Después de muchos años de resistencia al final Omar Mukhtar fue apresado y ahorcado. Su apresor y eterno enemigo le preguntó: ¿Cómo queríais un par de cientos de nómadas del desierto vencer al ejercito italiano? ¿no sabíais que no podríais ganar? A lo cual Omar Mukhtar respondió: mientras uno de nosotros siga luchando no nos habréis vencido.
Lo cierto es que esta frase que se supone que dijo Omar Mukhtar pudo no haberla dicho nunca. Es posible que se la inventara algún cronista de la época, o quizás ni eso, quizás sólo fue el guionista de la película o una recreación de mi memoria. Me da igual. No por menos histórica es menos cierta. Por eso aplaudo a la señorita, o señora, no lo sé, Ariadna Pi y a sus amigos. Porque pese a lo mal que pinta el mundo y la cantidad de mierda que nos corrompe a todos la sangre, acciones como ésta, o la del Arnau y el Liceo, me hacen sentir que no han vencido ni vencerán… siempre habrá alguien luchando… y si puede ser con imaginación y sin violencia, como es el caso, mejor.

 

Éste fue un comentario que hice el otro día aplaudiendo una acción que me sorprendió, no sólo por su valentía, sino también por lo imaginativo de ésta. Hoy voy a matizar. Sigo aplaudiendo la acción y ojalá Ariadna Pi siga en esa línea… pero no por ello hemos de obviar ciertas reflexiones pese a correr el riesgo de caer en graves contradicciones.

Las preguntas más importantes que debemos hacernos es, creo yo, ¿contra qué luchamos? ¿y para qué? Empezaré con la primera pregunta que quizás es la que tiene una respuesta más molesta. ¿Quién es el enemigo? Esta es una pregunta a la que la gente suele responder con rapidez y a mi criterio erróneamente. El enemigo son ellos, los poderosos… mentira, eso es falso, el enemigo somos nosotros. Somos todos, y quizás los que acudimos, como lo hice yo, a actos como ése somos los peores.

La cultura, la lucha, la protesta, el activismo… todo esto son caprichos burgueses. En el fondo si hiciéramos un análisis propio un poco profundo podríamos acabar vomitando por el asco que nosotros mismos nos produciríamos. Mírame a mí, por ejemplo, aquí, cómodamente sentado aporreando un teclado por la salvación del mundo. Es para echarse a reír. Desde éste mismo teclado hasta mi corte de pelo, la suavidad de mis manos, el color de las paredes de mi estudio, la infinidad de aparatos que me envuelven, o incluso mi propia cultura y mis conocimientos, no son más que símbolos de opulencia burguesa. Aquí estamos llenándonos la boca de discursos antisistema con una mano, mientras con la otra, descorchamos un vino que por su valor podría alargarle la vida a un niño una semana en algunas partes del mundo. Somos una de las piezas fundamentales de una máquina asesina y cruel, vacía de cualquier tipo de moral. Sí, lo sé, de la máquina forman parte todos por igual, pero nosotros, los que levantamos los brazos cerrando el puño, los que gritamos consignas y señalamos al poder con el dedo somos los más mezquinos de todos. Hacemos como esos señores feudales que construían iglesias en sus fincas para autojustificarse y así poder pecar con tranquilidad. “Primero vamos a la mani y después podemos ir a cenar por ahí… me han dicho que hay un restaurante nuevo en Gracia que…” tenéis que reconocer que da un poco de asquito todo.

El gran error, desde mi punto de vista, es no entender el poder de la máquina. Pensar que la máquina es mala porque los que mandan son malos, error. De entrada la máquina no es mala ni buena, para ser malo o bueno hay que ser humano y la máquina pese a estar compuesta de humanos no es humana. La máquina por definición es amoral y es tan extremadamente compleja que dudo que haya en el mundo persona o colectivo al que se le pueda atribuir su gobierno. La máquina funciona automáticamente y su función y objetivo es simplemente el de sobrevivir. Las piezas somos nosotros, millones de humanos, cada uno en su tarea, trabajando, sin saberlo, para que la máquina siga funcionando.

¿Y todos esos malos sentados en grandes despachos? Están allí porque la máquina así lo a predispuesto. No, no quiero que penséis con esto que estoy hablando de un ente perverso o algo así, la cosa es más simple que eso, es sólo que en la máquina es más fácil llegar arriba si no tienes escrúpulos que si los tienes.

Intentar explicar el funcionamiento global de la máquina es a mi juicio imposible. Lo que sí es seguro es que nosotros somos parte de su funcionamiento y como piezas no podemos declinar la culpa. Si la máquina es asesina, nosotros somos asesinos, si es cruel nosotros somos crueles. No son la culata ni el punto de mira menos asesinos que la bala en una pistola. Es por eso que cuando volvamos a preguntar, contra que luchamos, debemos tener claro que el enemigo somos nosotros.

Pero nos queda una segunda pregunta y quizás la más importante de todas, ¿para qué luchamos?. El mundo esta chungo, señores… muy chungo. Podría hacer una lista de sus penalidades pero ¿para qué?… pondría muchas y me las dejaría todas. La máquina no se porta muy bien con él ni con sus habitantes. Pero la máquina no es estática, sino que evoluciona constantemente se adapta a las nuevas realidades y a las nuevas sinergias. La máquina puede cambiar, puede ser más justa, menos cruel. Existe una lucha abierta por cambiarla que ha conseguido grandes logros, aunque a menudo parezcan despreciables ante los que quedan por hacer. Desgraciadamente los únicos que pueden hacer algo son los mezquinos y deprimentes burgueses de los que hablábamos antes. Me gustaría que fueran los hambrientos los que hicieran este trabajo, sería menos hipócrita, pero bastante faena tienen con sobrevivir como para dedicarse a la lucha. No pueden, no tienen los medios, ni culturales ni físicos, para producir los cambios necesarios en la máquina. Deberán esperar a que los niños ricos de occidente que juegan a ser revolucionarios algún día produzcan los cambios que les permitan vivir con un mínimo de dignidad.
Ésta es una realidad, la que yo veo, la que me justifica, la que me permite en mi mezquindad seguir soltando discursos reveladores, acudiendo a manifestaciones, comiendo palomitas en los cines Warner, firmar en manifiestos, cenar fuera de vez en cuando, apoyar algunas ONG, comprarme un coche bonito, ayudar a mi vecino, ser en definitiva un hipócrita útil. ¿Me estaré mintiendo para poder dormir mejor? Con toda seguridad… al fin y al cabo como le dijo el escorpión al cocodrilo mientras se ahogaban los dos en el río… es que soy un escorpión.

Vicens Jordana

Texto publicado el 19 de octubre de 2010


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