–Muy bien amigo, cálmese y no haga ninguna tontería.

«Pobre hombre, pobres todos, pobre incluso él, que no ha hecho nada todavía…, pero debo hacerlo. Miro la cara de ese hombre con sus ojos asustados y tengo la certeza de que va a morir, y me odio por ello, yo lo voy a matar. Me encantaría poderle explicar a toda esta gente porqué van a morir y que me entendieran, pero… es imposible. Yo moriré en el deshonor y la causa caerá para siempre en el anonimato. Me exaspera la idea de que yo que sacrificaré mi vida por la humanidad acabaré siendo un monstruo sanguinario para todos los demás. No sé si lo que me ha pasado ha sido suerte o mala suerte, pero me ha sucedido, y no puedo eludir mi destino.

El sueño

Era un niño, su aspecto era claro y al mismo tiempo difuminado, irreconocible. Él sin ojos me miraba, pero creo que yo no estaba allí. Con una sonrisa maliciosa me llamaba, pero yo no estaba allí. Lo sé porque no me veía, no me notaba, tan sólo estaba mi capacidad de observar. Él seguía llamándome y yo no quería seguirle, pero no pude evitarlo, mi vista se aceleró hasta sus dedos y allí, con un simple movimiento de su muñeca, me mostró su futuro.

El niño ya era mayor, y de sus manos comían cientos de personas, sus bocas estaban manchadas de sangre, le miraban con pasión y le adoraban pues el era su Dios. Sentado en un trono, en medio de un campo eterno de llamas, alzaba sus brazos hacia sus hombres que iban llegando a miles agrupados en hileras que convergían como afluentes en un río.

–Venid a mí y entregadme el alma –les dijo– porque vuestra alma es pequeña e insignificante. Prescindir de ella pues por si sola no es más que una gota de agua. Dadme esa gota y yo os convertiré en océano.

Vi a sus ejércitos marchar victoriosos por las democracias del mundo. Vi como aplastaba razas enteras en nombre de la libertad, vi campos cubiertos de cadáveres, vi a los vivos con la mirada de los muertos y luego la luz. La luz que todo lo barría y que todo lo quemaba. Le vi a él acabando con el mundo en nombre de un nuevo despertar y antes de morir me sonrió…

Después… después gente agonizando en sótanos y garajes. Muy pocos humanos sobrevivieron. El mundo era un gran cementerio. Regresé a su mano y de su mano a mi lecho y soñé que dormía y soñé que despertaba. Elena me sonreía, tropezaba y volcaba el café. Me miraba en el espejo y esta vez sí estaba allí. Salía a la calle, el cielo estaba sombrío, las nubes tenían una extraña forma, como metidas en bolsas, el coche tenía los cristales empañados por el frío de la noche. Conducía y lloraba. Vi el estadio y supe que él estaría allí. Vi los sótanos, vi una puerta detrás del estadio que estaba abierta, vi la canalización del gas, vi unas cajas viejas y me vi a mí sacando un hacha de dentro de una de ellas, vi como abría un hueco en todos los tubos. Después me sentaba y esperaba. Los sótanos eran gigantes y tardarían horas en llenarse de gas. Mi último recuerdo antes de despertarme fue la imagen de un mechero en mi mano y la sensación de lágrimas cayendo por mis mejillas.

El despertar

Raúl no era nadie especial. En general un humano medio, con una mujer media, una casa media, un coche medio, en el fondo un ser mediocre en el que jamás te fijarías.

Su mujer, Elena, se solía levantar siempre un rato antes para preparar el desayuno. Tenían un hijo de diecinueve años y esa mañana, Elena, constató consternada que ese día tampoco había ido a dormir a casa. Preparó el café y mientras lo servía en una taza oyó el despertador en la habitación de su marido. Decidió que esa mañana le llevaría el café a la cama.

Cuando entró en la habitación su marido estaba sudando. –¿Qué te pasa Raúl? –Le preguntó ella.

–He tenido un sueño horroroso…, pero… es que era tan real.

–Tranquilo Raúl sólo ha sido un sueño –le contestó ella con cariño pero pisó un zapato que había en el suelo, tropezó y el café se le volcó en la bandeja. –¡Oh! Vaya, que mala pata, si te esperas un momento te sirvo otro.

Pero él no se esperó, saltó como un loco de la cama y se miró en el espejo. – ¡No! Por favor no.

–¿Qué te pasa Raúl?

Pero Raúl no contestó, le dio un empujón y salió corriendo de la habitación perseguido por su mujer. Se detuvo ante la ventana y miró al cielo. –Éste es el cielo – dijo mientras caía sollozando al suelo. Elena no entendía nada, miró por la ventana y tan sólo vio un día sombrío con unas nubes un tanto extrañas, pero su marido estaba pálido y lloraba como un crío. –Tengo que ir a ver el coche –y salió corriendo de la casa, sin ni tan siquiera cambiarse el pijama. Elena estaba asustada, no comprendía nada. Primero intentó seguirle, pero el ascensor ya se había ido, luego lo buscó por la ventana del cuarto de invitados, pero no lo vio. Se sentó en la mesa de la cocina y la angustia de no entender se fue acelerando en su pecho hasta que explotó en un sollozo. Y así estuvo hasta que las manos cariñosas de Raúl la levantaron del suelo y la abrazaron. Esta vez ella ya no volvió a preguntar.

Se sentaron los dos en la mesa y desayunaron en silencio. Elena se dio cuenta de que su marido intentaba decirle algo sin saber cómo, y decidió dejar que el mismo encontrara la manera.

–Los cristales del coche estaban empañados por la escarcha –Dijo Raúl mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.

Elena le miró con el corazón en un puño, él tenía ya sus 58 años, el pelo blanco y las bolsas de los ojos ya eran considerables, el peso había ido calando en su cuerpo junto con los años, pese a todo, ella todavía le quería y además, ella tampoco es que estuviera hecha una top model. A sus edades el aspecto cada vez era menos importante y Raúl era el hombre mas bueno que había conocido, fuera lo que fuera lo que le estuviera atormentando, jamás sería nada malo, pero cuando él se despidió la abrazó como si jamás tuviera que volver a verla, y cuando segundos después se detuvo en la puerta para retener su imagen, Elena se asustó de verdad. Quiso detenerle, pero no pudo, donde él había estado ahora sólo parecía quedar su sombra.

Raúl salió de su casa y se dirigió hacia el coche. No tuvo que pensar a donde iría, lo sabía muy bien, para Raúl ya no había otra opción, el sería el verdugo del destino y jamás nadie lo sabría. Quizás Dios le había proporcionado ese sueño para que él salvara a la humanidad o quizás era producto del azar. El seguiría el guión hasta que éste se equivocara, y si no lo hacía lo ejecutaría finalmente.

Aunque la posibilidad de que el sueño fuera eso, sólo un sueño, y todo fuera una serie increíble de casualidades se desvaneció muy pronto. La puerta trasera estaba donde él la había soñado y el hacha efectivamente se encontraba dentro de una de las cajas. Todo era demasiado perfecto para ser casualidad. Raúl lo tenía claro, su destino era ineludible. Así que cogió el hacha y se dirigió hacia los tubos del gas, que evidentemente sabía perfectamente donde se encontraban, y ejecutó su atrocidad.

El estadio estaba construido encima de unos grandes sótanos que ocupaban toda la instalación. Sólo los pilares lo atravesaban y, claro está, también las canalizaciones del gas.

Mientras la gente iba poblando las gradas, inconsciente de que la muerte se acurrucaba lentamente debajo de sus pies, Raúl acariciaba entre lágrimas un viejo encendedor.

Tumbado en el suelo, ya apunto de perder el conocimiento Raúl podía ver como ese hombre con máscara se movía como a cámara lenta. Sería algún trabajador del gas que había detectado la fuga, pero ya era demasiado tarde

–Muy bien amigo, cálmese y no haga ninguna tontería.

«Pobre hombre, pobres todos, pobre incluso él, que no ha hecho nada todavía…, pero debo hacerlo. Miro la cara de ese hombre con sus ojos asustados y tengo la certeza de que va a morir, y me odio por ello, yo lo voy a matar. Me encantaría poderle explicar a toda esta gente porqué van a morir y que me entendieran, pero… es imposible. Yo moriré en el deshonor y la causa caerá para siempre en el anonimato. Me exaspera la idea de que yo que sacrificaré mi vida por la humanidad acabaré siendo un monstruo sanguinario para todos los demás. No sé si lo que me ha pasado ha sido suerte o mala suerte, pero me ha sucedido, y no puedo eludir mi destino.

Raúl miró a su alrededor y dio la orden a sus músculos. La chispa saltó y eso fue lo último que vio.

La noticia

La ciudad se levanta consternada esta mañana. El gris se refleja inerte en los rostros de los transeúntes. Nadie se atreve a sonreír hoy. ¿Quién no tiene un pariente o un amigo entre los muertos? la cifra actual de fallecidos ya asciende a 23.318 personas, Y el alcalde vaticina que no se van a encontrar mas supervivientes.

Pero esta mañana se ha dado ha conocer una noticia que ha sacudido los cimientos de la moral de este país. El cruce de acusaciones entre la compañía y el sindicato sobre, quién o qué, fue el causante de la explosión han quedado hoy en segundo plano. Las sospechas de atentado terrorista se han confirmado al encontrarse en el buzón de voz de uno de los compañeros del técnico que fue a cubrir la avería el mensaje que aquí transcribimos literalmente: “Carlos, tío avisa a la central a mi no me cogen el teléfono… joder tío esto está lleno de gas, no entiendo como no se ha detectado antes, que desalojen el estadio…¡hostia puta! hay un tipo tirado en el suelo con un mechero en la mano. Dios mío, Carlos avisa a alguien joder… Muy bien amigo, cálmese y no haga ninguna tontería”. Después de eso la comunicación se corta deduciendo que es por la explosión. Lo que todos en un principio lloramos como un trágico accidente, hoy, sabemos que fue consecuencia de la maldad humana. El jefe de policía Villalobos a asegurado a este periódico que no tardarán mucho en llevar a los responsables ante la justicia.

Por suerte David, al que todos ya llaman el niño tocado por dios, evoluciona favorablemente. El niño fue rescatado después de permanecer veinticuatro horas sepultado entre los cadáveres. En unas declaraciones de su tía, ésta daba las gracias a Dios por haber permitido que el único superviviente de la tragedia fuera su sobrino, pero no podía dejar de llorar abatida por la perdida del resto de la familia. Según fuentes médicas las primeras palabras del niño después de comunicarle que no había sido un accidente sino un atentado fueron literalmente: “La maldad es una enfermedad de la humanidad, hay que erradicarla, yo la erradicaré… os lo juro”.

El niño

Todos lloraban, pero él no lo haría. Él se había salvado y sabía que no había sido el azar sino el destino. Él tendría la misión de arreglar el mundo. No tenía padres, no tenía hermana, el destino se lo había robado todo. Cuando entró en el estadio esa tarde él era un simple niño que iba con sus padres a ver un concierto de Elton John, pero ahora ya no era un niño. Él había visto morir a 20.000 personas, había sentido la cólera del destino y la ira de los hombres. él conocía como no conocía nadie la naturaleza malvada del hombre. Él estaba vivo, pero su vida no sería un regalo pues su misión sería erradicar la maldad del mundo, fuera como fuese. Él era el enviado y ellos lo sabían. Miró por la ventana, la multitud se aglomeraba a las puertas de su casa, le llamaban el niño tocado por dios. El salió al portal, los miró a todos a los ojos y les habló, y ellos… ellos le amaron.

Vicens Jordana




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