Él no recuerda el principio, pero eso es normal, nadie recuerda nunca el principio, aunque a menudo otros lo hagan, pero un día empezó su vida, como la de todos los vivos, sólo que la suya nunca terminó.

Sí, es cierto que son muchos los que han andado y hoy siguen andando, pero ninguno lo ha hecho tanto tiempo como Liberio. Hubo un tiempo en que recordaba sus pasos, no todos, pero si los más importantes, como la mayoría de los que caminan entre hombres. Él recordaba a sus padres, su primer beso, su primer amor, su primer desamor, su primera guerra, la primera vez que vio morir a un hijo.

Cuando se dio cuenta de que su nieto era más viejo que él empezó  a intuir que su camino sería más largo que el de los demás. Harto de ver morir a los que amaba Liberio se lanzó al viaje sabiendo que su hogar serían las piedras del camino y que jamás permanecería en un sitio el tiempo suficiente como para ver como el mundo le adelantaba y los que le dieron la mano se alejaban en el tiempo sin que él pudiera retenerlos. El mundo podía correr tanto como le apeteciera, él lo detendría en su memoria; no le daría la oportunidad de la verdad, sólo su memoria guardaría intacto el recuerdo de los que amó, como si vivieran todavía, cerraría sus ojos y los vería reír en una anécdota o llorar el día de su partida y al mismo tiempo otros amores vendrían y otros amores reirían y llorarían en su memoria y así decidió Liberio sería su vida hasta que a ésta le diera la gana de acabar.

Pero no pudo ser así porque el cajón un día se llenó y Liberio empezó a olvidar cosas que no quería olvidar. Como lloró el día que se dio cuenta de que no recordaba la cara de su madre. Él cajón rebosaba en el desierto y las gotas de memoria que caían ya nunca se podrían recuperar. Se encerró en una cueva con los ojos vendados luchando por sus recuerdos, pero eran tantos que no los podía proteger todos. Fueron siglos los que duró esa lucha, pero, Liberio, al final aprendió, supo abrir el cajón y sacar de él los recuerdos menos interesantes para así dejar espacio a nuevas emociones que recordar y así otra vez volvió al camino donde muchas más cosas recordó a costa de malos recuerdos que lanzaba con desdén, sabiendo que los sustituía por otros mejores. Si seguía así se volvería el hombre más feliz de la historia pues en su haber sólo obrarían recuerdos de una calidad inestimable, pero no fue así, pues la sonrisa le abandonó y esos grandes recuerdos se le acontecieron desechos. Muchos habrían muerto de pena, pero Liberio no moría y como otras veces lo hizo, encontró la solución. El hombre no es feliz o infeliz por como está lo es por como estaba; si no hay un abajo no puede haber un arriba; sin infelicidad no puede haber felicidad; así que cogió esos momento de desesperación y los metió en el cajón y guardo los momento ya no por su felicidad sino por su importancia y fue así como Liberio, esta vez sí, llegó a ser el hombre más feliz que piso nunca la tierra.

Hoy, él no recuerda el principio, ni siquiera recuerda la muerte de su primer hijo, ni el día en que se dio cuenta que su camino era más largo que el de los demás, pero esta sentado a la sombra de un árbol a punto de morir de felicidad porque va a morir y ese señor que pasea bajo el sol a lo lejos no sabrá cuando llegue al árbol y se encuentre un joven cadáver sonriendo que ese fue un hombre al que los dioses le dieron tiempo para la perfección, no sabrá que ese hombre durante un segundo fue un ser perfecto ni que lo pago gustoso con la vida porque a la única perfección a la que puede aspirar un hombre es a la que Liberio consiguió: la felicidad absoluta.

Hoy en el pueblo enterrarán a un desconocido que encontraron muerto bajo un árbol y aunque nadie lo recuerde lo enterrarán, hoy donde un día hace siete mil quinientos treinta y siete años una hermosa mujer lo vio nacer.

Vicens Jordana




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