Hoy hace veinte años, sucedió lo que no podía suceder, el cuarto reactor de la central nuclear de Chernóbil voló por los aires ocasionando una de las tragedias provocadas por la mano del hombre más devastadoras de la historia. Ahora, dos décadas después expertos de todo tipo nos explican lo que sucedió y porqué, para que entendamos y nos quede bien claro que eso, con la tecnología actual, no podría volver a suceder. Me encantaría tirar de hemeroteca para poder ver como los expertos de la época nos aseguraban, sin lugar a dudas, que lo que pasó en Chernóbil era imposible que sucediese.

Pero vamos a suponer por un momento que tuvieran razón. Supondremos la infalibilidad de la tecnología nuclear y de todos sus sistemas de control. La energía nuclear es barata y aunque genera un residuo de difícil ubicación es, sin duda, una de las energías que causa menos impacto ambiental. Esto, que a primera vista puede parecer una apología de esta energía es, sin duda, el principal de sus peligros.

Vivimos en un modelo económico que basa su supervivencia en un desarrollo exponencial constante. Dicho en mundano o crecemos o nos vamos al carajo. Todo este crecimiento, obviamente, no sería posible sin el crecimiento proporcional en producción de energía. Si todo nuestro bienestar se basa en un modelo energético soportado por centrales nucleares porque es electricidad barata y “limpia”, somos sin lugar a dudas adictos a este tipo de energía.
Este, a corto plazo no parece un problema grave pero pongamos el supuesto de que dentro de diez años se produce una gran crisis económica. Nuestra dependencia de esa energía sería más alta que nunca, sin embargo, nuestra capacidad económica para mantener al día unas infraestructuras tan peligrosas se pondría en duda. Los reactores quedarían anticuados, la tecnología obsoleta y el personal descualificado. En ese futurible ningún gobernante se atrevería a provocar una crisis energética colosal por no dejar funcionar una instalación que durante 20 años no ha dado ningún problema. Algo parecido, a mi opinión pasó con Chernóbil.
Después hay que tener en cuenta que el negocio de la energía mueve millones de euros todos los años y que el dinero corrompe el sistema de la misma manera que el ácido el metal. Imagínense por un momento a un magnate de la electricidad a punto de perder toda su fortuna simplemente por que su central no ha pasado un par de pruebas de seguridad. ¿Creen que no intentaría falsificarlas si pudiese? ¿Creen que dispuesto a pagar cualquier suma de dinero para falsificar las pruebas no lo conseguiría? Seamos coherentes, aunque me fiara al cien por cien de la tecnología y sus controles seguiría desconfiando de los humanos, responsables últimos de estas instalaciones.
El problema no está en las peores cosas que me puedo imaginar… el problema está en las que no soy capaz de imaginarme.

Vicens Jordana

26 de abril de 2006

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