, abrió la puerta y de repente estaban fuera, bajo la luz de ese sol del norte, en una azotea. Ya no había donde huir. Lloid cerró la puerta y junto con Rangu arrastraron unos hierros que vieron hasta bloquear la entrada. Amina se apresuró a recorrer todo el perímetro y comprobar que efectivamente no había otra entrada.
–¿Estamos atrapados? –preguntó Rangu.
Amina asintió con la cabeza y dijo: –Pero creo que están fuera. No creo que hayan entrado en el edificio.
–¿Cómo lo sabes?
–Ayer jamás había entrado ninguno, no creo que hoy lo hayan hecho… siempre podemos intentar volver por el túnel. –Los otros dos hicieron un gesto de desaprobación, la idea de meterse otra vez en esa penumbra, y esta vez por mucho más tiempo, no les satisfacía en absoluto.
Los chicos se sentaron junto a la puerta y Amina se puso a dar vueltas por la azotea. Era consciente de que estaban en una posición imposible, y de que era por su culpa, quizás morirían en esa ciudad. No se lo perdonaría si al menos no intentaba sacar a sus amigos de allí. Una sonrisa se esbozó en su rostro, parecía que por fin había conseguido evitar la ceremonia de floración, aunque ante la imagen de Lloid y Rangu sentados junto a la puerta, sin hablar, casi sin ni mirarse, la sonrisa se le borró rápido de la cara. Se tumbó apoyando las manos en la cornisa y sacando la cabeza al vacío. Había mucho movimiento en la calle. Perros de todas las razas y tamaños corrían en todas direcciones como en manadas. Ella estaba situada en el edificio más alto de la zona, sólo la azotea de delante era casi tan alta y cuando alzó la mirada hacia ella se sorprendió. Un lobo blanco e inmenso la estaba mirando a escasos veinte metros. Su mirada no era agresiva, parecía que sólo tenía curiosidad. Enseguida dejó de prestarle atención y empezó a dirigir su mirada hacia las diferentes manadas que corrían a la altura del suelo. Un grupo de unos ocho perros descendía a toda velocidad justo por la calle que tenían debajo. El lobo blanco lanzó un ladrido y los perros se detuvieron. Uno de ellos miró unos segundos directo al lobo blanco, luego todos se dispersaron escondiéndose en los escombros que se esparcían por el suelo. En seguida un grupo un poco más numeroso que el anterior hizo aparición en escena.
Fue una emboscada en toda regla y la lucha fue cruel y no hubo piedad. Después, el lobo se dirigió a otra parte de la azotea y siguió dando ladridos que ya en la mente de Amina eran ordenes. Vio otros perros en otras azoteas que también ladraban o aullaban. Empezó a visualizar sus pautas de comportamiento hasta que después de una hora se dio cuenta de que comprendía lo que estaba pasando y cómo.
Emocionada llamó a sus amigos. –Rangu, Lloid, venid, rápido, creo que podremos salir de aquí. –A los dos se les iluminó el rostro, estaba claro que como siempre cuando parecía que perder era inevitable a Amina se le ocurría algo.– Estamos en medio de una guerra muchachos. Aunque nos vean, si conseguimos que coincidan dos grupos rivales no nos harán ni caso.
–¿Quieres que avancemos entremedio de una gran guerra de perros? –dijo Rangu escéptico.
–Mira, ese lobo blanco es el líder de una de las facciones y ese mastín inmenso, allí, en esa azotea, –y señaló a lo lejos– es el líder de la otra. Todos esos demás perros que hay en las diferentes azoteas son como lugartenientes de uno u otro líder. Si seguimos su recorrido estaremos siempre en el centro de la batalla y no creo que nos ataquen allí.
Rangu dijo: –estás loca Amina.
–¿Se te ocurre algo mejor? ¿Si quieres nos metemos otra vez en el túnel?
–Hay que probarlo, Rangu, en el túnel serían días y casi me vuelvo loco con sólo unas horas. Es descabellado, pero quizás es la única opción.
–¡O, no! –espetó Amina– no, por favor.
Ella empezó a buscar por el suelo mientras sacaba la honda del cinto.
–¿Qué pasa Amina?
Ella no respondió. Por detrás del lobo blanco había un montón de runa. Para él, desde donde se encontraba, le resultaba imposible de ver, pero tres cabezas permanecían agazapadas bajo ella, al acecho, esperando un descuido del lobo para saltar sobre él.
Hace unos años el mastín negro y el lobo blanco fueron los lugartenientes del que era entonces el líder de la manada del Este. En ese momento los dos grandes clanes de la ciudad, el del Este y el del Oeste, permanecían en un equilibrio de fuerzas que evitaba que uno de ellos declarara la guerra al otro. Antes de retirarse, el líder del Este decidió su sucesión en favor del lobo blanco. El mastín no soportó la decisión y se fue del clan del Este. Su orgullo le impedía recibir ordenes del que antes era su amigo e igual. Se integró en el clan del Oeste en el escalafón más bajo, pero sus actitudes y su inteligencia le hicieron ganar posiciones hasta convertirse en su líder hacía escasos dos años. Los dos antiguos compañeros compartían un sueño común, unir los dos clanes de la ciudad. Desde que lobo blanco adquirió el liderato la diferencia de poder empezó a ser apabullante. Una guerra de clanes se decidiría irrevocablemente por el Este, sin embargo ganar no era suficiente para unir los dos clanes. Si la batalla era muy cruenta y despiadada, el odio surgiría en las facciones enemigas y tarde o temprano habría una revuelta. Por eso no entendía el lobo blanco qué pretendía su antiguo compañero con ese ataque, primero, porque no podría vencer, y segundo, porque aunque lo hiciera la batalla sería tan cruenta que jamás conseguiría unir los dos clanes.
Pero no eran precisamente esos los planes del mastín negro. Él guardaba un as bajo la manga. En sus tiempos de lugarteniente, encontró una entrada al subterráneo del bloque Sur que llevaba directamente a una escalera de incendios en una de las azoteas principales de comando. Él mantuvo este conocimiento oculto. Entrenó a tres de sus lugartenientes para llegar allí rápida y sigilosamente, esperó un día en que el viento fuera el adecuado para que el agudo olfato del lobo blanco no los detectara y lanzó la batalla con una estrategia fríamente calculada con el objeto de situar al líder en el lugar que él quería. Si conseguía derrotar al lobo antes de que la batalla se encarnizara demasiado, la victoria sería suya y los dos clanes se unirían bajo su mando, pero un factor que nadie esperaba se encontraba justo en la azotea de delante, lo suficientemente más elevada como para ver a los perros que esperaban al acecho el momento oportuno para caer sobre el lobo blanco.
Amina encontró una piedra adecuada, la cargó en su honda, apuntó hacia las cabezas y disparó. El tiro le salió bajo y chocó contra el suelo de la azotea. El lobo blanco detuvo su carrera en seco al sentir el impacto y corrió hacia Amina como si fuera a saltar entre los dos edificios, pero detuvo sus pasos justo en el borde gruñendo. La ira que desprendía su mirada era tan fuerte que Amina dio dos pasos hacia atrás. Los chicos no entendían nada y como Amina estaban atenazados por el terror que emanaba de esos colmillos y esa mirada. Ella necesitó de toda su fuerza para poder volver a mover sus brazos. Miró al lobo a los ojos y despreció de su mente el terror que éste le producía. Volvió a cargar su honda, apuntó hacia la runa y volvió a disparar. Esta vez también falló, pero el lobo se dio cuenta de que los disparos no iban dirigidos a él y volteó la cabeza buscando el objetivo de las piedras. Esta vez al mirar hacia el montón de runa, pese a que sus enemigos permanecían escondidos a su mirada y una brisa fuerte evitaba que el olor llegara hasta su hocico, supo que estaban allí, y ellos supieron que él lo sabía.
Una pelea entre perros constaba siempre de dos partes: la primera de ellas era psicológica y se lidiaba en el ámbito de la mente, sólo si de ésta no resultaba un ganador se llegaba a la agresión física. Con alguien como el lobo blanco raras veces una pelea llegaba al segundo nivel. Su poderío psicológico sería tan apabullante en un encuentro de frente, que los tres enemigos que acechaban bajo las piedras se sintieron derrotados sólo darse cuenta de que habían sido descubiertos.
Salieron de detrás de la runa con el rabo entre las piernas y se tumbaron ante él, los olió y así reconoció su rendición, luego se levantaron y fueron a tumbarse en una esquina, la batalla, ahora, ya no iba con ellos. El lobo no podía perder tiempo, había salvado la vida, pero la batalla todavía seguía y necesitaban de su mando. Salió corriendo hacia uno de los lados, pero detuvo sus pasos en seco, miró a Amina y caminó hacia ella despacio, se sentó y aulló en señal de reconocimiento. Esta vez ningún terror emanó de las fauces del lobo y supo Amina con toda la certeza posible que le estaba dando las gracias y que, al menos de ese perro, no tenía nada que temer.
Ahora tenían un aliado poderoso, pero incluso así seguían teniendo que cruzar la batalla canina más feroz que había habido nunca.
–Hay que bajar chicos, cuanto antes mejor.
Entre Rangu y Lloid desbloquearon la puerta y quince minutos más tarde ya estaban recorriendo la gran sala de abajo en busca de una salida. Al final tuvieron que romper una ventana usando un banco como ariete. Salieron a la calle atenazados por el miedo que provocaba el barullo de ladridos y gruñidos que flotaba sobre la ciudad. Avanzaban con cautela a pequeñas carreras parapetándose en los numerosos refugios que ofrecía una ciudad en ruinas. En una ocasión pasaron al lado de siete perros que se mantenían escondidos, uno de ellos les enseñó los dientes, pero como Amina había previsto, optaron por no revelar su posición. En otra bocacalle seis perros corrieron hacia ellos, pero fueron interceptados por otros tantos que se lanzaron sobre aquellos desde la derecha. La lucha fue cruenta y los chicos pasaron corriendo entre dentelladas sangrientas. Hasta ese momento todo había ido como Amina había previsto, pero esa suerte estaba a punto de acabarse.
Llegaron a un gran parque rodeado de una reja de unos dos metros de alto hecha como de lanzas de hierro cosidas por dos ejes a unos treinta centímetros de sus extremos. Por donde estaban ellos una gran calle cruzaba en unos cuatrocientos metros hasta la otra esquina. Amina miró preocupada, era un espacio muy grande sin ningún sitio donde esconderse. Por un lado la reja y por el otro un enorme edificio sin ningún portal, además si no se equivocaba estaban entrando en el territorio del mastín negro. Ella no acababa de entender cómo lo hacían sin usar palabras, pero viendo la precisión de los ataques bajo las órdenes del lobo blanco estaba claro que se podían comunicar perfectamente y tenía la esperanza de que hubiera dado ordenes de no atacarlos. Pero ahora era diferente, entraban en el territorio del mastín y no sólo perdían la protección, sino que era posible que él supiera quien había desbaratado su plan. Empezaron a correr con la espalda pegada al edificio cuando Amina levantó la mano. Los tres se detuvieron y petrificaron sus cuerpos ante la imagen de tres dóberman que cruzaban al trote por el cruce. Estaban lejos, pero nada se interponía entre sus ojos y los chicos… y los vieron. Primero empezó con un galope suave aunque enseguida se lanzaron a la carrera. Los niños se giraron para salir corriendo, pero Amina los detuvo.
–No, seguidme –gritó.
Los chicos pensaban que su amiga se había vuelto loca cuando vieron que salía en dirección a los perros, pero habían aprendido a confiar en ella y la siguieron.
–Corred, chicos, corred como si os persiguiera el diablo.
Lloid pensó: –Corremos directos hacia el diablo.
Lejos, en la azotea, el lobo blanco observaba la escena. Dirigió un ladrido a un enorme dogo moteado que había en la azotea del lado, miró hacia los chicos y ladró. El dogo comprendió qué era lo que el lobo le estaba pidiendo y salió a la carrera, aunque viendo la situación de los cachorros humanos dudaba de que llegara a tiempo.
La distancia entre los perros y los niños se reducía a mucha velocidad. Cuando fue de unos cuarenta metros y ya los niños estaban a punto de desechar la confianza en su amiga en pro del pánico, ésta dio un giro brusco a la derecha y los niños por fin comprendieron cuál era la táctica de su amiga.
Ya antes de entrar en la calle Amina había analizado muy bien el escenario. Desde pequeña ya en los juegos de carog aprendió que la observación del campo de juego era vital para el triunfo. El lugar en el que se encontraban les era claramente desfavorable. Los perros les doblaban en velocidad y hacia atrás no había ningún sitio seguro donde esconderse. La  única oportunidad la tenían en esa reja. De lejos se había fijado que unos ochenta metros más adelante había un hueco en la valla, la única oportunidad que tenían era llegar a él antes que los perros, allí al menos sólo podrían entrar de uno en uno. Cruzaron rápido la verja, Amina se había fijado que faltaba un barrote y que el otro estaba suelto por abajo.
–Bloqueemos el hueco –gritó.
Los tres cruzaron el barrote en el hueco justo en el momento en que el primer perro impactaba con fuerza contra él. Mientras uno de los perros aguardaba a que el otro acabara de forzar la barrera que le habían impuesto, el tercero se fue corriendo, seguramente a buscar otro agujero por el que entrar en el parque. El perro había conseguido introducir la cabeza en la valla y lanzaba dentelladas a la derecha que impactaban a escasos centímetros del brazo de Rangu. Amina buscaba desesperadamente el barrote que faltaba en la verja, era su única oportunidad.
–Aguantad chicos –y los dejó solos.
El perro que esperaba tranquilamente a que su compañero se abriera paso se lanzó de repente contra los barrotes con toda la fiereza de que fue capaz, no podía atravesar por allí, era imposible, pero su  intención no era ésa. Rangu se asustó y se movió a la izquierda, momento que aprovechó el otro perro para clavarle un mordisco en el brazo. Éste no fue profundo, tan sólo un rasguño, pero bastó para que Rangu aflojara la tenaza sobre los barrotes. En la siguiente envestida, Rangu fue lanzado al suelo y Lloid desplazado a la derecha con toda la consciencia de que eso significaba su muerte, pero no sucedió así. Una exhalación sonó con fuerza y todo se volvió silencioso. Los dos miraron hacia el hueco para ver la cabeza de un perro inerte atravesada por una enorme lanza de hierro… en el otro extremo, Amina. Estaba quieta con el pecho hinchándose y deshinchándose, con la mirada fija en los ojos del animal, petrificada, sin reaccionar.
–Amina, ¿estás bien? –Rangu fue el primero en reaccionar, mientras Lloid todavía desde el suelo intentaba entender qué había pasado. El otro perro había retrocedido dos metros hacia atrás, y aunque enseñaba los dientes y seguía manteniendo la ferocidad de hacía unos minutos, estaba desconcertado intentando decidir qué iba a hacer ahora. Rangu sacudió a Amina por los hombros hasta que ésta pareció reaccionar. Al final el otro perro decidió, como su compañero vivo, buscar otra entrada.
Amina arrancó la barra de la cabeza del animal. –Arrancad la otra barra, rápido, haced palanca.
Los niños se lanzaron sobre la misma barra que hacía un momento habían atravesado en el hueco para evitar el paso de los perros y empezaron a forcejear para arrancarla. Un movimiento brusco en los arbustos reveló el ataque del otro perro. Amina reaccionó con rapidez y blandió la barra lateralmente que impactó casi por casualidad con el cuerpo del perro cuando este emergía de la espesura. Éste salió proyectado hacia la derecha y aunque un gemido dio a entender que el golpe le había dolido no detuvo ni un segundo su ataque y se lanzó de nuevo contra Amina. Ella cruzó la barra para protegerse y el perro la mordió en su envestida tirándola al suelo. El forcejeo duró unos pocos segundos en los que Amina consiguió detener cuatro veces sus fauces.
Cuando ya creía que no iba a poder más, un golpe seco dirigido por Rangu, quien ya había conseguido arrancar el barrote, le dobló el espinazo al animal. Intentó escapar, pero fue inútil, el golpe le había inutilizado las patas traseras y ya nada le pudo alejar de la rabia del niño, quien le sacudió hasta mucho después de que éste ya no se moviera en el suelo.
Lloid sacó su honda a la espera del tercer perro, que tenía que llegar en cualquier momento. Amina se levantó del suelo y dirigió su vista hacia donde creía que vendría el próximo ataque. Rangu jadeaba junto al cadáver del segundo perro, cuando descubrieron la figura del tercero aguardando cauteloso a escasos cincuenta metros. Después de ver la suerte que habían corrido sus compañeros, él no iba a tomar a la ligera la amenaza que suponían esos cachorros humanos. Un impacto en el costado le hizo dar un salto y soltar un aullido de dolor, Lloid le había dado de lleno. El perro retrocedió hasta una distancia que consideró segura y aulló dos veces.
–¿Qué hace, Amina, porqué no ataca?
Amina corrió a un pequeño promontorio en el que pudo ver cómo en la esquina de la calle de la que habían escapado entraban al trote un grupo de cinco perros. –Está esperando refuerzos. Corred, seguidme, rápido. –Estaba claro que no tendrían tiempo de llegar al territorio del lobo blanco y contra seis perros no podrían ni con las barras de hierro. Amina sólo vio una salida, aunque más que una salida era una trampa, y de ésta no escaparían tan fácilmente como en la azotea. A unos cien metros había dos paredes de unos cuatro metros de alto que se juntaban formando una esquina. Pegada a ésta se levantaba un pedestal de unos dos metros con los restos de lo que algún día debió ser la estatua de un caballo. Desde arriba podrían mantener a raya los perros, pero era una ratonera. Ratonera que en ese momento era su única posibilidad de supervivencia.
Cuando los chicos corrieron hacia el pedestal, el perro corrió tras ellos manteniendo la distancia. Pero en cuanto los otros cinco perros se le unieron renunciaron a toda cautela y se lanzaron sobre los chicos.
Éstos ya se habían encaramado al pedestal y pudieron repeler el ataque. Los perros arremetían sin miedo, la adrenalina del ataque hacía que los golpes que recibían de los niños no afectaran su ferocidad. Era una lucha de desgaste, las barras de hierro, pese a la contundencia de sus golpes, eran muy pesadas y en manos de unos niños se hacían lentas y difíciles de mover. Amina sentía el dolor en sus brazos y fue consciente de que no aguantaría mucho más… pero algo sucedió, los perros detuvieron sus ataques, enseñaron las fauces y empezaron a retroceder lentamente hacia la derecha. Amina se dio cuenta de que no los miraban a ellos y lo entendió todo cuando por la derecha apareció un enorme e imponente dogo. En teoría esto hubiera debido de relajarlos, sobre todo teniendo en cuenta que ella reconoció al dogo como uno de los lugartenientes del lobo blanco, pero la agresividad y el terror que se desprendían del gruñido de ese perro les bloqueó el alma de tal manera que no pudieron ni mover un músculo.
Eran seis contra uno, pero el dogo esgrimía una superioridad mental sobre ellos que hacía que pese a mantener su posición defensiva ninguno de ellos tuviera el valor de iniciar un ataque. Entonces empezó una batalla táctica. Uno de los perros de la derecha empezó a retroceder separándose de los demás. El dogo se dio cuenta de que intentaban alcanzar su espalda y de un salto le ganó la posición. Por el otro lado lo volvieron a intentar, pero el dogo, experimentado en mil batallas, no se lo iba a poner fácil. Los seis perros y el dogo empezaron a jugar una partida de damas con la única finalidad de rodear o no dejarse rodear, cuando de repente un aullido más fuerte que ninguno que hubieran oído nunca cubrió el cielo y lo cambió todo. La batalla táctica terminó y los seis perros, igual que hicieron anteriormente los de la azotea, escondieron el rabo entre las piernas y se postraron ante el dogo. Él se sentó y aulló con fuerza, y miles de aullidos empezaron a resonar por la ciudad, esto pareció liberar los corazones de los niños que tuvieron la sensación de llevar mucho rato sin respirar.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Rangu.
–Creo que el lobo blanco ha ganado la batalla.
–Sí, –añadió Amina– hemos ganado. Debemos aprovechar este momento para huir. No tendremos otra oportunidad.
Dos perros llegaron corriendo, pero esta vez no había ferocidad en sus movimientos y en cuanto el dogo los vio se levantó y empezó a saltar a su alrededor. Los perros corrían en direcciones aleatorias y saltaban celebrando su victoria. En cuanto los niños tocaron el suelo, el dogo corrió hacia ellos. Les lamía las manos y se frotaba contra sus piernas. Les levantaba la mano con el hocico y ladraba, los niños estaban desconcertados, parecía imposible que ese animalito tan amigable fuera la misma bestia feroz que les había dejado paralizados de pánico hacía unos instantes.
Durante un buen rato todo fue bien, los niños caminaban cautelosos hacia donde se suponía estaba su pueblo mientras se iba formando a su alrededor un séquito de perros contentos, saltarines y gritones. Ellos pese a la alegría de sus compañeros estaban extraordinariamente asustados. Por bonitos que parecieran esos animales, no dejaban de ser perros, las bestias que más atemorizaban a los humanos.
En un principio los chicos tuvieron la sensación de que los perros les estaban siguiendo, pero enseguida se dieron cuenta de que en realidad tan sólo iban en la misma dirección que ellos. Bajaban por una gran avenida llena de árboles que habían reventado el asfalto con sus raíces. Esta avenida giraba a la derecha justo cien metros por delante de ellos. Perros que salían de todas partes se unían a la marcha canina que seguía la avenida. En la curva, los niños intentaron seguir recto, era el momento de separarse de sus terroríficos amigos, pero en cuanto intentaron hacerlo el dogo agarró a Amina de la falda y empezó a tirar hacia la derecha. El perro no estaba nada agresivo, muy por el contrario, se le veía muy feliz, pero los tres niños todavía recordaban la fiereza de ese animal hacía escasos minutos y no se atrevieron a contradecirle, así que siguieron la marcha.
El barullo de ladridos era considerable, pero en un momento aumentó hasta la locura. Los niños se asustaron hasta que entendieron la causa de esa subida de tono, el lobo blanco venía hacia ellos. Estaba contento, los otros perros saltaban sobre él, le lamían y él les correspondía de igual forma hasta que llegó donde estaban ellos. Festejó su victoria ante los tres, pero se quedó al lado de Amina. Las dotes tácticas y de mando que había esgrimido habían asombrado al lobo al punto de despertar en éste una profunda admiración, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba tan sólo de un cachorro.
Caminaban hacia un gran estadio de fútbol que había al final de la avenida. Se veía cómo la jauría entraba por una enorme puerta lateral. El lobo blanco se detuvo y agarrándolos hizo detener a los tres chicos. Los perros fueron adelantándolos y entrando en el estadio hasta que la calle se quedó desierta. Permanecieron así unos minutos, que a los niños les parecieron horas, hasta que el lobo empezó a caminar hacia el estadio. Ellos nunca habían visto una construcción como esa. En una amplia explanada rodeada de gradas, mil doscientos perros esperaban el lobo blanco, que entró dando saltos y corriendo alrededor de los niños. Los dos bandos estaban mezclados, pero se reconocía perfectamente a los perdedores y a los ganadores por su actitud. Los ganadores saltaban y meneaban el rabo alegres, en cambio, los perdedores permanecían tumbados con el rabo entre las piernas. Delante de todos ellos, entre los palos negros y oxidados de una portería, cinco perros, entre los que se encontraba el dogo moteado, aguardaban alegres a su líder. Detrás de éstos, el mastín negro junto a su cúpula de mando permanecía sentado sobre sus cuartos traseros. El lobo blanco festejó con los suyos la victoria, pero viendo la actitud del mastín supo que esa victoria no significaba la paz. Tanto su líder como toda la cúpula de mando derrotada mantenían una postura de derrota y aceptación, pero su mirada no había disminuido ni un ápice su altivez. El mastín era un líder orgulloso, respetado por los suyos, su liderazgo se había forjado ganándose la admiración de su manada, siendo justo y noble, ellos le serían fieles hasta la muerte y él jamás aceptaría el liderato del que un día fue un igual. Sabía el lobo blanco que la derrota del adversario nunca significa la paz, sólo aplaza una futura guerra. La paz sólo es posible si no destruye la dignidad del adversario y sólo había una manera de garantizar la dignidad de todos.
El lobo se dirigió al mastín y los suyos, se paseó ante ellos y escenificó su victoria. Ellos aceptaron esa escenificación en su condición de derrotados. Luego el lobo blanco miró al dogo y ladró. El dogo avanzó hacia él. El lobo le olisqueó y ante la sorpresa de todos se postró ante él. Después de esto clavó la mirada en el mastín y éste entendió la jugada de su antiguo compañero. Todos los perros que habían sido derrotados comprendieron lo que estaba pasando y la oferta de paz del lobo blanco, y se pusieron en pie expectantes. Jamás aceptarían el liderazgo del que les había combatido, humillado y derrotado. Pero ahora veían cómo el protagonista de su derrota estaba abdicando en favor de otro líder más joven, si el mastín hacía lo mismo y aceptaba voluntariamente abdicar en favor del dogo éste sería su líder, no por la victoria, sino por la decisión del mastín, su dignidad sería restablecida, ya que no tendrían que obedecer ordenes del que un día les humilló con la derrota.
El mastín se levantó, caminó y miró al dogo a los ojos. Se sostuvieron la mirada de manera desafiante durante casi un minuto, después el mastín bajó los ojos y se postró ante el dogo. La euforia se desató en el campo y un aullido de alegría surgió desde el fondo de sus corazones. Mil doscientos perros aullaron juntos provocando un sonido tan fuerte que se oyó en treinta kilómetros a la redonda y que se prolongó casi veinte minutos.
En el poblado de los chicos ya se había organizado una partida de búsqueda. La madre de Amina lloraba apoyada en el alféizar de la puerta de su casa. Su hija ya hacía dos días que debería haber vuelto. Todos estaban nerviosos por el retraso de los chicos y se preparaban en el centro del pueblo, cuando un aullido como no habían oído nunca llenó el cielo. Los pelos de todos se erizaron y el corazón se les petrificó, como petrificados estaban también los de los niños ante semejante coro.
Pero ni el lobo ni el mastín participaron del espectáculo, los dos sabían perfectamente que su orgullo les impedía quedarse en la ciudad e igual que hicieron sus predecesores en el mando, se tendrían que ir de allí. Por otro lado, los perros son animales extraordinariamente gregarios con unas estructuras de funcionamiento muy cerradas. Necesitaban un nuevo clan del que ninguno de los dos podía ser el líder. El mastín miraba al lobo sin entender cual era su plan. El lobo ya había tomado una decisión sobre quien sería el nuevo líder de ese pequeño clan que tenía que salir de la ciudad. Tenía que ser alguien valiente, con mucha capacidad de liderazgo y con un sentido de la táctica muy desarrollado, y en esa plaza sólo había alguien que cumpliera todos esos requisitos y que no perteneciera a ninguno de los dos clanes.
El lobo se levantó, caminó hasta situarse delante de Amina, allí se detuvo y miró al mastín. Éste entonces comprendió las intenciones de su compañero. Si el mastín hubiera sido un humano seguramente le habríamos visto sonreír, o simplemente partirse de risa, seguramente se habría acercado a él, le habría puesto una mano en la espalda y le hubiera dicho: –Sólo se te habría podido ocurrir a ti– Pero no eran humanos, no hablaban, no se reían, ni siquiera tenían nombre, eran perros, por eso se levantó caminó hacia Amina y se postró ante ella firmando, sin que ella fuera consciente, un pacto de fidelidad tan fuerte que jamás ningún humano podría comprender. Ahora esa niña de escasos trece años era la líder de una manada en la que estaban los que seguramente habían sido los perros más poderosos en la historia de la tierra. Dos perros, que eran perras, salieron de las dos cúpulas de mando y se postraron también ante ella.
Hasta ahora la niña tenía la sensación de comprender todos los movimientos de esos animales, pero este último movimiento se le escapaba, o mejor dicho, aunque lo entendía, lo que entendía no podía ser posible… ¡la estaban nombrando la líder de una manada de perros!
–Amina… ¿es ésto lo que parece? –preguntó Rangu.
–Creo que sí, pero… ¿que voy a hacer con ellos? No los puedo llevar al pueblo.
Lloid se rió. –míralo de esta manera Amina, nos hemos colado en un refugio de los antiguos, hemos sobrevivido a un accidente de tren, hemos llegado al centro de la ciudad donde ningún humano había llegado nunca, hemos luchado contra perros y les hemos vencido, hemos sido decisivos en una batalla entre dos grandes clanes… y con semejante guardia… ya nadie se atreverá a negar tu valor, ya no podrán encerrarte y tratarte como a una simple mercancía, te has ganado el derecho a ser tratada como una persona libre. –Pero Amina no sonrió. Lloid se la quedó mirando y le preguntó:– ¿No estás contenta?
–Tienes que reconocer que es muy triste que alguien tenga que hacer todo eso para ganarse un derecho que debería ser suyo sólo por haber nacido. Pero… sí, tienes razón, –y entonces sí que sonrió– ya no van a poder.
Mientras hablaban, el dogo empezó a rodear el campo meándose en todos los rincones. Los perros, esta vez con indiferencia del bando, saltaban y movían la cola cuando éste pasaba, y una vez había dejado su marca corrían a olerla.
Las nuevas integrantes de la manada olían a Amina sin parar como si estuvieran leyendo un libro. Seguramente se trataba de las consortes del mastín y el lobo, porque pertenecían a la misma especie. La loba era gris con una mancha blanca en la cara y las patas negras y la mastín era a manchas blancas y ocres, y aunque eran un poco más pequeñas que ellos, seguían siendo unos imponentes perros.
En cuanto el dogo acabó su recorrido para marcar el campo, fue a sentarse delante de la manada de Amina y comenzaron las presentaciones. Empezando por las cúpulas de mando, todos fueron pasándose uno por uno. Se postraban ante el líder, éste les olfateaba todo el cuerpo y cuando acababa ellos se iban.
Ya llevaban dos horas allí y Lloid preguntó: –¿crees que hemos de esperar hasta el final?
–Creo que nos toca –respondió Amina.
Cada presentación se alargaba unos treinta o cuarenta segundos, eso multiplicado por mil doscientos perros significaba mucho tiempo. Así que los niños se acomodaron en el suelo, la cosa iba para largo. Amina se quedó dormida hasta que el hocico de la loba gris la despertó. Ella se sobresaltó, estaba tan cansada que se había quedado absolutamente profunda y necesitó unos segundos para volver a situarse en un escenario en que una loba enorme la estaba despertando. Miró a su alrededor, ya quedaban muy pocos perros en el campo. Miró a su derecha y tanto Rangu como Lloid dormían profundamente, debían llevar mucho rato durmiendo, en la aldea estarían ya en pleno sueño. Debían estar muy nerviosos, seguro que ya habían organizado una partida de búsqueda, aunque estarían muy perdidos. Desde hacía un par de años el pueblo les había aplicado un régimen de aislamiento tan grande que hacía que nadie conociera realmente sus hábitos de juego. Lo único que sabían los demás niños era que iban más lejos que nadie. Amina se rió. –No sabrán por dónde empezar.– Y era verdad, en ese momento su madre se revolcaba en la cama sin poder dormir. Recordaba la discusión con su marido. El pueblo le echaba la culpa a Amina y sus fantasías de la desaparición de los chicos. Y el padre de Amina le echaba la culpa a ella por educar mal a su hija. La discusión fue muy fuerte y escondía realmente el terror que sentía su padre ante la posibilidad de que le hubiera pasado algo a Amina.

Ese día había sido complicado, realmente no tenían ni idea por dónde buscar. Pasar todo el día al lado de unas personas que te culpan a ti de la desaparición de sus hijos no es nada fácil. Al final la única decisión posible fue volver al pueblo y seguir al día siguiente la búsqueda por separado, y él la agradeció.
Érik era un hombre respetado en su tribu, de joven había servido a las ordenes del mismísimo Dri Bin Kuaid, Rey de los talancotes. Viajó como gran general de su ejército por todo el Mediterráneo y Asia Central, fue herido en la batalla del Monte Toro. Fue nombrado garante mayor del reino y recibió retiro con honores. Cuando hace quince años regresó a la aldea las noticias de sus hazañas ya habían llegado hasta allí y fue recibido como un héroe. Después de tantos años de guerras, sufrimiento y muertes gozaba de la tranquilidad de su nueva vida. En invierno, junto al fuego, le obligaban a contar una y otra vez sus aventuras. Él las había maquillado y arreglado al gusto de su público, pero siempre, cuando terminaba su narración, guardaba unos segundos de silencio que nadie percibía en la euforia de los aplausos. En esos segundos la verdad afloraba a su mente y por un momento ese silencio mental volvía a él; ese silencio mental de quien entra en batalla, que te permite asesinar sin dudar a otro humano que ruega por su vida; que te permite seguir impasible en la lucha cuando ves morir a tu mejor amigo; que esconde el miedo y el terror, y que explota por la noche, en la paz del campamento, inundando tus sueños de todo el horror de ese día. Pero eso, él, no se lo iba contar, ellos no necesitaban saberlo, estarían mejor con esa épica heroica, falsa y caramelizada de la guerra, no quería que conocieran la verdadera angustia del guerrero… eso se lo guardaría para él y sus noches.
En la primera ceremonia de floración le entregaron a Madraba, la doncella mejor considerada de la aldea. Hoy, años después, algunos envidiosos comentaban con sorna y en voz baja que al final, Madraba, sólo pudo darle una hija. –El gran guerrero pudo derrotar ejércitos, pero no pudo concebir un varón.
A él, hay que decirlo, nunca le preocupó demasiado ese hecho. Adoraba a Amina, lo hizo desde el mismísimo momento en que le miró a los ojos, y la paz de sus días era demasiado preciosa como para preocuparse por nada más. Cuando hace dos años el xamán le llamó la atención sobre los hábitos de su hija, él le restó importancia, Érik adoraba a Amina. Pero desde ese día su preocupación fue creciendo. Al fin y al cabo ella era una mujer y como tal debería ser entregada a un hombre, tener niños y cuidar de su familia, ésa era su función… se daba cuenta de que a ella le costaría aceptar esa situación. Pero eso ahora ya no importaba, había desaparecido, no sabía donde estaba, si estaba viva o muerta, o si estaba sufriendo, eso era lo importante en ese momento.

Sin embargo ni Amina ni los chicos estaban heridos o muertos, pero sí extremadamente hambrientos y sedientos. Debía haber pasado casi un día desde que los aullidos declararon la victoria del lobo blanco. Llevaban un día y medio, casi dos, sin comer ni beber nada. Ella miró los labios entreabiertos de Lloid, que roncaba alegremente a su derecha, estaban agrietados, seguramente por el cansancio y la sed. Se tocó los suyos y se dio cuenta de que los tenía igual. Despertó con cuidado a sus dos amigos. –Creo que se acerca la hora de irnos, chicos.
Rangu se incorporó, se frotó los ojos y miró alrededor. –Osea que no era un sueño.
Amina sonrió y sacudió otra vez a Lloid que se resistía a despertar. Al fin se pusieron en pie cuando ya el último perro se acercaba al dogo. Una vez realizado el ritual, todos, sin decir nada, empezaron a andar hacia la puerta del estadio. Ya en la calle Lloid habló. –Parece que al fin volvemos, ¿verdad?
–Sí, pero quedan muchas horas hasta la aldea, necesitamos agua, si no, no llegamos… yo no al menos.
–No, yo tampoco –dijo Rangu.
Pero sus preocupaciones enseguida se desvanecieron cuando al girar la siguiente esquina apareció una fuente. Cuando los niños la vieron se lanzaron a beber de ella. Amina entre sorbos miró a la izquierda y descubrió que los perros estaban tan o más sedientos que ellos. Estuvieron allí sentados un buen rato. Cada poco tiempo, cuando tenían la sensación de que habían asimilado algo del agua que habían bebido, volvían a levantarse a beber más. Y así estuvieron hasta que sintieron que sus cuerpos no admitían ni una gota más.
El dogo les acompañó hasta la salida de la ciudad. Los grandes edificios medio derruidos fueron deviniendo imperceptiblemente en bloques más pequeños hasta convertirse en sólo pequeñas paredes que algún día fueron hermosas casitas con niños jugando en su jardín. En algún momento de este suave diluir de la ciudad, el dogo simplemente se detuvo. Amina se dio cuenta y también paró, pero fue la única. Ninguno de los perros tan siquiera giró la cabeza, y los niños estaban tan cansados que ni se dieron cuenta. Amina se acercó al dogo, se puso de cuclillas ante él y, mientras le acariciaba la cabeza, le dijo bajito al oído: –Gracias.
Él le respondió con un lametón en la cara que aunque no lo demostró le dio mucho asco.
Los quince minutos siguientes Amina no apartó la vista del rostro de los perros. Captaba su tristeza e intentaba entender qué era exactamente lo que se la comunicaba. Al fin y al cabo ésa era su ciudad, por ella habían luchado y por ella habían hecho el mayor sacrificio que se puede hacer por un amor, abandonarlo, dejarlo marchar. Comprendía que a partir de ahora esos animales iban a formar parte de su vida. Aunque por mucho que intentara imaginar el cómo, no podía.
Decidieron dar un pequeño rodeo hasta un pequeño bosque de moreras que en esa época del año debían estar cargadas de moras. Cuando ya llevaban una hora de camino, las perras desaparecieron del grupo. Amina no se preocupó, no acababa de entender el comportamiento de esos animales, pero había decidido no llegar a conclusiones y esperar acontecimientos, con el tiempo aprendería. La loba tardó unos veinte minutos en regresar con un conejo en la boca. Se lo ofreció a Amina que lo miró sorprendida mientras Rangu y Lloid sonreían. –Al final nuestros amigos van a ser más prácticos de lo que esperábamos.
Cuando llegaron al bosque de moreras, entre la loba y la mastín ya habían cazado cinco piezas: una perdiz, dos palomas y dos conejos, suficiente para los siete. Mientras Amina se cuidaba de preparar la comida, los chicos se encaramaron a los árboles y empezaron a recolectar las moras más blancas y jugosas que encontraron. Los perros observaban atentos cómo Amina encendía el fuego, despellejaba los animales y los ponía a cocer. Ella dudó un momento sobre si a ellos les gustaría la comida cocida, pero por cómo la devoraron después y cómo se lo agradecieron cuando hubieron acabado llegó a la conclusión de que sí, les gustó.
Comieron sin hablar, llevaban más de dos días sin comer nada y pese a que a la carne le faltaba un poco de maceración y algo de aderezo, les pareció la cosa más sabrosa que habían probado nunca. Después de repelar hasta el último huesecito y acabar con la última mora, les invadió una sensación de sueño que no pudieron ni quisieron despejar.
Horas más tarde, cuando Lloid y Rangu despertaron, Amina ya llevaba un rato sentada. Miraba absorta el horizonte, sus ojos se perdían en una lejanía interior, la aventura se acababa y tocaba enfrentarse a la realidad. Hasta ese momento los acontecimientos le habían hecho olvidar la ceremonia de floración, pero ahora, ya de camino a casa, sus más viejos temores volvían. Nunca una mujer se había saltado la ceremonia. Las mujeres eran lo que eran y por muchas hazañas que hubiera realizado no se iba a convertir en un hombre… y además, ella no quería ser un hombre. Le encantaba ser una chica, no quería renegar ni de los sentimientos ni de los gestos que la convertían en una mujer, miró a Lloid y pensó: –No quiero ser igual que tú, sólo quiero que mi vida valga lo mismo que la tuya.
–¿Y ahora qué piensas hacer? –preguntó Lloid.
–¿Cómo? –respondió Amina como despertando de un sueño.
–¿Que qué piensas hacer? No nos podemos presentar en el pueblo con nuestros amigos.
–Bueno… lo primero, hemos de evitar encontrarnos a nadie por el camino. Después de todo lo que ha sucedido me niego a que nadie entre en el pueblo con la sensación de que nos ha rescatado; nos fuimos por nuestro pie y volveremos por nuestro pie.
–Eso puede ser difícil, deben estar todos locos buscándonos –dijo Rangu.
–Deberíamos ir por la carena hasta la ciénaga. Es el lugar más alto. Seguro que ya la recorrieron el primer día que nos buscaron y desde allí siempre podremos verlos antes que ellos.
–¿Y ellos? –interrogó Lloid señalando a los perros.
–Espero poder convencerles de que me esperen aquí. Una vez se lo hallamos explicado, los vendré a buscar.
Los niños se pusieron de pie y con ellos los perros. Amina se arrodilló ante ellos y les pidió que se quedaran, que luego volvería por ellos. Ellos se mantuvieron inexpresivos. Cuando los niños empezaron a andar los perros hicieron ademán de seguirlos y Amina se desesperó. –No me entienden–. Pero sí que la habían entendido. Obviamente ningún perro entiende naturalmente ni una palabra de lo que pueda hablar un humano en ninguna de sus lenguas, pero tienen una comprensión natural de todo el lenguaje corporal de cualquier animal. Leen sus gestos, el movimiento de sus ojos, de sus manos, su olor, el tono de su voz e incluso la energía que circula por su cuerpo. Esos humanos pese a no tener cola eran un libro abierto para ellos, pero necesitaban asegurarse de que lo que habían entendido era correcto y la cara de desasosiego de Amina cuando intentaron seguirla se los confirmó. Así que se dieron media vuelta y se tumbaron junto a los restos del fuego.
–Parece que sí te han entendido –dijo Rangu mientras Amina cambiaba la cara de decepción por la de felicidad.
–Sí, así es. Son más listos de lo que parecen.
En escasas cuatro horas se situaron en la punta del alce. Tuvieron que esquivar a un par de grupos, pero finalmente llegaron. Desde la punta del alce sólo quedaba un descenso de media hora hasta la ciénaga y desde allí por el camino que sólo los del pueblo conocían en diez minutos estarían en casa… y esa sería para Amina la hora de la verdad. Desde esa altura era imposible distinguir a las personas, pero a ella le pareció distinguir el suave trotar de su padre.

Érik se había alejado más que nunca en la búsqueda de su hija. Había tenido un presentimiento y había ido hasta el valle Árbol, pero su presentimiento no dio resultados. Ya llegando junto a un enorme roble que había junto a la puerta estaba el padre de Rangu. Éste le clavaba la vista sentado en una piedra. Érik bajó la vista avergonzado y este gesto le dio valor al padre de Rangu para hablar.
–Las fantasías de tu hija han matado a mi hijo.
–Todavía no sabemos si han muerto –apuntó Érik en voz baja.
–¿Y entonces por qué no han vuelto? Sí, quizás no han vuelto, porque están en el fondo de un pozo que no podemos encontrar… o heridos en el fondo de un barranco a punto de morir de hambre y sed.
–No te olvides de que yo también he perdido a mi hija.
–¿Hija?, ¿hija? –dijo el padre de Rangu poniéndose de pie– Una hija no es nada. Tu no tienes ni idea de lo que estoy sufriendo, porque no has sido capaz de engendrar un varón. Si no tienes un hijo no puedes entender nada.
Érik levantó los ojos furioso y sacudió un tremendo puñetazo que impactó en su rostro y le lanzó al suelo. Quizás no tenía treinta años, pero sus ojos reflejaban la furia del que ha matado sin pensar; del que se ha sabido muerto unas cuantas veces, unos ojos que un campesino cazador que se las daba de guerrero nunca habían visto. Intentó decirle algo a ese hombre que yacía a sus pies para que comprendiera lo que acababa de decir, pero sólo pudo decir: –¡Idiota! –y se marchó. El padre de Rangu quedó en el suelo con el solo pensamiento de que había salvado la vida por bien poco.
Si todo esto no hubiera sucedido al amparo del árbol, seguramente los niños desde el lugar donde estaban lo habrían podido atisbar, pero ahora sólo observaban esperando el momento en que las hogueras se encendieran. Ése era el momento elegido para bajar y hacer la gran entrada. En la mente de los tres nacían y eran descartadas miles de especulaciones por minuto sobre lo que podría pasar cuando los vieran, pero ninguno pudo adivinar lo que pasó finalmente.
Cuando el invierno convertía en un infierno el exterior todas las familias se recogían en sus chozas. La vida era privada y las comidas se celebraban en la intimidad. Pero en un territorio donde las noches llegan a ocupar todo el día, y el frío puede convertir el cotidiano en un tormento, la llegada del verano se veía como una fiesta. La intimidad desaparecía y la comunidad se convertía en familia. Todo pasaba fuera: se hacía vida social, se dormía y por supuesto se comía. Las cenas eran el gran evento del día. Se encendía un gran fuego en forma de círculo alrededor del cual todos se sentaban, comían, reían y contaban historias. Ese día, sin embargo, era diferente, el silencio era absoluto. La muerte de un ser querido siempre es un drama personal, una tristeza pesada y corrosiva que pareciera que te fuera a parar el corazón, pero no lo hace, porque esta allí, aunque no lo parezca, para sanarte el alma… pero la incertidumbre de no saber… eso no se puede explicar con palabras. La vida se bloquea a partir de la desaparición; es como si alguien le hubiera puesto el pause justo en el momento de más dolor. A la más terrible tristeza tienes que juntarle el pánico más absoluto. Así se encontraba el pueblo entero cuando alguien se percató de la presencia de los tres niños de pie a escasos metros del círculo.
Madraba, la madre de Amina, gritó, se levantó y corrió hacia su hija. Eso precipitó una desbandada de familiares hacia ellos. Los niños quedaron envueltos en una nube de personas que querían tocarles, abrazarles, preguntarles o reñirles. Los niños no reaccionaban, todos querían saber qué había pasado, dónde habían estado, pero no les daban tiempo para responder. Ya estaban a punto de enloquecer cuando un grito de Érik los paralizó a todos. –¡Callaos y dejadles respirar! Amina, ven aquí.
La niña avanzó unos pasos. –¿Sí, papá?
El padre la examinó, miró que estuviera bien, luego repasó también a Rangu y a Lloid, y cuando se hubo cerciorado de que estaban bien dijo: –Creo que tienes mucho que contar.
Amina titubeó y empezó a decir: –Encontramos un refugio de los antiguos, hablamos con uno de ellos, nos metimos en una cueva en algo que iba muy deprisa hasta que se estrelló, salimos al centro de la ciudad, participamos en una batalla entre dos clanes de perros y vencimos, luchamos contra ocho perros y vencimos, bueno, con ayuda del dogo, ahora soy la jefa de una manada en la que están los que dominaban hasta ayer la ciudad.
Tanto el padre como la tribu entera guardaron silencio por casi un minuto. Amina los miraba y pensó que dicho como lo había dicho era un poco difícil de entender.
Al fin el padre habló. –¿Estuviste con los antiguos, en la ciudad y eres la líder de una manada de perros?
–Sí, papá.
Erik le soltó un bofetón, la agarró por el brazo, se la acercó a la cara y le gritó: –¿Cómo puedes tener el valor de ponerte a contar fantasías con lo que hemos sufrido por vosotros?
Rangu dijo, casi rogó: –Érik… es cierto. Todo es cierto.
Él lo miró con ira, pero casi que agradeció que no fuera su hija la única que dijera tonterías. –¡Basta! No quiero oír ni una estupidez más. Y tú, jovencita, te vas a pasar encerrada en la choza hasta la ceremonia de floración, y espero que Mark te ponga en tu sitio.
Cómo podía ser que no se hubiera dado cuenta del nivel al que habían llegado esos niños en sus juegos, o su hija era la cínica más grande que había conocido, que no lo creía, o estos niños se habían acabado creyendo sus propias fantasías.
Amina no reaccionaba; no estaba preparada para esto. No se le había ocurrido que las aventuras de sus últimos días resultarían imposibles de creer para las mentes cerradas de la aldea. Todo había sido inútil, todos sus sueños fueron siempre sólo eso: sueños. Les iban a castigar por fantasear cuando todo era verdad, pero en la mente de Amina era un castigo merecido, porque era cierto, había fantaseado con ser una persona, con el derecho a elegir, con una simple dignidad humana. Pero ahora se daba cuenta de que todo había sido un sueño.
Amina, Rangu y Lloid fueron encerrados en sus respectivas chozas. Los niños lloraron la verdad, la suplicaron, pero lo único que consiguieron fue la cara de preocupación de sus padres.
Érik convocó al consejo para pedirle un favor. Él sospechaba que todo esto se debía al pánico que tenía Amina a la ceremonia. Por eso se había inventado toda esa historia. Rangu y Lloid la querían y por eso secundaban sus fantasías. Rogó al consejo que adelantaran la ceremonia una semana. Si el evento era inevitable, cuanto antes su hija lo aceptara como algo hecho antes dejaría de sufrir. La única cura contra su mal era la aceptación. El consejo decidió a favor de la petición de Érik y la ceremonia de floración fue convocada para al cabo de dos días.
Mark estaba sentado junto a la valla que rodeaba el pueblo. En ese lugar las estacas de madera estaban más separadas y a él le gustaba, porque se podía ver bien a través de ellas. El pueblo estaba organizado en dos anillos concéntricos con un gran espacio en medio. Situado en el centro de una extensa ciénaga repleta de arenas movedizas que lo protegían de cualquiera que no conociera el camino, rodeado de una alta empalizada y envuelto por altas montañas, dibujaba una hermosa imagen cuando se veía desde el aire. Pero desde dentro del pueblo a Mark le parecía todo más bien un poco claustrofóbico. Ese era un pensamiento que venía de antiguo. Cuando era sólo un niño, a menudo, metía la cabeza entre esos mismos barrotes y soñaba en los mundos que habría más allá de esas montañas. Cuando faltaba poco para sus doce años, el pueblo se revolucionó, se organizó una gran fiesta en honor de Érik, el héroe regresaba a casa. El gran general de los ejércitos reales era de su pueblo y volvía al hogar, fue una gran fiesta, pero lo mejor vino después, junto al fuego, cada noche, historia tras historia, batalla tras batalla, aprendió a admirar a ese hombre, y, sobre todo, aprendió a desear ver el mundo. En una ocasión, después de pasarse todo el día reuniendo el valor necesario, se plantó ante él mientras éste divagaba junto a la empalizada mirando a la nada. Quería enrolarse en el ejército; quería ver mundo.
–Si te enrolas en el ejército verás cosas increíbles y viajarás a lugares que hoy ni siquiera puedes imaginar… pero al final sólo quedará el recuerdo de la sangre. Ninguna puesta de sol, por hermosa que sea, puede competir con una batalla.
En ese momento no entendió lo que Érik le decía. Cuando él y sus tres mejores amigos partieron hacia el mediterráneo para unirse al ejército lo hicieron convencidos de que Érik había ensalzado el valor y la grandeza de una batalla por encima de cualquier otra cosa… hoy, después de cuatro años en el ejército, comprendía el verdadero sentido de esas palabras.
Cuando Mark se marchó, lo hizo en una profunda admiración por Érik, pero la realidad de la guerra y la admiración de las tropas hacia su ex general, del que se decía que nunca un guerrero tan grande odió tanto la guerra, cambiaron ese sentimiento de admiración idólatra y estúpida por otro basado en el respeto y el reconocimiento.
Cuando regresó de la guerra también lo hizo como un héroe, aunque ni de lejos de la talla de Érik. También tuvo su fiesta y su celebración; también contó batallitas; también guardó esos silencios tristes al final de cada historia que sólo Érik comprendía… y también a él le ofrecieron la doncella más cotizada del pueblo en ese momento.
Pero Amina era para Mark algo más que la hija del hombre que más admiraba en el mundo. Desde pequeña siempre fue a sus ojos alguien especial, un curioso exotismo en un mundo anclado en el aburrimiento, la tradición y la mediocridad, y no era sólo por su aspecto, era sobre todo su actitud simbolizada en una mirada inquieta, desafiante y glotona que se movía con avidez entre el detalle y el conjunto, y que no dejaba a nadie indiferente. Hablar de amor cuando ni siquiera hay conocimiento ni elección es un poco absurdo, lo que sentía Mark en ese momento se podría definir más como una gran alegría por lo que el destino, o el consejo, dependiendo del nivel de realismo que apliquemos, le había deparado.
–¿Mark, puedo hablar contigo un momento? –preguntó Érik desde su espalda.
Éste se sobresaltó, ensimismado como estaba en sus pensamientos ni se había percatado de la presencia de su futuro suegro. –Pues claro, Érik, dime.
–Es sobre los últimos acontecimientos… quiero que sepas que si rechazaras a mi hija lo entendería perfectamente.
–¿Por qué debería hacer eso?
–No sé, ha creado muchos problemas últimamente, comprendería que a un hombre no le gustara tener en su casa a alguien con semejante carácter.
–No te preocupes, a mí me gusta su carácter… tu hija es un ser especial. Me gusta sentarme aquí y mirar lejos. A través de las montañas veo gentes y culturas, me imagino lugares maravillosos y mundos por explorar. Hay dos personas más, aparte de mí, que vienen a menudo a este rincón del pueblo a mirar a través de los barrotes: tú y Amina.
–¿Amina?
–Sí, ella viene a menudo, pero siempre vigila que tú no estés.
–Amina es especial.
–Es una digna hija tuya. Si no me hubieran ofrecido a tu hija no habría querido a nadie. Es la única mujer de este pueblo a la que creo que podría amar de verdad…. la única cosa que me entristece es que jamás podré hacerla feliz.
–Su madre era como ella, bueno, quizás no tan exagerada, pero muy parecida. Cuando me la cedieron yo estaba muy tocado. Ansiaba tanto un poco de paz que si me hubieran apareado con una estaca de madera ni me habría dado cuenta. Tardé tiempo en percatarme de la pena que le atenazaba el alma. Para una persona orgullosa, y tanto Amina como su madre lo son, ser considerada un objeto, algo de lo que se dispone, es un agravio tan grande que les podría quitar las ganas de vivir… a su madre se las quitó.
–¿Pero las recuperó, no?
–Dejó de comer, enfermó, casi muere.
–Y como hiciste –dijo Mark ansioso.
–La iban a obligar a comer, pero yo me negué a que lo hicieran, era su vida, la decisión sobre vivir o morir era suya. Tuvimos una pelea muy fuerte con el xamán. Con otro se habría impuesto, pero yo soy el gran Érik, garante mayor del reino y amigo personal de Dri Bin Qüaid, no ejerzo mi poder en el pueblo, pero tampoco nadie puede ejercer el suyo sobre mí. Bien, lo que fuera que dijera me gané el respeto de Madraba, le di a entender que para mí tenía el rango de persona y que respetaba sus decisiones.
–¿Y a partir de allí fue feliz?
–No, ni mucho menos, pero al menos tuvo las fuerzas necesarias para seguir viviendo. Ella nunca ha tenido una vida feliz… sólo soportable.
–¿Entonces es a eso a lo que puede aspirar Amina… a tener una vida soportable?
–Respétala; no des por hecho que es tuya sólo, porque te la han dado y sobre todo: en cuanto tengas la oportunidad dale un hijo. Sólo hay una persona con la que sonríe Madraba: con Amina.
Mark se quedó pensativo unos segundos. –Lo tendré en cuenta.
–Me alegro de que seas tú el marido de Amina. –Dicho esto y sin intención de despedirse, como era habitual en él, Érik se dispuso a marcharse, pero Mark lo detuvo.– Espera.
–Dime.
–Si vas a ser mi suegro creo que hay algo de mí que deberías saber… quizás eres tú el que no quiere entregarme a Amina.
Érik no dijo nada, se giró, tomó asiento en el suelo y se preparó para escuchar.
–Me recibieron como un héroe… pero soy un cobarde. –Mark miró fijamente a Érik esperando algún tipo de reacción, pero este mantuvo su rostro impertérrito de siempre y siguió escuchando sin intervenir– siempre he explicado a todo el mundo que Alex, Ran y Moinsers fueron destinados a otra unidad y que no volví a saber de ellos… pero no es verdad. Nos pidieron a los cuatro entrar en la unidad de Dios, nos contaron los peligros, que sólo uno de cada diez sobrevivía y que nos convertirían en otra cosa… y yo no quise; me dio miedo. Yo no me enrolé en el ejército para matar o morir… yo sólo quería ver mundo, no quería dejar de ser yo.
Érik lo miró compasivo. –Hiciste bien. No eres ningún cobarde, simplemente no eres un estúpido como tus amigos… en estos momentos están muertos. No es verdad que sobreviva uno de cada diez, todos mueren. No hay excepciones.
–¿Nos mienten?
–Sí, bueno, depende de cómo lo mires, pero sí, igualmente al final todos mueren. Un soldado de Dios, incluso si consideráramos que después de la transformación sigue vivo tiene una vida muy corta, entre tres y cinco años, muy a menudo enloquecen y tenemos que matarlos antes.
–¿Tuviste que matar a tus propios soldados?
–Los soldados de Dios no estaban bajo mi mando, eran una unidad aparte sobre la que yo no tenía ningún poder, pero me tocó combatir a su lado en unas cuantas batallas… en el desembarco de La Anatolia, los turcos se parapetaron en una antigua ciudad y la batalla fue feroz. Tardé demasiado en darme cuenta de que era una trampa. La estrategia turca era disgregar a mis tropas en una ciudad donde cientos de pelotones estaban entrenados para emboscar, atacar, diezmar y retirarse. Nos estaban masacrando, era un ejército sin cabeza, que pese a ser inferior en número conseguía aislar y enfrentar a mis hombres en superioridad numérica. Nunca nos habíamos enfrentado a ese tipo de batallas y casi nos vencen. Detuve la batalla y ordené a las tropas parapetarse en un parque en el centro de la ciudad. No era una estrategia, simplemente quería ganar tiempo para entender lo que estaba pasando.
–¿Y cómo lo hicisteis?
–El problema es que aunque donde nos encontrábamos nada podían contra nosotros, estábamos aislados y la intendencia era masacrada en cuanto intentaba cruzar la ciudad. Empezamos a asegurar terreno lentamente. Concentrábamos muchas tropas para limpiar muy poco terreno y luego lo quemábamos todo o lo derruíamos para evitar que lo volvieran a utilizar. La batalla estaba muy igualada, pero nosotros les superábamos en cinco a uno, era una pérdida de soldados inaceptable aunque significara la victoria. Me habían hablado de la unidad de Dios y sabía que en los barcos se encontraban tres soldados listos para entrar en combate.
No sé… me esperaba una especie de superhombre o algo así, pero lo que se presentó ante mí no era humano, eran monstruos. Esos eran del tipo tierra cazador. Estaban creados para luchar en tierra, pese a que andaban a cuatro patas, las de atrás eran mucho más cortas que las de delante, cosa que les daba una apariencia erguida que en reposo suponía una mole de dos metros y medio de alto, pero que cuando se levantaban podían llegar a los tres metros. Unas franjas oseas les cruzaban la espalda a modo de coraza y les cubrían hasta los cuartos traseros, la misma coraza les protegía el pecho esta vez en un solo bloque, desde la altura del codo hasta el puño les sobresalía una gran garra que podían sacar hasta sobresalir cincuenta centímetros por delante del puño… Y el rostro… si alguna vez fue humano ya no quedaba nada de eso. Igual que el resto de su piel, el rostro era como escamoso, sus ojos se movían inquietos y gruñían constantemente… en cuanto los tuve delante supe que llamarlos fue un error.
Seguramente el terror que provocaron en las tropas enemigas fue más el causante de su derrota que las bajas reales que provocaron en sus filas. Se volvieron locos, atacaban presas de una furia incontrolada, desgarraban a sus enemigos hasta después de muertos, llegaban a pelearse entre ellos por las víctimas. Destiné a nueve de mis mejores hombres para controlarlos y al cabo de unas horas los enemigos huían de la ciudad como ratas de un barco en llamas… y entonces se volvieron contra nosotros. Cuando me di cuenta ya habían acabado con ochenta de mis hombres, ordené retirada de la ciudad y nos quedamos yo y los lanceros negros. Tardamos dos días en abatirlos a los tres y perdí doce hombres más. Al último le di muerte yo mismo… y te juro que cuando hundí mi espada en su gaznate sentí que me lo agradecía, ya sé que parecía imposible entrever una sonrisa en esa cara monstruosa, pero creo que la vi. A partir de ese día me negué a incorporarlos a mis tropas. Ellos luchaban aparte, se creó un cuerpo de ejecutores especializado en asesinarles cuando perdían el control, porque siempre, tarde o temprano, lo perdían.
Mark no decía nada, sólo escuchaba aterrorizado lo que Érik le contaba. En el silencio que transcurrió después de que Érik detuviera su narración sus ojos fueron humedeciéndose y finalmente una lágrima escapó de ellos. Pese a todo lo que le habían contado siempre tuvo la esperanza de que sus amigos estuvieran entre los afortunados que conseguían superar la transformación, pero esa esperanza acababa de morir. –Entonces rezaré para que ninguno de ellos superase la transformación.
–Dios te oiga –añadió Érik.
–¿Por qué lo hacen?
–La verdad es que son muy efectivos… pero creo que sólo los probaban. La guerra para la que Dri los está creando no era esa.
–¿Por qué crees eso?
–Hace unos veinte años encontramos un búnker subterráneo repleto de armas de la época oscura. Había cientos de miles, de una potencia y devastación que no puedes ni imaginar. El rey puso a muchos hombres y destinó muchos recursos para entenderlas y hacerlas funcionar, pero jamás armó con ellas al ejército. ¿Por qué? –Mark le miró sin saber que responder y Érik prosiguió– Los soldados de Dios siempre se trasladaban en el más absoluto secreto y si sabíamos que existía la posibilidad de que hubiera algún explorador cerca, no se les usaba. Creo que el verdadero objetivo de Dri Bin Qüaid es Interior.
–¿Interior?
–¿Has visto alguna vez a los soldados de Interior?
–No, pero usan una magia muy poderosa.
–Eso es poco, no creo que les venza por mucho que tenga mil soldados de Dios y todas las armas del mundo… y lo peor, creo que él es muy consciente de ello.
–¿Entonces por qué lo hace?
Érik soltó una contenida risotada. –él es Dri Bin Qüaid, el más grande señor de los talancotes. Domina un imperio más grande que el del mismísimo Gengis Khan. No tiene rival, nunca va a tener una muerte con honor, como mucho morirá de viejo, de enfermedad o asesinado por alguno de sus hijos, y eso lo tiene aterrorizado. Interior es un enemigo invencible que pese a que no se mete con nosotros se pasea con indiferencia por nuestro territorio como si fuera suyo, es el enemigo perfecto para un talancote que busca una muerte heroica y valerosa.
–Pero Érik… mucha gente morirá.
–Pero tendremos unas fantásticas batallitas que contar –le respondió éste con sorna– además es cierto que aunque perdamos esta guerra habremos obligado a Interior a tratarnos con más respeto. En una ocasión una amiga exploradora me contó…
–¿Conociste a una exploradora? –interrumpió Mark exaltado.
–Sí, Kiva, me recuerda mucho a Amina… pero lo que te iba contando: ella me contó que en Interior las cosas no son tan diferentes a nuestra sociedad. Ellos al igual que nosotros viven de las historias y las leyendas. No creo que el pueblo de Interior pueda asimilar tener un ejército asesino y aniquilador. Aunque nos venzan si nuestra actitud es heroica y la suya cobarde la victoria será nuestra.
–No sabía que hubiera exploradoras.
–Sí, y son tan poderosas como los hombres. Pero en Interior las mujeres y los hombres valen igual.
–Amina debió nacer allí.
–Sí, ojalá lo hubiera hecho… sería una maravillosa exploradora. Pero los talancotes no podrán jamás ser exploradores. –dijo Érik con tristeza.
–Ni líderes de una manada de perros, ¿verdad?
Érik guardó un pequeño silencio y mientras se levantaba para irse dijo: –Ni líderes de una manada de perros.

El día de la floración transcurrió marcado por el trajín de los preparativos. Los cánticos de preparación del humunar inundaban toda la villa. El humunar era la piedra angular de la ceremonia. Una bebida espesa preparada a partir de setas y hierbas, cuya receta sólo conocían los xamanes, que tomaban en la mayoría de fiestas y ritos religiosos. Hoy los jóvenes de la tribu la tomarían por primera vez y bailarían con la piel del gran oso blanco, ya extinto en esas tierras desde hacía siglos.
Primero, el xamán cortaría el pelo a las niñas a la altura del cuello, el elegido novio le pondría un collar en el que con nudos estaría escrita la marca de la familia y ella pronunciaría los votos de fidelidad y servitud. Después, él bailaría ante ella y se la llevaría a la choza donde ella permanecería toda la noche. Él estaría un rato con ella, en que consumarían el acto sexual… después él saldría para seguir participando de la ceremonia, sería felicitado por sus amigos y tomaría humunar con ellos. Mientras, los más jóvenes permanecerían sentados en el suelo esperando a que el xamán les diera humunar, luego cuando este hiciera efecto se levantarían y bailarían bajo la piel del oso. Para ellos la verdadera ceremonia vendría después, por primera vez emprenderían solos un viaje de una semana hasta el Finis Mundo, un pico que miraba al norte y después del cual sólo había agua. Los niños estaban emocionados por semejante aventura, desde que se anunció el adelanto de la ceremonia empezaron los nervios; discutían entre ellos sobre los posibles peligros y pedían consejo a los más mayores, sólo Rangu y Lloid permanecían inmunes a esos nervios, y no era sólo por el hecho de estar aislados, es que con Amina y sin que nadie lo supiera ya habían estado siete veces. Cuando algún amigo les hablaba de la travesía, o algún mayor les intentaba dar algún consejo, ellos sonreían internamente mientras pensaban que no había ningún adulto capaz, como ellos, de ir y volver en un solo día.
Amina permanecía sentada en silencio en un rincón de la choza. De vez en cuando, su madre pasaba, se sentaba a su lado y la abrazaba acariciándole la cabeza. Ella no lloraba, sólo mantenía sus ojos perdidos en las rugosidades de la pared. La hora se iba acercando y Amina iba aceptando que su mundo se acababa, que ella se acababa, miraba los escasos muebles de la choza y envidiaba su falta de sentimientos.
Al fin la hora llegó. Érik abrió las cortinas y la llamó. Ella no dijo nada, se levantó y sin ni siquiera mirarle pasó a su lado. Érik sintió más a una sombra que a una persona cruzar por delante suyo, y por primera vez se planteó si estaba haciendo lo correcto, pero ya era demasiado tarde para plantearse cuestiones éticas, el pueblo estaba reunido, la ceremonia estaba a punto de comenzar.
Un olor a palo santo quemado lo impregnaba todo. Las doce niñas que iban a participar de la ceremonia fueron puestas en medio del círculo en línea recta. El xamán, con cinco ayudantes salió de un extremo ataviado con pieles y piedras ceremoniales. Durante una media hora estuvo bailando ante ellas. Llevaba una pequeña olleta en la que humeaban brasas de palo santo. Se detuvo delante de una niña justo al otro extremo de la fila y le sopló humo a la cara. Seguramente no fue casualidad que Amina quedara la última de la fila. El xamán cortó el pelo de la primera niña rasgándolo con un cuchillo, luego el novio le puso lo que desde la mente de Amina era el yugo y después de que ella pronunciara sus votos y él bailara su danza, se la llevó. Ella había llegado a la fila con toda la intención de aceptar su destino, había comprendido que nada podía contra la tradición y que ella sólo era un objeto que había cobrado vida por algún tipo de accidente de la naturaleza. Pero el ruido del cabello rasgado la hizo despertar. Ese sonido se le simbolizó en la mente como el que hacia un alma al ser arrancada. Finalmente sólo quedó ella. El xamán agarró su cabello y ella instintivamente apartó la cabeza. –Amina, –rogó él– por favor.– Ella volvió acercar la cabeza con miedo y el volvió a cogerle el pelo. Ella instintivamente volvió a apartar la cabeza. Uno de los ayudantes del xamán se había situado detrás de Amina sin que ésta se diera cuenta y al ver que se apartaba la rodeó con los brazos para sujetarla. Amina no esperaba ese contacto y se asustó. Todas las palabras que llevaba dos días diciéndose para soportar ese momento, todas las argumentaciones, desaparecieron en un instante y una reacción visceral se apoderó de ella, golpeó con la cabeza la barbilla de su captor, que cayó al suelo, y dos ayudantes más saltaron sobre ella. Amina gritó mientras era inmovilizada en el suelo y el xamán se abatía sobre ella cuchillo en mano. Y de repente el xamán no estaba ante ella y los ayudantes aflojaban su tenaza y se separaban de ella aterrorizados. Ya suelta en el suelo tardó unos segundos en poder analizar lo que había pasado.
–¡Para! –le gritó al lobo blanco.
Éste soltó el brazo del xamán que ya no tenía forma de nada. La tribu estaba paralizada por el miedo. Cuatro enormes perros rodeaban a Amina protegiéndola, y dos niños habían inmovilizado a dos cazadores, se habían hecho con sus armas y amenazaban a Érik para que no interviniera. Realmente ni ellos se habían imaginado ese desenlace, y en ese momento ya se estaban arrepintiendo, pero después de años de juegos en los que recreaban esas situaciones su reacción fue instintiva.
Amina no se alegró, ningún sentimiento fluyó en ella, sólo el instinto enfrió su mente y la concentró totalmente en tomar las decisiones que requería ese momento. El pueblo no reaccionaba, todo había cambiado con la aparición de esos perros, todo lo que habían dicho los niños durante esos dos días, de golpe, cobraba rango de verdad. El xamán se revolcaba por el suelo con el brazo hecho un amasijo de carne.
–Rangu, Lloid, nos vamos –gritó Amina.
Estos se miraron entre sí y asintieron. Sin dar la espalda a Érik, que era el único que no parecía aterrorizado por los colmillos de los perros, fueron retrocediendo hasta unirse al grupo. Los niños y las perras salieron corriendo del pueblo y el lobo y el mastín permanecieron unos instantes más cubriendo la retirada.
En cuanto se hubieron marchado, todo el pueblo quedó quieto y en un silencio sólo roto por el llanto del xamán. La mayoría tenían la boca abierta e intentaban entender lo que acababa de suceder. Érik miró a Mark y se sorprendió al ver que lo miraba y sonreía. Érik recordó las últimas palabras que se habían cruzado y también sonrió mientras se disponía a tomar, como era habitual en él, el control de la situación. Lo primero era atender al xamán.
Amina y su grupo estuvieron corriendo durante horas hasta que estuvieron seguros de que no les seguían, sólo entonces se detuvieron. Descansaron un rato en silencio y luego, sin decir nada, caminaron hasta un lugar seguro donde sabían que no los iban a encontrar. Los perros se distribuyeron por los alrededores para vigilar la retaguardia y los tres niños se aposentaron en unas piedras que conocían bien. Hace un año encontraron esa bauma detrás de unos arbustos. Era un lugar amplio, plano, protegido de las inclemencias del tiempo y muy bien escondido, en definitiva el lugar ideal para convertirse en el campo base de la mayoría de sus juegos.
Rangu, sin decir nada, se puso a preparar el fuego, Lloid al verlo fue a ayudarle, Amina, por su lado, caminó en silencio hasta la salida de la bauma y trepó a la parte de arriba de ésta. El sol amagaba con esconderse y el cielo estaba manchado en tonos naranjas. Se sentó en una piedra y se fijó en la loba que la miraba desde un montículo cercano. La niña pensó que sólo ahora comprendía realmente el sacrificio que habían hecho esos perros al abandonar su ciudad.
Ella odiaba la sociedad que le había tocado, pero la sensación de vértigo que sentía en ese momento por la ausencia de ésta la hacía sentir confusa y enfadada. Deseaba dar la vuelta, decirle a los perros que se buscaran la vida y volver a la aldea, asumiría el castigo que le impusiesen, se daría al hombre que eligieran para ella y destruiría su corazón para que no la torturara el resto de su vida. Pero el brazo destrozado del xamán y la mirada de pánico de toda la tribu habían cerrado una puerta, habían cortado de tajo una línea de futuro que ella aborrecía, pero que hasta ese momento no se había dado cuenta que necesitaba. No podría volver a ver a su madre ni a su padre, no volvería jamás al pueblo, ese futuro ya estaba muerto, pero no había uno nuevo que lo sustituyera. Pensó que vagaría hasta la vejez con sus perros y sus amigos entre las cuevas de la zona, huyendo de las gentes del lugar como un animal salvaje… –No, no les puedo hacer eso a Lloid y Rangu.– Ellos sí podían volver, los perros actuaron para salvarla a ella. Serían castigados, pero sería un castigo asumible después del cual tendrían una vida que vivir. Se puso de pie y bajó a la bauma, se sentó junto a los niños y les dijo mentalmente que se fueran a casa, que ella se espabilaría sola, pero de su boca no salió ni un murmullo, no tuvo el valor. Les necesitaba, mañana les diría que se marcharan, hoy no tenía el coraje de despedirse de ellos también. El mastín apareció con una enorme liebre en la boca, y minutos después las perras trajeron dos palomas y una perdiz. Las despellejaron y las pusieron al fuego. Comieron en silencio, y cuando el mastín hubo terminado, se marchó para turnar la guardia con el lobo blanco.
Ni durante la comida ni en los segundos posteriores en que los niños se quedaron dormidos se dijo ni una palabra, y aunque pareciera extraño tardaron muy poco en alcanzar un sueño profundo.
Por la mañana, Amina se despertó sobresaltada, necesitó unos minutos para recordar lo que había pasado. Había tenido una noche de sueños intensos en los que se convertía en lobo y acababa atacando y devorando a sus dos amigos. Rangu resoplaba pesadamente y Lloid estaba recostado, pero con los ojos abiertos. Parecía triste, pero cuando se dio cuenta de que Amina le estaba mirando sonrió. Ella le devolvió la sonrisa y le dijo: –sabéis que no os podéis quedar aquí, ¿verdad?
–¿Y qué vamos a hacer si no?
–Mi padre os protegerá. Os castigarán, pero luego todo volverá a la normalidad. Seguramente con el tiempo y ahora que todos saben que lo que decíamos es verdad, acabareis siendo considerados héroes.
–¿Y tú? ¿Qué vamos a hacer? ¿Te dejamos aquí y nos olvidamos de ti? Somos amigos Amina… tu destino es el nuestro.
–Yo soy tu amiga, pero tu padre también es tu padre, y tus hermanas, y tu madre… somos la aldea mal nos pese. Yo tengo que marcharme, pero vosotros no tenéis por qué.
–¿Tú crees que yo o Rangu podríamos vivir sabiendo que te hemos abandonado sola aquí arriba? –y se dio la vuelta.
Amina en ese momento tomó una decisión, debía abandonar a sus amigos, aunque fuera contra su voluntad.
La mañana transcurrió lenta. Parecía que se había decidido sin decidir que la bauma sería su campamento. Lloid y Rangu intentaban mantenerse ocupados y gastaban su tiempo en los menesteres necesarios para hacer más habitable ese lugar.
–Voy a buscar leña –les dijo.
Rangu asintió descuidadamente, inmerso como estaba construyéndose un catre que le aislara del suelo por la noche, y Lloid ni siquiera la escuchó.
Al cabo de una media hora Lloid pareció percatarse de la ausencia de Amina. Corrió hasta la salida de la bauma y gritó: –¿Amina? –pero nadie respondió.
En cuanto volvió a entrar en la cueva Rangu le dijo: –está buscando leña.
Lloid le miró, bajó los ojos y fue a sentarse al lado de éste. –Rangu, no creo que vuelva.
–¿Qué dices?
–Esta mañana me ha pedido que volvamos a la aldea, que la abandonemos. Yo obviamente me he negado. Pero… ya sabes cómo es.
Rangu dejó todo lo que estaba haciendo y se sentó con cara de preocupado. –Los perros no están. Normalmente siempre se queda alguno con nosotros.
–Sí, ya me he dado cuenta.
–No podemos dejarla sola, Lloid. No podría vivir imaginándolo.
–Yo tampoco –los dos quedaron en silencio mirando el vacío durante un buen rato–. Quizás sólo ha ido a buscar leña.
–Quizás –apuntó Rangu.
Los chicos se levantaron y siguieron con sus quehaceres como si nunca hubiesen tenido esa conversación. Sólo en un momento Lloid dijo: –Si no aparece mañana empezaremos a buscarla.– A lo que Rangu sólo asintió con la cabeza.

Amina dijo: –Me voy a buscar leña– y sus amigos, que atienden a las palabras entendieron: –Me voy a buscar leña– pero los perros que no entienden nada de fonemas ni construcciones gramaticales, pero sí mucho de intenciones y sentimientos vieron claramente que Amina estaba tomando una decisión importante y que ésta implicaba que la manada se partía. Entendieron también que era una rotura por amor y se aprestaron no sólo a seguirla, sino a darle su cariño.
Amina se alejó caminando tranquila. Rodeó la pared donde estaba la bauma y ascendió hasta situarse en la cima de una colina. Allí se detuvo con los perros. Desde ese punto un paisaje de colinas y planicies se extendía hasta donde le llegaba la vista. Era un territorio lleno de ríos y lagos donde el verde era el protagonista. Le acarició la cabeza al perro que tenía a la derecha sin ni siquiera prestar atención a cuál era, y dijo: –El mundo es grande e inabarcable… y ahora es mío.– Eligió una dirección que se alejara de la aldea y empezó a correr. Pero no corría como el que quiere llegar lejos, corría como el que quiere anestesiar el alma, como el que escapa de algo terrorífico. A esa velocidad no iba a aguantar ni una hora, pero eso ahora no importaba. El corazón se le aceleró de tal manera que los latidos sonaban en sus oídos más fuertes que sus propios pasos o sus jadeos. El sudor sobrepasaba sus cejas y se mezclaba con sus lágrimas que en ese momento ya eran abundantes.

Ernest estaba sentado en lo alto de una lona saboreando con su pipa una hierba que había adquirido en el último puesto explorador. Su mente analizaba la petición que Akad le había hecho. Ya llevaba tres meses vagando solo por esas tierras y no avanzaba en su búsqueda. Quizás era buena idea dejarlo reposar todo y embarcarse en un nuevo objetivo durante un tiempo. La idea de ir hasta las selvas altas del Himalaya con Akad y una ibrish para rescatar a una niña sonaba muy bien. –Deben ser las últimas ibrish –pensó Ernest– no me lo puedo perder, las personas se mueren, cambian, la biblioteca de los diez mil años no se moverá de donde ha estado los últimos mil años.
Pero algo lo sacó de sus pensamientos. A lo lejos una niña corría despavorida perseguida por cuatro inmensos perros. La situación era extraña, ellos podían atraparla en cualquier momento y sin embargo no lo hacían, parecía que los animales estaban jugando con su presa. Eso le daba ventaja a Ernest. Con un poco de suerte llegaría hasta ella antes de que los perros decidieran desayunársela y la podría salvar.
Amina corría sin pensar, sólo un sentimiento de tristeza la embargaba profundamente. En realidad escapaba de un monstruo terrible llamado amor y corría hacia otro monstruo terrible llamado soledad. Sus ojos miraban piedras, raíces y grietas que corrían veloces por el suelo cuando el lobo la adelantó y se detuvo ante ella enseñando los dientes y gruñendo hacia adelante. Ella se detuvo y sintió que algo la envolvía. Era como una bruma espesa; como si el aire se hubiera endurecido. A la derecha del sendero, una piedra de unos cuatro metros de alto quedaba por delante de ella. El mastín retrocedió y pareció marcharse, la perra y la loba se internaron en la espesura que quedaba a la izquierda y sólo la loba reapareció en el camino treinta metros más adelante. Ernest se mantenía a cubierto detrás de la piedra sin entender qué estaba sucediendo. Había interpuesto una barrera entre los perros y la niña para protegerla que al mismo tiempo le permitía sentir el movimiento de los animales, pero su reacción no era normal. Parecía que habían sentido la barrera y que sabían perfectamente dónde estaba él. Además, tres de los perros habían escapado del ámbito de la barrera que había levantado y sospechaba que no era para huir. Cualquiera diría que le estaban emboscando como si supieran lo que era y como funcionaba un amplificador personal. El explorador sonrió. –Bueno, ya desvelada la sorpresa más vale que me presente.
Amina movía la mano tocando una especie de pared de aire muy densa que no conseguía atravesar. Aunque sus amigos le daban mucha seguridad, estaba francamente asustada, nunca había sentido algo así, era magia. Intentaba desesperadamente que sus temores no le nublaran la razón, pero eso era nuevo y nunca había diseñado un juego que le preparase para eso, por suerte parecía que los perros sí lo habían hecho. Un hombre salió de detrás de una piedra que quedaba a la derecha. Mantenía las dos manos en alto y paralelas apuntando hacia donde parecía estaban las paredes de aire. El lobo se abalanzó sobre él con una fiereza que Amina sólo había visto una vez. El hombre movió una de las manos como sacudiéndose una mosca y el lobo se levantó del suelo y cayó dos metros hacia atrás. De repente la loba desde detrás, pero lejos, empezó a trotar hacia él gruñendo. Ernest tenía ciento veintidós años de los cuales había pasado la mayor parte como explorador y la experiencia acumulada hacía que no se le pudiera engañar tan fácilmente. Ni siquiera prestó atención a la loba, estaba claro que sólo era una distracción para el verdadero ataque que vendría de otro lugar. Ernest bajó los brazos con fuerza y saltó por los aires unos cinco o seis metros cayendo de cabeza, rodando por el suelo y quedando entre Amina y el lobo blanco.
–¡Huye! ¡Aprovecha! Yo los contendré.
Entonces comprendió Amina lo que estaba sucediendo. Imaginó la imagen de una niña corriendo despavorida perseguida por sus perros y se dio cuenta de que ese hombre, o lo que fuese, la estaba protegiendo. –¡Parad! –gritó– no es un enemigo.
Los perros se detuvieron en seco y Ernest se quedó petrificado. En toda su larga vida nunca había visto algo como eso: ¡la niña mandaba la manada!; no la estaban persiguiendo, la estaban acompañando, la protegían. De entre los arbustos salió una perra y un ladrido llegó desde la parte de arriba de la piedra que sorprendió al explorador. –Ése me hubiera pillado –dijo mirando al mastín.
Amina se situó delante de Ernest, que pese a lo sucedido seguía sin atreverse a dar la espalda a los perros, y dijo: –hola, me llamo Amina… ¿qué eres?
Él se rió. –¿Siempre eres tan directa?
–Esta semana ha sido dura. ¿Eres un mago?
–No, soy un explorador.
–Yo también he sido exploradora muchas veces y no puedo levantar a un perro del suelo sin tocarlo ni poner barreras invisibles.
Ernest la miró con dulzura y le dijo: –Lo que tú haces también es increíble para mí. Tengo ciento veintidós años y nunca había visto a un humano liderar a una manada de perros… y menos a estos.
–¿Qué tienen de especial estos perros?
–Que han sido capaces de ponerme en apuros. No sé qué habría pasado si no los hubieras detenido.
–Pues que te hubieran despedazado.
–Mujer, tampoco es tan fácil derrotar a un explorador.
Amina lo miró despectivamente y le exhortó: –me vas a contar qué eres o me largo.
–Eres muy ruda, preciosa. Tardaría horas en contarte quién o qué soy, lo mismo que tardarías tú en contarme quién o qué eres. Aquí cerca pasa un río. Hay un recodo muy fresco y hermoso. Porqué no vamos, y te preparo un té mientras me cuentas tu historia, luego yo prometo contarte la mía.
Ella intentaba escrutar su interior a través de sus ojos buscando algún tipo de amenaza, pero no la encontró. Su mente estaba instalada en la decisión de abandonar todo lo que había conocido nunca y le costaba abandonar ese lugar hecho de autocompadecencia, falsa emoción por el futuro, miedo, por no decir pánico, vacío, y tristeza, pero ese ser había hecho cosas que ella no sabía que se pudieran hacer y había plantado cara a sus perros… La curiosidad venció al desasosiego del momento y asintió. –De acuerdo, pero… ¿qué es un té?
Ernest se rió. –Una bebida… tranquila te gustará.
Ernest emprendió el trote seguido por Amina y los perros. Corrieron cinco minutos y se desviaron hacia la izquierda, descendieron por un largo margen lleno de piedras sueltas y algún que otro árbol, y salieron a una pequeña explanada. Al final de ésta un río formaba un pequeño recodo al salir de detrás de una pared de calcáreo gris. Ernest tomó asiento en medio del pequeño campo, se descolgó una mochila que llevaba a la espalda y sacó de ella un extraño artefacto mientras la niña lo miraba todavía de pie.
–¿Qué, no piensas sentarte? Ponte cómoda mujer, como si estuvieras en tu casa.
Ella dudó, pero se acabó sentando, todavía no acababa de confiar en ese hombre que parecía estárselo pasando muy bien a su costa.
–Esto es una tetera, ¿ves? Sirve para calentar agua, luego le echaré el té.
–Es una infusión –le interrumpió Amina– esto también lo hacemos en mi pueblo, –y le arrebató una bolsa de la mano que contenía el té, la observó, la olió, cogió un pellizco y se lo puso en la boca– esto es muy amargo. ¿No me querrás envenenar? –dijo haciendo una mueca.
Ernest se rió. –No, preciosa, después está más bueno, sobre todo con azúcar.
–Nosotros también tenemos azúcar, lo compra mi padre en el mercado de Náctares.
–¿Y de dónde eres? ¿Cuál es tu pueblo?
Amina guardó silencio un rato antes de contestar: –Yo no tengo pueblo; yo ya no soy de ninguna parte.
Ernest captó la tristeza en los ojos de Amina y adivinó que había caído en un momento difícil de su vida. Se moría de ganas por conocer cual era la historia de esa niña y cómo había llegado hasta allí, pero decidió que lo mejor sería darle un descanso a su mente. Empezaría a hablar él, e intentaría ganarse su confianza, luego, ya más tranquila, seguro que le deleitaba con una maravillosa historia.
–Me llamo Ernest, soy ciudadano de Interior y soy explorador.
–¿Dónde está, Interior?
–Interior es la ciudad más grande de la tierra. Allí viven setenta millones de personas, y es una ciudad que está bajo tierra.
Amina le miró sorprendida e intentó imaginar a setenta millones de personas todas juntas, y aunque no lo consiguió, sí llegó a la conclusión de que eran muchas. –¿Y vivís bajo tierra? ¿No es eso muy oscuro?
Ernest dijo: –el mundo de Interior es muy diferente de éste. Para empezar es un mundo muy avanzado tecnológicamente.
Amina lo detuvo, no entendía el concepto tecnológicamente. Luego, él prosiguió. Estuvo casi dos horas explicándole a Amina qué era Interior y qué era un explorador. Le contó sobre naves que volaban por los cielos; armarios que podían convertir el barro en cualquier material o comida y cómo habían maneras de conseguir que un hombre no enfermara y viviera unos doscientos veinte años. Le explicó que todo eso era tecnología y no magia, aunque Amina no llegó a entender la diferencia, y que los exploradores habían renunciado a toda tecnología que fuera perecedera o requiriera de energía externa. Le contó sobre los amplificadores personales que convertían la energía corporal en magnetismo capaz de mover partículas de hierro y cómo ellos recorrían el mundo con afán por documentarlo y vivirlo en una búsqueda constante de nuevas experiencias. Amina escuchaba absorta y lo bombardeaba a preguntas hasta que Ernest le contó qué estaba haciendo por esas tierras.
–Estoy buscando la biblioteca de los diez mil años.
–Ah, yo sé donde está la biblioteca de los diez mil años –dijo tan tranquila.
Ernest se quedó petrificado, sin atinar que decir. La biblioteca de los diez mil años era el Santo Grial de los exploradores, sobre todo de los que se dedicaban a la historia. A finales del siglo XX, se inventaron los formatos digitales para guardar información. La eficacia de estos formatos a la hora de reproducirse o enviarse hizo que a mediados del siglo XXI prácticamente se hubieran abandonado los formatos analógicos. Pero los formatos digitales tenían un gran defecto: la durabilidad. Incluso teniendo en cuenta que se les alargó la vida casi a ciento cincuenta años, estos acabaron pasando y toda la información de una época se perdió. Si no hubiera sido por los grandes cataclismos del siglo XXII y la caída de las naciones estado, quizás mucha de esa información se hubiera podido ir copiando y así salvarla del paso del tiempo, pero no fue así y todo se perdió de la que se conoce como la época digital oscura.
Pero existe la leyenda de que un grupo de visionarios se dio cuenta de que esto iba a suceder y crearon la fundación de la biblioteca de los diez mil años. Su misión era recopilar el conocimiento de una época, sus documentos, sus recuerdos y pasarlos a un formato analógico que perdurara durante los próximos diez mil años. Dicen que se construyó la biblioteca bajo tierra, en un lugar geológicamente estable para protegerla de desastres naturales o futuros vandalismos. Pero nadie pudo prever las desgracias que sucedieron luego y el conocimiento sobre donde estaba la biblioteca se perdió.
Los exploradores han estado buscándola desde sus inicios en un intento por entender una época que estuvo a punto de llevar la humanidad a su extinción. Y ahora él, Ernest Shackelston, estaba delante de una niña que le decía tranquilamente que sabía donde se encontraba.
Amina se dio cuenta de la impresión que había causado su afirmación en Ernest y una idea le surgió en la mente al principio como una tontería sin ningún futuro, pero luego como ese único clavo ardiente del que colgar su vida en ese momento.
Mientras Ernest intentaba calmar su mente para no desperdiciar ese momento histórico que el azar le había puesto delante, Amina le interrogó.–¿Tú eres un humano como yo?
–Sí, claro.
–¿La única diferencia que hay entre tú y yo es dónde hemos nacido?
–Sí –dijo el explorador intentando entender a dónde quería ir a parar.
–¿Es decir que si yo hubiera nacido en Interior podría ser exploradora?
–Sí –volvió a responder dudando.
–Quiero ser exploradora, quiero que me lleves contigo –dijo Amina con rotundidad.
Ernest sonrió al entender a dónde iba la niña. –Éso es imposible Amina, sólo los ciudadanos de Interior pueden ser exploradores –le dijo con toda la dulzura de la que fue capaz.
–Pues más vale que no sea imposible… porque si lo es, jamás sabrás donde está esa biblioteca.
Ernest entendió por sus ojos que ella lo decía en serio, y comprendió que por alguna razón que desconocía ella estaba jugando alguna última baza con ese chantaje. –¿Te importa esperar un rato?, tengo que pensar en ello.
–¿Entonces es posible?
–En principio es ilegal ceder tecnología a Lantana, está muy prohibido, lo que voy a pensar es en alguna manera de saltarme esa prohibición. Nunca me había encontrado con alguien como tú. Tengo que pensarlo.
–Pues piénsalo… y dime que sí, sé que ese lugar es importante para ti, y yo no voy a cambiar de opinión.
Ernest no dijo nada, se levantó, dejó la mochila en el suelo y salió corriendo. Amina sonrió mientras sorbía un poco de ese extraño brebaje, que efectivamente estaba bueno, a ella también le gustaba correr cuando tenía que pensar en algo.
Ernest llegó al cabo de media hora y se sentó delante de ella. –Amina –dijo– ser explorador no es fácil. No se trata sólo de viajar por el mundo disfrutando de aventuritas y viendo cosas hermosas. Ser explorador es sobretodo asumir un método, un código de conducta, mantener el método por encima de todas las cosas, incluso a riesgo de tu propia vida y de la gente a la que amas es mucho más difícil de lo que puedes imaginar. Nos pasamos la vida entrenando y en muchas ocasiones estamos solos, quizás cuando entiendas qué significa ser explorador, no querrás serlo.
–No tengo otra alternativa.
–Nuestra vida es muy dura, no se puede ser explorador huyendo de nada, hay que serlo por convicción.
Amina guardó un minuto de silencio como reflexionando y dijo: –en estos momentos éste es el único futuro que tengo y me agarro a él, porque no tengo otro remedio. Pero pese a lo difícil que es para mí abstraerme a mi situación actual, creo que aun sin ella querría ser exploradora, es lo que siempre soñé.
–Mira. Yo no creo que pueda meterte en Interior ni conseguirte un amplificador personal o un entrenamiento inmunológico, pero Acad… él quizás pueda.
–¿Quién es Acad?
–Un amigo y un gran explorador. Él tiene amigos poderosos en Interior… el gran capitán le debe un gran favor. Y por lo que me contó, ahora esta cumpliendo un encargo de Zorva. Pero para verle tenemos que estar en el Pireo dentro de dos meses. Son unos cincuenta kilómetros diarios corriendo… ¿crees que podrás?
Amina no sabía quién era Acad, ni Zorva, ni sabía qué era o donde estaba el Pireo, pero sí sabía que podía correr cincuenta kilómetros diarios, y lo demás no le importaba así que aceptó. Sólo puso una condición: sabía que sus amigos la buscarían y que tardarían semanas en rendirse y volver a la aldea, si es que lo hacían. Si sabían que había encontrado a Ernest y que estaba en buenas manos, volverían con su familia. Así que le pidió que antes de partir tenía que despedirse de sus amigos y él aceptó.
Rangu y Lloid ya habían dejado de hacer todo lo que estaban haciendo, parecía que ya habían aceptado la idea de que Amina les había abandonado. Era absurdo seguir trabajando para adecuar un lugar que iban a abandonar. Los dos, simplemente, estaban sentados en sendas piedras sin decir nada, mirando al vacío, con una sensación de espera sin final, cuando oyeron la voz de Amina y saltaron de su piedra y se pusieron de pie espectantes. La voz no estaba sola, con ella venía alguien.
Amina entró en la bauma acompañada por Ernest, pero los niños ni siquiera le prestaron atención y se lanzaron al cuello de ésta.
Los chicos tenían los ojos húmedos y Lloid le dijo: –pensábamos que nos habías abandonado.
–Y lo había hecho… os quiero demasiado para dejar que acarreéis con mi condena.
–¿No entiendes que esa decisión no es tuya? –le dijo Rangu.– ¿Y por qué has vuelto?
–Mirad, os presento a Ernest, es explorador y mago.
–No soy mago –intervino éste.
Amina, ignorando sus palabras, continuó. –Le he conocido hace un rato cuando ha intentado rescatarme del ataque de cuatro perros. –Los niños sonrieron– Viaja por todo el mundo buscando cosas y viviendo aventuras, y tiene interesantes poderes. Me voy a ir con él hasta un lugar llamado Pireo y voy a ser exploradora como él.
Lloid se quedó mirando a Ernest y dijo: –¿Te fías de este tipo?
–Sí –respondió ella.
Ernest se fue a sentar en una piedra y sacó unas bolsas de la mochila. Sin decir nada, las abrió y las dejó delante de él. Contenían polvos de diferentes colores. Cerró los ojos como concentrándose y levantó un dedo. De tres de las bolsas se elevó el polvo en el aire. Giró el dedo y los polvos se mezclaron generando una especie de neblina de diferentes colores. Empezó a mover las manos como si tocara un piano y la neblina empezó a tomar formas hasta que de repente todos vieron una serpiente que elevaba su cabeza del suelo. Los niños echaron un paso atrás, los perros ni se inmutaron, aunque eso tenía aspecto de serpiente seguía oliendo igual que antes cuando era polvo y no había energía vital en su cuerpo que no fuera la que emanaba de Ernest. Pero para los niños eso era un milagro, era magia.
Lloid dijo asombrado: –eres un mago.
–No es magia, es dominio de mi amplificador. Por el cuerpo humano pasa una cantidad de energía espeluznante que sirve para mover mis músculos, gracias a mi amplificador yo puedo convertir esta energía en magnetismo. Este polvo esta hecho de partículas de hierro tintadas en colores, mi control sobre el magnetismo me permite moverlas y mezclarlas para modelar cosas.
–¿Y la barrera que pusiste antes entre los perros y yo?
–Es lo mismo. Polvo de hierro que puedo mover a voluntad y con mucha fuerza. Las partículas son muy pequeñas y no se ven a simple vista, pero yo puedo hacer mucha fuerza con ellas, incluso más que con mis brazos o piernas. Si Amina viene conmigo aprenderá estas técnicas y se hará muy fuerte.
–¿Y podemos ir nosotros también? –preguntó Rangu sin salir de su asombro.
–Sólo puede venir uno conmigo y se lo he prometido a Amina.
Amina comprendió que Ernest le estaba echando un cable. Los niños asintieron y algo se relajó en su interior. A ninguno de los dos le apetecía la vida que se les avecinaba junto a su amiga, pero el sentimiento de fidelidad y responsabilidad que sentían hacia Amina no les permitía ni siquiera plantearse abandonarla. Pero ahora para ella se abría un destino mejor que el que nunca se habrían atrevido a soñar. Viajaría por todo el mundo, conocería nuevas sociedades, nuevos paisajes y crecería mucho. Ya no tenían la sensación de que la abandonaban y, pese a que los dos envidiarían el futuro que le esperaba, lo cierto es que en ese momento estaban tan agotados que sólo deseaban llegar a su choza y recostarse, que su madre les acariciase el pelo, que les dieran una buena comida. Luego ya llorarían por la añoranza, y contarían como ellos fueron amigos de Amina, con quien conquistaron una ciudad llena de perros y conocieron a un mago explorador.
Ernest les regaló una especie de turrón muy delicioso que les sació enseguida. Escucharon con atención todas las aventuras que éste les contaba, pero no se separaban de Amina; Le acariciaban la cabeza y le daban besos y abrazos espontáneos. Ella los correspondía y, aunque escuchaba al explorador, en ningún momento perdía el contacto físico con ellos.
Se levantaron y se dispusieron a emprender el regreso a la aldea. Los perros, aparentemente contagiados de ese clima, también iban dando lametones a los niños. Todos parecían conscientes de que seguramente no se volverían a ver.
Llegaron a la punta del alce y recordaron riendo que hacía cuatro días estaban allí, y cuanto había cambiado en esos días su vida.
–Al final te has librado de la ceremonia –dijo Rangu mientras la abrazaba.
Amina rió llorando y respondió: –Parece que sí.
Se separó de Rangu y abrazó a Lloid. –Te quiero Amina, nunca te olvidaré.
–Yo tampoco te olvidaré Lloid, ni a ti Rangu, aunque viva mil años nunca os olvidaré.
–Es hora de marcharnos –dijo Rangu.
Amina les acarició entre llantos la cara y ellos se dieron la vuelta y empezaron a descender hacia la aldea. A unos pocos metros Lloid se dio la vuelta y le dijo a Ernest: –Me da igual si eres el mago más poderoso del mundo o el mismísimo Dios, si nos has engañado y le pasa algo a Amina no descansaremos hasta darte caza… y te prometo que lo haremos.
Ernest miró los ojos llorosos de esos dos niños y les aseguró que cuidaría de ella sin dudar ni por un instante que cumplirían su promesa.
La niña y el explorador permanecieron sentados en la punta del alce mientras Rangu y Lloid descendían hacia la aldea. Amina devoraba ese paisaje, reconocía por su caminar a cada persona que cruzaba la plaza e intentaba retener cada momento en su memoria.
En la aldea estaban todos desorientados. El padre de Rangu quiso organizar una partida de búsqueda para ir tras los niños, pero Érik la frenó.
–¿Realmente quieres enfrentarte a esos perros? Los niños estarán bien. Han demostrado que saben cuidarse solos. Cuando llegue el invierno volverán a la aldea.
El xamán agonizaba en su tienda, la herida se había infectado y seguramente moriría. Pero no habría repercusiones contra los niños, al fin y al cabo el padre de Amina había sido gran general de los talancotes y garante mayor del reino y si él decía que la culpa de lo sucedido era suya por no haber creído a los chicos, todos lo acatarían.
Ya antes de entrar en la aldea la madre de Rangu lo vio y corrió hacia él gritando su nombre. Desde la punta del alce, vieron como una desbandada de puntos se abalanzaba sobre los niños. Ernest sacó de su mochila un catalejo y se lo pasó a Amina. Desde allí vio como todos se volcaban sobre los niños, cómo Érik separaba a toda la gente y les decía algo. Luego miró directamente hacia ella como si supiera que le estaba viendo, y le sonrió de esa manera que él le sonreía cuando hacía algo bien. Al final tuvo que apartar el ojo del catalejo,  porque las lágrimas ya no le permitían ver. Le pasó el catalejo a Ernest y salió corriendo, ya no aguantaba más. Ernest miró por el catalejo y cuando lo bajó dijo para sí mismo sorprendido: –¿Érik?… Esta niña tiene muchas cosas que contarme.
Ocho horas más tarde habían recorrido setenta kilómetros y Amina se detuvo. Miró a su alrededor y dijo casi sin aliento: –Ya estoy más lejos de lo que había estado nunca.
El explorador le acarició la cabeza y le susurró al oído: –Pues esto es sólo el principio de un largo viaje.

fin

Vicens Jordana

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