El gran engaño de la historia no está tanto en los hechos en sí mismos, sino en la manipulación que se hace de nuestros sentimientos y nuestra comprensión a través de la forma en la que se nos cuentan. Este gran engaño sería imposible sin nuestra colaboración, aceptamos las mentiras que mejor alimenten nuestros instintos, como el de pertenencia a un grupo o el de odio al otro, al diferente, al desconocido. Esta mentira se comporta como un virus social al instalarse en nuestros corazones ya que de forma automática nos convierte en emisores de ésta. Un grupo social se cohesiona sobre todo a través de sus mentiras. Presuponer que todas las ideas que cohesionan fuertemente un grupo son mentiras es un poco arriesgado, pero creo sinceramente que es cierto. Considero mentiras todas esas ideas que no están sometidas a la prueba de la reflexión, que no son atacadas por el individuo y que se admiten a ciegas cuando vienen validadas por el colectivo. En estos casos el individuo toma identidad a través del grupo y por tanto a través de sus ideas. Poner en duda esa idea sería poner en duda la propia identidad del individuo, cosa que pone a trabajar todo el intelecto de éste en el objetivo de razonarla y justificarla. Incluso en muchas ocasiones la imposibilidad de defender esta idea por la razón puede provocar una respuesta violenta, sea física o dialéctica. Las personas como seres sociales toman su identidad a partir de la sociedad que les envuelve. Somos altos porque los demás son más bajos. Pero la fabricación de nuestra identidad va mucho más allá de la simple comparación social de características, uno de los factores más relevantes en la formación de ésta son las afinidades colectivas, es decir los colectivos o grupos en los que nos inscribimos. Cada ser humano como tal se adscribe a una gran cantidad de colectivos a lo largo de su vida, a algunos se llega y en otros se nace. La mayoría de estos grupos son poco cohesionados y surgen a partir de similitudes en ideologías, actitudes, gustos, dedicaciones, hobbies u objetivos, entre muchas. Sus individuos son permeables y críticos con las ideas que comparten. Esta permeabilidad y esta capacidad crítica permite una evolución tanto en lo ideológico como en lo vital que hacen que el conjunto de grupos al que uno se adscribe esté cambiando constantemente y por tanto no tenga ninguno un peso fundamental predominante en la formación de la identidad. Pero en la mayoría de personas algunos de estos grupos cobran una importancia especial y se cohesionan fuertemente con ellos, se pierde la capacidad crítica con las ideas que justifican el grupo y se pone el intelecto a su servicio. Es importante hacer notar que pese a que a la mayoría de personas les sucede esto, la mayoría de personas están seguras de que no les sucede, incluido yo. Los dos tipos de grupo por excelencia en los que sucede esto, a mi entender, son, las patrias y las religiones. Son muchas las cosas que voy a decir en este texto que se pueden aplicar perfectamente a las religiones o incluso a otros grupos que, aunque no tanto, también presentan las mismas características de cohesión social de las que hablo, pero en este artículo en concreto me voy a centrar en la nación por que creo que es este tipo de grupos los que más están afectando la vida del ciudadano occidental de hoy. En el grupo de personas al que llamamos nación es donde la frase con que empezaba este texto cobra más sentido. La nación se fundamenta en una unidad cultural y territorial que se justifica a través de la historia. España como nación nace con la unión del reino de Aragón y el de Castilla, cuando no con los godos; Francia nace con los merovingios; Cataluña con un tal Jofre el Pilós estampando sus dedos en un escudo de oro, y así cada nación del mundo tiene su historia que le remonta al principio de los tiempos y que justifica su existencia, genera cohesión, anula la capacidad crítica para con ella y pone el intelecto de muchos a trabajar para argumentarlo, y todas son mentira. Quizás no en los hechos, seguramente existió esa inaprendible lista de reyes godos y un tal Fernando se casó con una tal Isabel, como muy probablemente existieron los merovingios y Jofre el Pilós, y quien sabe quizás hasta marcó con sus dedos las cuatro barras de sangre en un escudo dorado, pero ni los merovingios ni los godos ni los católicos fueron jamás reyes de ninguna nación y cuando ese tal Jofre estampó su sangre en un escudo tampoco creó el escudo de ninguna nación, creó su escudo, si es que lo creó. El concepto nación hasta el siglo XVIII fue usado para referirse a un grupo de gente que compartían algún tipo de característica cultural o étnica, normalmente la lengua. Agrupaba de forma poco cohesionada y era permeable a otros grupos culturales. Un hombre podía pertenecer a la nación catalana porque hablaba esta lengua, era vasallo de los Austria, campesino y una innumerable lista de grupos más que ostentaban el mismo rango que el de la Nacionalidad. No fue hasta la llegada de la ilustración que se inventa la nación tal como la conocemos ahora. Y fue, en su momento, un gran invento. Sustituyó con mucho éxito el concepto de vasallo por el de ciudadano. Durante toda nuestra vida escolar nos hemos visto obligados a aprender innumerables listas de reyes, fechas, batallas, edades y muchas cosas más pero parece que se olvidaron de, ya no enseñarnos, sino hacernos reflexionar que eso era otra cosa. La manera en que un humano entendía el mundo en el que vivía, incluso territorialmente hablando, no tenía nada que ver con el concepto que nosotros, hoy, podemos tener de lo que es un país o una nación. El concepto de España, por ejemplo, existe desde muy antiguo, ya los romanos lo usaban, pero dudo que ningún rey antes del XVIII pensara en si mismo como rey de España o simplemente español. No estoy intentando dar aquí ninguna lección de historia que, aunque sé un poco, no sé mucha, lo que intento hacer es simplemente una reflexión sobre ella para explicar que en el fondo todos esos cuentos de reyes, sucesiones y guerras de antaño poco nos deberían influenciar cuando analizamos y definimos la realidad de hoy. Un ejemplo ideal para entender cuando y como se crea por primera vez en el mundo un país o nación tal como lo concebimos hoy, lo podemos encontrar en la biografía de Luís XVI, el último rey de Francia “fue rey de Francia y de Navarra y copríncipe de Andorra, entre 1774 y 1789, y rey de los franceses entre 1789 y 1792”. Sólo leyendo estas dos líneas podemos comprender la diferencia entre el viejo y el nuevo mundo, el mundo que hoy habitamos. Bueno, quizás también habría que saber que en 1789 se funda la asamblea nacional francesa que en mi opinión es el punto sin retorno de la revolución francesa. Antes de 1789 el rey es el señor de unos territorios o dicho de otra manera, el dueño. A partir de 1789 se crea la nación francesa y el rey deja de ser dueño para ser regente, es decir un cargo directivo, cargo que por cierto sólo le dura tres años al cabo de los cuales pierde la cabeza, literalmente. Lo que quiero hacer entender con todo esto es que si es en 1789 el año en que nace la primera nación o país quiere decir que no hay ninguno en el mundo, ni siquiera España, que tenga, hoy, más de 212 años. Y es ahora, en este momento, cuando muchos de esos a los que no les sucede, como a mí, lo que arriba he contado, pondrán todo su intelecto a trabajar para refutar lo que he dicho y convencerme de que los que echaron a los moros de Granada fueron españoles y que fue España la que conquistó América.

Vicens Jordana

19 de octubre de 2010




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