El Boys Don’t Cry de The Cure suena de fondo en una cafetería en Los Palacios, un bonito pueblo en la carretera N-IV entre Sevilla y Cádiz, una camarera me sirve una sonrisa y el mejor café con leche que he tomado desde hace tiempo. Seguramente no tiene nada de especial, pero estoy seco por primera vez en todo el día, un poco cansado y me ha caído como maná divino en el estómago. Por fin he podido sentarme tranquilo y empezar esta bitácora en forma de blog como tenía previsto. La primera de las historias de Lantana: Amina, el comienzo de un largo viaje fue escrita entre San Gil, Colombia y Alella, Cataluña, sin embargo la historia sucede en el norte de Europa. En ella soy lo suficientemente ambiguo con el paisaje para no entrar en ninguna incongruencia, el lugar donde sucede todo seguro que existe, no lo he visto, pero seguro que existe o existirá. La segunda historia de Lantana se sitúa unos meses más tarde del final de Amina, en Sicilia. Habrá una historia central llena de flashbacks que nos irán poniendo en situación y nos irán explicando este mundo que he creado. Uno de los flashbacks más importantes se sucede en el sur de la península ibérica. Para los que no han leído Amina todo pasa en el siglo XXXI. Otro de los centros de la acción es el palacio imperial talancote, que sitúo reconstruido sobre las viejas ruinas de Cartago y por último también seguiremos el viaje de Amina y Ernest hasta el Pireo, pero concentraré la mayor parte de la acción en Grecia. Habrá más acción en otros sitios, pero son totalmente ficticios y por tanto no hablaré de ellos en este viaje. Esta segunda entrega será mucho más larga y compleja que Amina y para poder ser más fiel en mis descripciones me propuse recorrer y visitar los escenarios en los que transcurrirán los hechos. Pero ya que escribo una novela de aventuras por qué no que su escritura también se convierta en una aventura, un recorrido por la Lantana actual para imaginar la Lantana que será mil años más tarde. Por eso esta aventura se llama Lantana XXI. El plan es hacer una bitácora apoyada por fotos y vídeos donde dejaré reflejada mi aventura mientras creo mi próxima novela. Así que montado en mi bicicleta y con todo a cuestas, durmiendo donde me pille y con un presupuesto pirrio, a no ser que os liéis a comprar novelas desesperadamente, me propuse salir de Sevilla y pedalear hasta el Algarve, pasando por Cádiz; de allí ir hasta Madrid, donde cogeré un avión hasta Túnez, para escribir las intrigas de Cartago. Desde Túnez ir en barco a Palermo y de allí pedaleando a Catania cruzando toda Sicilia, después coger un barco hasta Patras, Grecia, si es que todavía existe esta ruta, y de allí pedalea que pedaleas hasta el Pireo…

Día 1


Pero empecemos por el principio, después de haber aplazado mi viaje dos veces por fin salgo. Voy a tirar la basura antes de marchar y me encuentro un niño de unos ocho años llorando al lado del container. Le pregunto que le pasa y resulta que el pobre estaba solo en casa, salió y se quedo fuera, no tiene el teléfono de nadie y está desconsolado. Yo miro la hora en el móvil y pienso –mierda, con lo justo que voy… empieza bien el viaje. Finalmente consigo colocar alniño con un vecino y llegar a tiempo a la estación de autobuses.

El viaje se me hace eterno. Yo no se dormir en los autobuses y la noche antes me la pasé de fiesta celebrando mi partida con Laura, mi colaboradora estos últimos meses, o sea que no dormí mucho. Después de dieciséis horas de autobús, pasando incluso por los cerros de Úbeda, llego a Sevilla a las dos treinta. Tengo prisa porque como me toca dormir por ahí quiero salir de la ciudad antes de que se me haga de noche. Si duermes donde caigas, en la ciudad eres un homelest y en el campo un aventurero. El sistema que invento para llevar el equipaje falla, y tengo que inventar otro. Al final lo sencillo siempre es lo que acaba triunfando. Después de cargar el móvil en una cervecería finalmente a las cinco consigo ponerme en marcha. Salir de una ciudad como Sevilla sin meterse en una autovía es bastante difícil, para mí fue imposible.

Consigo salir de la ciudad, las prisas me han hecho montar mal el porta equipajes y toco con el al pedalear, pero no hay tiempo de pensar en ello o se me hará de noche en un polígono industrial en las afueras. Una vez fuera encuentro un hermoso lugar para dormir en una pequeña loma. Los campos de los alrededores están arados y dibujan hermosas formas en diferentes tonos entre el rojo y el negro, el sol se está poniendo y me quedo allí un rato disfrutando del paisaje. Todavía me queda un poco de luz y me voy hacia Dos Hermanas, necesito conectarme, dar novedades al personal y comer algo. Al salir a la autovía me doy cuenta de que la mediana no me dejará cruzar hasta donde estoy cuando vuelva, bueno, pienso, tocará ir de noche contra dirección por la autopista, casi que me da menos miedo que ir a favor, al menos veo a los coches venir. Encuentro un bar agradable y me dejan conectarlo todo. Pero no puedo escribir, el sueño no me deja. Subo unos vídeos y se me cierran los ojos esperando, llamo a Joan para que me mantenga despierto, pero se dejó el teléfono en casa de un amigo, llamo a Laura y ella sí lo coge, están en casa de Dani cenando con unos amigos y la cháchara me reanima un poco. Luego vuelta contra vía y finalmente en mi tienda, ceno un poco de arroz de mi mamá que llevaba de casa y me quedo frito.

Día 2

Mierda, me despierto y está lloviendo. La lluvia es maravilla en Sevilla, pero para mí, ahora, es una putada, mi portaequipajes está por mejorar y si lo hago bajo la lluvia entre que lo consigo y no, puede acabar todo empapado. Decido no moverme de la tienda hasta mañana que se supone deja de llover, pero a las once ya estoy hasta la polla de estar metido en ese cubículo y decido salir. Tardo casi una hora en montarlo todo bajo la lluvia y salgo, pero… sorpresa, la pista por la que tengo que salir es un barrizal. Al principio pienso que será un problema de incomodidad y suciedad, pero la cosa es más grave. El barro es muy espeso y va con piedras y ramas, es resbaloso, muy resbaloso y se pega a las ruedas. En pocos metros colapsa los mecanismos y clava la bicicleta. Empujo con fuerza, pero patino y la bicicleta no avanza. Mientras es bajada consigo moverla, pero a la que llega un repechón me quedo clavado. Esta diluviando y la situación es… digamos embarazosa. Echo la bici hacia atrás y la saco del camino, grito para hacer más fuerza y consigo subirla al margen, casi sin aliento me río, este viaje promete, digo en voz alta. Vuelvo a gritar y finalmente la saco a un lugar llano. Dejo la bici a un lado, junto a un árbol y por primera vez me la puedo mirar bien. Esto hay que grabarlo.

Consigo salir a la carretera y llegar a una gasolinera cerrada, donde grabo otro vídeo explicando como he salido del barrizal.

Decido quedarme en la gasolinera. Desmonto la bici y mientras estoy limpiándola a conciencia aparece la policía nacional con la sirena puesta. Me vuelvo a reír, lo que me faltaba. Por suerte se comportan educadamente, pero me piden que me vaya, pero yo no me puedo ir sin acabar lo que estoy haciendo. Se ponen un poco bordes, me piden la documentación y me registran las maletas. Parece que mi plan de quedarme allí ha sido abortado. Después de una pequeña discusión se marchan con la promesa de volver en un rato, si te encontramos aquí te vamos… y se queda callado. Claro, te vamos a qué, pienso yo, ¿A detener por pararme en una gasolinera? Finalmente se van y yo tranquilamente arreglo con bastante éxito mi porta equipajes, son las cinco y media y vuelvo a la carretera. Ya que estoy en marcha decido pedalear hasta que se me haga de noche. Ahora estoy en Palacios y mientras escribo esto el Vetis le va metiendo goles al Barça. Penalti, gritan todos, pero a mí me la suda. Tengo un sitio controlado en el que creo que dormiré bien. Intentaré comer algo antes y espero que mañana no llueva, pero aunque lo haga ahora ya lo tengo todo controlado y sólo será una incomodidad. Os dejo hasta mañana.

Día 3

Suena el despertador a las ocho y media, pero junto al sonido de la alarma suena el de la lluvia. Ayer después de dejar de escribir, el Barça se recuperó y metió dos goles más, ganando el partido, espero que no me tengan en cuenta que soy de Barna, pensé, pero no, no me lo tuvieron en cuenta. El bar donde yo estaba cerró después del partido y me trasladé a otro en el que me dijeron se comía bien, royo tapitas, y sí, se comía muy bien. Me dejaron enchufar el ordenador y charle un rato con un par de colombianos que había en la mesa de delante, un caleño y otro de Palmira. Les dije que mi novia era una rolita y se echaron a reír, no muchos españoles pueden usar esa palabra (los rolos son los habitantes de Bogotá) Después de eso a tomar por saco, saco de dormir, claro. Me discuto un rato en el chat con Erika, que es la rolita, mi socia en e2p0 y la que está corrigiendo y poniendo bonito todo este blog, entre otras muchas cosas, ella está en la Sierra Nevada de Santa Marta (Colombia) y está teniendo problemas con Internet. Esto nos dificulta ciertos trabajos, la cosa dura hasta las tantas de la madrugada. Finalmente se acaban la baterías, las mías y las del ordenador, deben ser las cuatro de la madrugada. Por la mañana no para de llover hasta las doce y media, me levanto y grabo un vídeo para explicar donde he dormido. Cuando lo veo me asusto, ¿Este soy yo? Estoy tentado a borrarlo, tengo la cara hinchada de dormir, estoy horrible, jaja me río, si a alguien no le gusta que se joda, a partir de los cuarenta o mandas a la mierda la vergüenza o estás perdido.

Aparte de comprar las trinchas que me faltan e ir a la farmacia, la razón ya la cuento en el vídeo,  me quedo un par de horas charlando con una camarera muy simpática de un bar del que no recuerdo el nombre. Me prometió leer este blog y comentarlo, así que si lo haces recuérdame tu nombre y el del bar, linda. Al final salgo hacia las cuatro de la tarde, quiero llegar a Cuervo antes de que se haga de noche. Cuervo parece el nombre de un pueblo muy peligros del oeste, jeje. El camino me parece espectacular, hay tantos colores, parece un paisaje de Kandinsky. Los campos arados se recortan entre negro y rojizo contra el verde brillante de los que no han sido tocados. La tierra de los caminos es naranja brillante, la tormenta alejándose dibuja el cielo azul en mil tonos. La casas son blancas y la carretera es gris. Todo se combina a la perfección, esta claro que el azar es un artista oculto tras el tiempo. En un parador me tomo una caña, unos chicharrones y le cuento lo que pienso a la cámara de mi teléfono.

Cincuenta kilómetros más tarde paro en un bar al lado de la carretera y pregunto si falta mucho para Cuervo. Ozú, mi arma, zi ezo etá aquí al lao. Bien, ya son las seis y cuarto, pronto oscurecerá y no es bueno estar en  la carretera. En realidad la media es buena, entre veinte y veinticinco kilómetros por hora, pero el paisaje me hace parar a cada rato, a veces a hacer fotos a veces a pensar. He decidido que los asesinos serán seis en vez de diez. Quería una historia en la que desarrollaran un odio visceral a las Ratas de Interior, pero no lo voy a hacer así. Centraré la historia en tres de los asesinos, y no odiarán a nadie. Simplemente serán unos muertos de hambre apaleados por la vida que descubren que son muy buenos para algo, enseñaré como prosperan y se convierten en esclavos fieles de quien les sacó del pozo. Todo mucho más complejo, claro. Las tapas en este país son tan buenas que me voy a pedir otra pese a reventar mi presupuesto. Estoy en un hostal que está abierto y cerrado al mismo tiempo. Ya tengo comida para hacerme y controlado a medias un lugar donde dormir. Si estáis leyendo esto, hacedme un favor, retwittearlo, codgadlo en vuestro Facebook, recomendadlo a vuestros amigos y si no lo habéis hecho, compradme alguna de mis novelas, será una inestimable ayuda para terminar este viaje y construir una muy buena novela, y si conocéis esta zona, Doñana, o algún lugar en mi recorrido que creáis de interés para mí, hablad ahora o callad para siempre. Hasta mañana.

Día 4


Me monto en la bici, miro y veo que no me queda agua, pienso ya que me pongo en marcha mejor salgo del pueblo y desayuno en el primer bar que encuentre en la carretera. La decisión es lógica, en el trayecto entre Palacios y Cuervo había uno cada cinco kilómetros… quien me iba a decir a mí que el siguiente bar estaría a treinta y cinco kilómetros y que sería un bar cutre del que lo único que conseguiría sería un café con leche y que me llenaran la botella de agua. Era tan malo que me dije: bueno, con lo que he tardado en llegar a éste el siguiente no puede estar muy lejos… no, que va, a tres kilómetros, pero del final. O sea que hoy me comido ochenta kilómetros con un café y un litro de agua con ensigalada incluida. (ensigalada: dícese del acto de meterse por caminos que parecen, pero no son y que te llevan a la m…, mi especialidad).

Todo empezó con un perro ladrando junto a mi cabeza, se ve que la tienda no le gustó o le pareció agresiva, así que decidió regalarme un despertar de perros, y encima cinco minutos antes de que sonara el despertador, ajjjj. Pero al menos por fin una mañana soleada.

Pude desmontar mi equipaje y racionalizarlo todo un poco más. Salgo hacia las once, la carretera está llena de pequeñas lomas, subidas y bajadas, más subidas que bajadas, pero se puede hacer una buena media. El paisaje es hermoso como ayer, pero como ya no es nuevo paro menos a hacer fotos. El viento me viene de lado y los camiones son una putada, doy un bandazo cada vez que pasa uno y donde el arcén es muy estrecho da un poco de miedo. Cerca de Jerez de la Frontera la N-IV deviene en autovía, la verdad, no sé si es legal o no ir en bicicleta por estas carreteras, pero lo cierto es que es más cómodo e incluso más seguro, el arcén hace casi tres metros, es como un carril bici gigante sólo para ti, lo único que hay que ir con cuidado en los accesos, son carriles de aceleración o deceleración y los coches se incorporan muy deprisa. Yo directamente paro, miro y cruzo al otro arcén. Cuando veo un cartel de Medina-Cidonia veintitrés decido probar suerte por una pista de montaña que desde hace rato veo paralela a la autovía. El camino precioso, pero lo que empieza como pista acaba siendo sendero, para acabar siendo árboles. Me toca dar la vuelta, no solo me he comido quince kilómetros de más, sino que además han sido durísimos y me han reventado físicamente. Vuelvo a la autopista, no paro de mirar el culito de agua que queda en la botella y que me niego a acabarme. Lo cuento todo en un vídeo, pero el viento no deja escuchar casi nada, pero por si alguien quiere verlo lo pongo.

Los veinte kilómetros de autovía que quedan pese a ser subida suave y mucho más fáciles y rápidos que por la pista se me hacen eternos. Debe ser la falta de entrenamiento, pienso, aunque también se debe notar la falta de agua y comida. Salgo de la autovía en la primera salida que pone Medina, hay un pradito al lado de la rotonda de rigor, paro la bici y me tumbo en el suelo. Medina está a la vista y está muy alta, encima de una montaña, un cartel la sitúa a cinco kilómetros. Bueno… no me puedo quedar allí, ¿no? Me subo a la bici y por fin a quince minutos una gasolinera con bar. Me bebo dos cervezas de un trago ante el estupor del camarero, un señor de setecientos veintidós años, con boina y gafas, con el que tengo serios problemas de comprensión. Finalmente consigo que me pongan algo de comer, aunque sospecho que ha sido la cocinera desde la cocina la que ha entendido lo que quería y no ese señor. La comida me sienta maravillosamente, sólo me quedan dos kilómetros, pero dos señores se echan a reír cuando les digo que pienso subir en bicicleta. Que remedio, pienso, habrá que subir. La carga no se nota mucho en bajada, se nota un poco en plano y parece un ancla en subida. Plato pequeño, piñón grande, cuatro kilómetros por hora y casi que no puedo. Cuando llego, encuentro un bar y vuelvo a comer, pero es que estoy hambriento. Ahora el problema será donde dormir. He localizado lugares buenos abajo, pero mi intención es quedarme unos días aquí y bajar a dormir abajo implica volver a subir. Por otro lado el dueño del bar me ha hablado de una casa abandonada, pero no me hace mucha ilusión… ya veré que hago, ahora seguir comiendo y bebiendo. Ah, se me olvidaba: conejos, miles de conejos por todas partes, de los de campo me refiero. A donde mirara había cuatro, y muchas perdices también. Me planteé si sería ilegal cazar uno de una pedrada, por que no habría sido muy difícil. Pues nada más, hasta mañana.

Día 5

Hoy os escribo desde una habitación, que aunque no es gran cosa tiene el jardín más bestia que he tenido nunca. Os escribo desde el campo de fútbol del pueblo. Estoy solo, todo un campo de hierba artificial pa mi, y claro, me he puesto hacer el cabra… y me he hecho daño, espero que no sea grave, pero empecemos por el principio.
Hablando con el camarero me explicó donde había una fuente donde quizás podría dormir bien, y yo, sólo por no bajar todo el cerro, bueno, en realidad por no subirlo mañana, decido echarle un ojo al sitio. La bajada es considerable, quizás no hasta la campiña, pero sí considerable y muy empinada.
Llego a la fuente, el lugar parece bonito, idílico diría yo. Monto la tienda y twitteo un rato por el móvil. El ruido de una noche silenciosa es muy inspirador.
Por la mañana me despiertan los coches y el bullicio cercano de gente, saco la cabeza de la tienda y todo está lleno de personas que me miran, yo fuerzo una sonrisa y doy los buenos días a todos, todos responden y yo vuelvo a esconder la cabeza. Mierda, pienso, ¿no era este un lugar solitario?
Finalmente cuando decidí que mi aspecto ya no les daría miedo y llamarían al servicio de plagas y alimañas salí de la tienda. La subida hasta el pueblo era considerable y yo alargué el momento charlando con todos los vecinos que me encontré.

Ese día no quería pedalear, era día de trabajar en la novela, pero estaba bastante sequito. Era cuestión de pasear, al final siempre sale algo bueno, y creo que lo hizo. Imaginé que la situación de ese pueblo era tan buena que allí siempre habría vivido gente y por ende siempre lo haría. Me imaginé la ciudad amurallada, mucho más pequeña de lo que es ahora.

Reseguí sus calles convirtiendo barrios enteros en campo y edificando murallas. Me imaginé el lugar donde se esconderían los niños para sobrevivir a la matanza, decidí no basar la historia en la estrategia militar, sino centrarla en la mirada de dos niños que intentan sobrevivir a la sangría, y como acaban en el bando de los asesinos. Mañana dibujaré un plano de la futura ciudad, crearé personajes que tengan la suficiente fuerza para salir poco rato y aportar a la historia. Veré por donde entran los talancotes y dibujaré un escalafón social. Todo como croquis y apuntes, por supuesto, luego escribiendo ya me lo cargaré todo, como para variar.

Lo cierto es que la ciudad es muy hermosa, y su gente encantadora, incluso he ligado. Sólo empezar el recorrido un chico de unos veinticinco años se me a acercado y me ha propuesto relaciones, por decirlo finamente. Yo me he sentido alagado, pero me he negado, el chico no acababa de entrar dentro de mis cánones estéticos, digamos… que le faltaba feminidad.

También he ido a la oficina de turismo, desde que llegué a Sevilla no me había duchado y aparte de conseguir mapas e información quería saber si había algún lugar donde darse una duchita. Al final es el propio concejal de deportes el que me acaba invitando al campo de fútbol para ducharme.

Quedamos a las cinco, yo mientras pruebo un rabo de toro excelente en el mesón del Castillo y acabo de pulir mi estrategia narrativa. A las cinco estoy en el campo, conozco al entrenador y al encargado, muy amables los dos y me acaban ofreciendo quedarme a dormir en el campo. Por supuesto, digo que sí. He acabado viendo el partido con el entrenador, por cierto, que cabrón Pepe. Y luego me he venido hacia aquí a escribir esto.
Y claro después de un partidazo como este uno se encuentra solo en un campo de hierba a media noche y qué hace? Correr.  ¿Y qué pasa cuando un tío de cuarenta con las piernas contracturadas de haber hecho ochenta kilómetros el día antes se lía a hacer springs en frío? Pues eso… ¡Ayyyy! Espero que no sea nada que me impida pedalear… cruzaré los dedos por si acaso.
Y nada más por hoy. Os espero mañana.

Día 6

Sigo en Medina Sidonia y sigo en el campo de fútbol, hoy no tengo mucho que deciros. Mi pierna se queja, no me he atrevido a subir en la bici todavía, pero creo que me va a doler. No es nada grave, eso seguro, por desgracia estoy acostumbrado a todo tipo de dolores por golpes y sobre esfuerzos y los reconozco, pero lo suficiente como para frenarme unos días sí lo es, dos o tres como mucho, espero. Por si acaso me paso el día haciendo el koala, me muuuueeeevooo deeeespaaaaciiiiioooooo, pero sin pausa. He dado la vuelta a la colina del castillo y diseñado la segunda linea de defensa, he escrito un par de páginas, pero las he acabado tirando, aunque cada vez va mejor… pero me falta tanto, de viaje y de novela.

Esto me recuerda a cuando empecé con Motor Origen. Es este momento el peso de lo que queda, de todos los agujeros, de todo lo que no está, pesa tanto… una cosa es tener un argumento, o tener unas ideas o personajes, la otra es conseguir que la historia comience a fluir, que todo tenga sentido, que camine en una dirección, todo con un fin común. Es mágico ese momento en que ya no te sientes escritor, en que la historia te sorprende a ti, como si tu fueras un espectador más y tus personajes tuvieran vida. Cuando eso pasa tienes media novela escrita, pero llegar allí es desmoralizante, nada tiene sentido, todo parece arrastrarse, ser artificioso.
Pero sigues, como si fuera bueno, y lo que sigue no es tan malo como lo anterior. Entonces rehaces el principio, y te sale mejor y al final lo tiras todo y vuelves a empezar, y esta vez sí, es lo que querías y todo empieza a fluir. Tu como un pastor vas cerrando el paso por aquí, llamándolos por allí y llevándolos al camino bueno si se van muy lejos, pero sabes que ya no mandas tú, ahora la historia está viva e irá a donde tenga que ir.
Por ahora os dejo hasta mañana que habré tomado una decisión importante… ya os diré, hoy no estoy muy hablador.

Día 7

Hoy me he pasado el día en la biblioteca de Medina Sidonia, bueno, un rato he salido a comer, pero no he dejado de escribir, es decir, que mi día no ha sido extremadamente emocionante, aunque me han saltado las lágrimas un par de veces… pero era por cosas que estaban saliendo de dentro y que no os voy a contar, ya lo leeréis cuando salga la novela. En teoría ya no me quedan ganas de seguir escribiendo este diario, se me cierran los ojos y mañana, como hay partido, me toca madrugar. ¡Ah! Sigo en el campo de fútbol… pero es que estoy muy cabreado.

Quien me iba a decir a mí hace veinte años que todavía había un continente por descubrir, lo llamarían Internet. No era una tierra a la que se llegaba, como la mayoría de tierras descubiertas hasta entonces, era una tierra a través de la que se pasaba, era una tierra útil. No podíamos vivir allí, pero a través de ella podíamos llegar a cualquier parte. Podíamos poner cosas y cualquiera podía cogerlas y llevárselas sin que lo que habíamos puesto desapareciera. Era una tierra mágica, fuente de derechos y libertad para otras tierras que paradójicamente era el lugar con menos libertad y derechos del mundo.
A través del Facebook podemos montar revoluciones que liberan países, pero si unos se ponen de acuerdo en denunciar nuestra cuenta, alguien, no sabemos quien, por sus cojoncitos la cierra, y ni nos dan explicaciones. Pero si solo fuera Facebook… nada tiene derechos en este mundo, todo es arbitrario. Si mañana escribo algo que moleste o joda a no sé quien y el servidor que tengo contratado decide, por que sí, dejar de prestarme servicio, me jodo. Si PayPal decide quedarse con mi dinero, me jodo. Si el FBI decide cerrar MegaUpload con todas sus cuentas incluida la mía, con todas mis novelas, mis estadísticas de descarga,  los documentales de COMAFOSCA, etc., me jodo.

La tierra que está sirviendo de vehículo de los derechos y libertades de la humanidad es la tierra más fascista que existe…
Estamos ante una nueva era… pero nunca entraremos en ella si no acabamos primero con el poder de la vieja.
Sí, sé que este no es un post de un tipo que viaja solo en bicicleta por el mundo en busca de un mundo perdido en su mente, pero si alguna vez se os a estropeado un disco duro, si os ha entrado algún virus en el computador y os lo ha borrado todo, sabréis como me siento hoy gracias al FBI. No voy a estrellar ningún avión contra El Pentágono ni La Casa Blanca… pero ganas no me faltan.
Hasta mañana a todos, y espero que no usarais MegaUpload de disco virtual e id con cuidado… MegaUpload no ha hecho nada que no haga YouTube, Facebok o cualquier servicio de Internet.

Día 7 (clon)

Hola a todos, hoy ha sido un día clon del de ayer, y aunque sigo muy enfadado con los hijos de Hoover no hablaré de eso hoy, con un post basta. El día no da mucho de si, todo el día trabajando en la novela, casi que ni siquiera he hablado con nadie, con Mariano, el encargado del campo. Con los dos camareros del bar, al que voy siempre, y con un grupo de gente reunida en el asador de pollos El Titi, buena gente todos.
Mi pierna parece que está mejor, así que mañana vuelvo a la carretera. No pienso forzar, al más mínimo dolor paro que me queda mucho viaje, pero si todo va bien mi idea es llegar a Sanlucar de Barrameda. Por lo que me han dicho unos sesenta o setenta kilómetros. La idea es dormir allí, y encontrar un lugar donde dejar bici y material a buen recaudo para subir en bus a Cádiz. Meterse en bici y cargado en pleno carnaval no es aconsejable. Después quiero cruzar Doñana, pero me han dicho que puedo tener problemas, ya veremos.
En el transcurso construiré la historia de Arnaldo en su primer viaje como antropólogo explorador. En este viaje veremos las causas por las que va ha convertirse en una de las piezas claves en el plan de Kiba y Loboal para provocar la guerra entre los talancotes e Interior.
Hoy he terminado la trama de la ciudadela de Acinonia, una historia muy trágica, pero que historia no es trágica en una guerra. El puzzle va forjando sus piezas, se enraízan y se traman con cuidado. De vez en cuando me enseñan algo, y tengo la sensación de vislumbrarlo, pero en seguida desaparece… no hay prisa, tengo un plan, tengo un método, saldrá, y será acojonante, ya veréis.

Día 8

Bueno os escribo desde Sanlucar de Barrameda. Hoy he salido muy tarde, a las tres de la tarde así que he llegado muy tarde a Sanlucar, lo bueno es que he llegado a la playa en pleno atardecer, lo malo es que voy a dormir en un parking por que no he tenido tiempo de buscar un sitio.


He salido tarde porque aunque ya había decidido salir me he sentado a tomar un café con leche y como no había periódico me he puesto a escribir y… me he liado, pero ni un gramo de arrepentimiento. Luego os pongo un fragmento. Finalmente no me he podido despedir de Mariano, el encargado del campo de fútbol, una muy buena persona que me ha tratado muy bien.

He salido con miedo, ponía la pierna a prueba, pero finalmente ha funcionado bien. Lo que me está molestando más, curiosamente es el cuello. La mitad de las veces que paro a descansar es el cuello el responsable.

El camino ha sido muy bonito, un poquito más seco que los otros días, pero muy parecido, por eso he hecho menos fotos. Ahora estoy en el bar La fresquita, ya se han ofrecido a guardarme la bolsa para mañana, y me han explicado que podría cruzar Doñana con los marisqueros por la playa. Mañana me tocará averiguar, suena muy bien. Pues nada más por hoy, os dejo un pequeño fragmento de la razón de este viaje y hasta mañana.

“–Nos van a matar a todos, es nuestra vida o la suya.
–pero… Lo que propones es una traición. Como voy a mirar a los ojos a mis hijos después de esto. Somos andauzíes, tenemos orgullo de raza. Los talancotes se llevan nuestros impuestos, nos imponen sus leyes, no nos podemos aliar con ellos.
–Tonio, somos pueblo, ¿entiendes que es eso? Siempre se llevan nuestros impuestos, siempre nos imponen sus leyes. Mientras nosotros nos reventamos las manos trabajando ellos viven entre almohadones, con sus criados, sus mansiones y castillos, siempre mirando desde arriba, como si fueran dioses y nosotros pulgas. ¿Y quién crees que son ellos? ¿Cres que ellos son los talancotes? No es una frontera la que separa los ellos de los nosotros, son los muros de un castillo, son unas sábanas de seda, son unas manos encallecidas. ¿Te crees que los nobles andauzíes serán muy diferentes de los talancotes? ¿Crees que esta guerra es para protejerte a ti… por tus hijos? No, Tonio, no. Es su juego de poder y ambición. Son lobos peleándose por ver quien se come las ovejas, y nosotros discutiendo a ver cual lobo es el bueno… Vergüenza de nuestra estupidez es lo que deberíamos tener.
Somos 2000 hombres dentro de la Ciudadela. 800 militares y 1200 plevellos. Somos más, pero ni estamos entrenados para luchar ni tenemos sus armas. Al otro lado de esas murallas están los talancotes con 20000 soldados. Pero no son esos 20000 soldados, es un imperio que cubre el mundo entero. Si no dan ejemplo con esta rebelión se les podrían revelar todas las comarcas. Van a entrar, tarde o temprano entrarán, y no tendrán piedad. Nos matarán a todos, violarán a nuestras mujeres y a nuestras hijas, nos torturarán, colgarán nuestros cuerpos mutilados en la campiña para que todos lo vean, para que corra la voz, que todo el mundo sepa que les pasa a los que se rebelan contra el imperio. –E hizo un silencio largo para que todos pudieran visualizar la imagen de sus cuerpos y los de sus mujeres, hijos e hijas colgados mutilados de un palo a lo largo del camino real.
Esos niños nos han traído una oportunidad y debemos aprovecharla. Nuestra lealtad no es para unos señores que no saben que es el hambre, nuestra lealtad es para nuestros hijos, para nuestras familias.
Un murmullo se extendió por la posada.
Votemos, el que esté conmigo que levante la mano. Y una multitud de manos se levantó al unísono.
–Es un buen hombre –dijo Aocil,
–Es un humano –contestó Lantón– si le sale bien esto, se encumbrará, se volverá un líder, dirigirá sus vidas, un día los callos de sus manos ya no estarán, vivirá tras los muros de una mansión y ya no será nosotros, ya será ellos… y ni se habrá dado cuenta.”

Día 9

Van pasando los días, hoy me he desecho de la bici, la he dejado en el bar la fresquita junto a casi todas mis cosas y así, bien ligero, me he ido para Cádiz.

Cuando me he levantado todo estaba empapado, la humedad en Sanlucar por la noche es exagerada. A las ocho estaba de pie, pero no me he podido mover hasta las diez en que el saco y la tienda han estado mínimamente secos. Me he tomado dos tostadas y un café con leche y he dejado la bici y la bolsa en el bar. Cuando saco la bolsa de la bici y veo lo que pesa, pienso: ¿llevo trecientos kilómetros con esto? No me extraña que ande cansado.
He cogido un autobús con el que he recorrido Puerto de Santamaría y unas cuantas barriadas más hasta llegar a Cádiz.

No he necesitado mucho rato para darme cuenta de que es una hermosa ciudad llena de vida y movimiento. He caminado hasta la Caleta un rincón en el que vale la pena ver una puesta de sol.

Por el camino he conocido a Irene una bonita sanluqueña la mar de simpática con quien he estado un buen rato hablando, luego en un bar los camareros me han contado una historia muy graciosa sobre un detective vasco intentando localizar a un hombre apodado picha o quillo y sobre los problemas del idioma.

Casi llego tarde al bus, cosa que me ha hecho darme cuenta de que la pierna me duele mucho, pero sólo cuando corro, pedalear parece que no me afecta tanto.
Cosas importantes de hoy. Parece, según la oficina de turismo que no puedo entrar en el parque con la bici, que si quiero ir a Matalascañas tengo que pasar por Sevilla… o sea que mañana a primera hora voy a cruzar en la barcaza el Guadalquivir… y a ver si es verdad que no puedo llegar a Matalascañas. Es muy posible que si todo va bien mañana tenga que hacer noche en el parque y no pueda hacer mi entrada. Ya veremos, por ahora dormiré en la estación de autobuses para levantarme antes… o sea que como ya son la una y media os dejo hasta que vuelva que esta vez no sé cuando será.

Les prometí que lo colgaría. Se oye muy bajito, pero lo prometido es deuda.

 

Día 10

Ayer cuando le pregunté a la chica de la oficina de turismo si podía cruzar el parque de Doñana en bici casi que dio un salto como si hubiera mentado al innombrable. Le comenté que me habían dicho que los marisqueros iban, y después de dudar y una llamada me ratificó que no, que no se podía. En un bar del Sanlúcar también fueron muy explícitos con que no, incluso la chica que dormía en una autocarabana cerca de mi me comentó que la única manera de hacerlo era apuntarse a una excursión y escaquearse cuando el guía no miraba.
Os escribo en el móvil acosado por los mosquitos desde más o menos la mitad del parque entre Sanlúcar y Matalascañas, y lo cierto es que la única cosa que he hecho ha sido ser simpático con el piloto de la barcaza y no preguntarle a nadie si podía o no ir a donde estoy.
La barcaza, diez euros por cinco minutos, bien amortizada estará, digo yo. Después playa y todo recto. Es increíble la sensación de ir en bici al lado del mar. Normalmente nunca se pedalea sobre lo natural, siempre es sobre lo humano. Por bonito que sea un camino, por impresionante que sea el paisaje siempre es una construccion humana. La sensación de recorrer cuarenta kilómetros por un lugar al que tu le importas un pimiento. Que sería igual si ni tu ni ninguno de tus congéneres existiera es… ¡Uff!
Me habría parado a hacer mil fotos, pero eran las once y me quedaba una hora y media antes de que la marea me impidiese pedalear. He hecho unos quince kilómetros  más o menos, por el camino he charlado con algunos mariscadores y les he hecho alguna foto y todo, que he prometido colgar. Me quedan unos diez o doce kilómetros hasta Matalascañas, mañana en cuanto baje la marea salgo y en una hora estoy allí, en teoría.
Dejo un capítulo pendiente para mañana que es mi paseo por el parque solito, pero no me veo capaz de describir lo que se siente en un móvil.
Hasta mañana, seguiré informando.

Día 11, pero también un poco del 10

Ayer envié mi entrada por teléfono, y creo que falló la cobertura por que no ha llegado hasta esta mañana, se la envié a Erika para un ejercicio de interpretación y colgado, y no sé exactamente cuando ha llegado. Faltan quince minutos para que empiece la vuelta del Barça Madrid y el bar en el que escribo esta petao de gente, como dicen por aquí. En este ambiente tan propicio yo os tengo que hacer una narración lo suficientemente poética para que comprendáis la maravilla que fue para mi ayer colarme en el jardín prohibido de los dioses.
Me escondí de la mirada de los guardas tras las primeras dunas, no era cuestión de dar la nota dada mi situación. Eran las dos de la tarde, el sol brillaba cruel en el cielo y yo no tenía nada que hacer, así que decidí ir a darme un paseo. He estado tres veces en el Sahara y os puedo decir que es impresionante… pero lo de ayer era diferente. Las dunas eran mucho más pequeñas y su color no era tan rojo, pero la cantidad de dibujos que podía hacer la arena era increíble. Siempre digo que el azar es un artista escondido tras el velo del destino, y allí estaba la constatación de esa máxima. Me recordaba a los dibujos que se hacen en los jardines Zen, pero mucho más hermoso. Rompiendo esa armonía huellas de todo tipo explicaban historias de animales y caza que no sabía leer, pero que imaginé. Todo estaba salpicado de arbustos de hoja pequeña y tronco retorcido.
Yo caminaba con cuidado, intentaba no pisar nada vivo, mis huellas me parecían un insulto, como si estuviera profanando una obra de arte con mis pies sucios. A medida que iba adentrándome en las dunas el silencio se hacía más profundo. Unos árboles aparecieron en el fondo rompiendo la falsa monotonía del entorno. Se elevaban sobre el horizonte clavados en lo alto de unas dunas. La sensación superaba de lejos a lo que estaba viendo. Había algo… la quietud, el silencio, quizás mi propio estado interior después de diez días de viaje, no sabría decirlo, pero es algo que me intimida y me atrae a partes iguales, es como si estuviera profanando un jardín prohibido, no por las leyes de los hombres, sino por algo más antiguo. Un ruido ensordecedor me da un susto de muerte, me agacho cubriéndome la cabeza. Quizás el dueño del jardín me lanza alguna maldición, pero no, son dos halcones peregrinos jugando entre ellos. Me deleitan con un espectáculo de aviación que me deja quince minutos con la boca abierta. Al final me voy de ahí siguiendo mis huellas en dirección contraria para no perturbar más ese escenario. Cuando llego me siento junto a mi bicicleta y mi cerebro tarda casi quince minutos en generar el primer pensamiento, y eso, creedme, en mi mente es mucho tiempo.

A partir de ahí el tiempo empezó a cambiar, el calor cayó en picado, y a partir de las diez una niebla espesa y húmeda, muy húmeda lo invadió y lo mojo todo. Esto en cualquier otra situación sería malo, pero en un desierto de tierra fina es… creo que voy a llevar arena de Doñana encima por el resto de mi vida.
Me despierto pronto y empiezo los catorce kilómetros que me quedan. Se hacen muy duros, al contrario de la primera parte esta es mucho más blanda, acabo con el plato pequeño y llegando justo al otro lado. Allí me tomo un café con leche en el primer bar que encuentro, para pedalear luego hasta la gasolinera, desmonto todo, hay arena hasta en los lugares más insospechados. Lo pongo todo a secar y limpio la bici con agua dulce. Hacia las cuatro salgo para Mazagón y llego a la seis. Hoy sólo han sido cincuenta kilómetros, pero muy variados y con una primera parte muy dura. Mañana me he propuesto llegar a Portugal, serían ochenta kilómetros y lo cierto es que estoy muy cansado. Además, perece que la humedad de estos días va a seguir. Eso hace que pierda mucho tiempo secando las cosas… mañana ya veremos. Ahora acaba de empezar la segunda parte del partido. En el bar una mitad son negros y la otra mitad de aquí. Todos los negros son del Barça y los de aquí del Madrid. Los de aquí gritan y los negros callan y sonríen. El desenlace no hará falta que os lo cuente mañana, para lo demás… seguiré informando.

Días 12 y 13

Esta entrada la empiezo en un bar de Tavira, a unos cuarenta kilómetros de la frontera con España. Ayer no hice ninguna por que acabé demasiado borracho para ello, y es muy probable que lo que estoy escribiendo hoy tampoco pueda colgarlo, también, por la cara de la camarera es probable que ni siquiera me dejen acabarla.
El miércoles después del partido me quedé charlando con Moi, el dueño del bar donde estaba, y acabó por ofrecerme quedarme en la terraza cubierta del bar, eso me protegió de la humedad que estaba cayendo y me regaló una buena noche de sueño, aunque no muy larga. Por la mañana me fui sin despedirme, estuve esperando hasta las once y al final me fui, me quedaban ochenta kilómetros hasta Ayamonte y no podía esperar más, para variar acabé en la autovía. Esta vez la policía me paró me querían echar de la autovía, por suerte el día antes había estado mirando el código de circulación al respecto y sabía como encontrarlo rápido en mi móvil, la magia de la tecnología moderna, y la cosa no pasó de ahí. Esto va para todos los capullos que me pitan y mueven las manos cuando me ven en la autovía: ¡LAS BICICLETAS SÍ PUEDEN IR POR LAS AUTOVÍAS!.
Bueno, que llegué a Ayamonte hacia las seis y media. Me bajé de la bicicleta y saludé a dos hombres que estaban a la puerta del bar… un rato más tarde estábamos emborrachándonos y arreglando el mundo con Eduardo y Edmundo. Así que esa noche no hubo entrada.
Me fui a dormir a un parking que parecía tranquilo hasta que por la mañana dos guardas jurados, de manera muy educada, me echaron de ahí. Tenía una resaca de mil demonios y me dolían mucho las piernas. Me fui a un bar a hacer un café y este se convirtió en dos y en una comida, no encontraba la hora de volverme a subir a la bici. Al final a las cuatro lo conseguí.
Me metí en la autopista y me dispuse a cruzar el Guadiana, que hace de frontera con Portugal, y joder… que miedo pasé. La autovía es muy segura por que tienes un arcén de dos metros para ti, pero justo cuando llegaba al puente el arcén desapareció. Además por el río baja un viento lateral fuertísimo que hacía silbar los cables del puente colgante. Me concentre en darle a mis piernas toda la potencia que pudiese, cuanto menos tiempo esté allí mejor. Los coches y camiones pasan a ciento veinte kilómetros por hora a un palmo de mi bici, encima el viento lateral me dificulta mucho ir en línea recta, todo sumado al ruido de los cables silbando digno de la más aterradora película de terror me han hecho pasar unos minutos aterradores. Encima algún hijo de puta pasaba pitando, y me pegaba unos sustos de muerte. Cuando he llegado al arcén me he parado, he dejado caer la bici y he salido ha intentar recuperar el aliento.
De ahí en dos horas estaba aquí. Ya me he comprado una tarjeta prepago con Internet para poder hacer las entradas mientras esté en Potugal. Y ahora estoy en un bar y parece que sí voy a acabar esta entrada. Esta noche dormiré si todo va bien junto al campamento de unos gitanos. Aunque no muy limpios parecían buena gente y como seguro que quieren seguir quedándose ahí no creo que quieran dar la nota… espero.

Día 14
Ya hace dos semanas que salí de casa, estoy en otro país y el viaje no ha hecho más que empezar. En tres días tendré un pequeño descanso y pasaré unos días con mi amada, dormiré en una cama y me duchare cada día, ummm, pero durará poco.
Pero esta es la entrada de hoy, la del día 14. He empezado con un pinchazo y descubriendo que perdí la mancha, nada grave sólo un pequeño retraso. Y a la carretera, comer una hamburguesa en Faro y otra vez al asfalto. Sé que estoy haciendo muchos kilómetros de carretera en bicicleta, es la manera más rápida de recorrer territorio con tus propias fuerzas, pero no me gusta nada el ciclismo de carretera. Coches y bicis no son de bien mezclar. He hecho muchas cosas peligrosas en la vida, he escalado paredes de cientos de metros, incluso sin cuerda, me he metido en alguna tormenta con el kayac, he bajado ríos de maneras poco ortodoxas, he hecho submarinismo, pesca subnarina, barrancos y muchas cosas más, pero siempre el peligro ha dependido de mi propia estupidez o del azar de la naturaleza. El primer parametro lo tengo más o menos controlado y el segundo lo acepto como parte del juego, pero en la carretera dependo también de la estupidez ajena, y eso es mucha estupidez. Hoy me han envestido y no me han tirado al suelo de milagro cuando iba muy deprisa. La salida de Faro ha sido estresante, no disfruto nada en estas carreteras, el arcén viene y va, y los coches te apuran mucho.
Ahora estoy en un pueblo muy pequeño del que ni siquiera sé el nombre a cinco kilómetros de Albufeira, otra ciudad grande, y ya temo el paso por ella, pero pasaremos. Mañana espero llegar hasta Lagos y si puedo pasarlo. Quiero llegar a Sagres, la punta de Europa, y allí me instalaré unos días y escribiré la historia de Arnaldo. Cuando lo haya hecho esta etapa del viaje y de la novela habrá terminado. Después de esto me iré a Tunez, pero por ahora Sagres y Arnaldo son mi objetivo.

Por ahora no pongo ni fotos ni vídeos porque uso el Inernet del móvil y me cobran mucho por mega, en cuanto tenga wifi y el tiempo para hacerlo lo iré rellenando todo para dejarlo más bonito.

Hasta mañana, seguiré informando.

Día 15 cerca del fin del mundo

Sigo sin estar en el lugar más óptimo para hacer un diario, así que seré breve y mañana con más calma y tiempo intentaré ser más extenso- Tengo pensado hablaros sobre los cadáveres que me he ido encontrando y algunas cosas más, (es para mantener la tensión narrativa, jaja, pero es cierto, os hablaré sobre cadáveres de verdad)
Hoy he dormido en el tejado de una pensión. Ayer cuando me iba a ir a dormir al monte el dueño del bar donde estaba me ofreció dormir en la terraza, pero también me dijo que abrían a las seis de la mañana. ¿pero… esa hora existe? Le dije que preferiría dormir en el campo, que estaba cansado y que el frío no me importaba, que para mí era más importante un lugar tranquilo y con el suelo bien planito. Él se rió, y cuando ya me iba me ofreció su tejado. Es plano y tranquilo, me dijo. Bueno, lo dijo en portugués que no sé como es, pero sé que lo entiendo. Y ahí acabé, rodeado de babosas, aunque eso no lo supe hasta la mañana, tranquilos, no eran de las que comen personas.
A partir de ahí carretera, carretera y carretera. Setenta y pico kilómetros, pero más duros que hasta el momento. Subida bajada, subida bajada, muy cortas, pero muchas. Sin la bici cargada no importaría mucho, pero cargado en las subidas parece que lleves un ancla puesta, me ha tocado poner el piñón más grande en muchas ocasiones. Creo que ha sido el día más duro. La ventaja es que estoy un poco más en forma que en Sanlucar, por ejemplo.
Al final he llegado a medio camino entre Vila do Bispo y Lagos, un pueblo muy bonito, pero que no posee ningún bar capaz de servirme nada más elaborado que un sándwich de jamón y queso, por suerte cerveza no les falta. Mañana al medio día estaré, si todo va bien, en el fin del mundo.
En realidad Sagres no es el lugar más al oeste, cabo da roca le gana. Pero si miras Europa, dejando de lado este u oeste, esa esquinita de la península ibérica es el extremo de Europa y durante siglos el fin del mundo, no el único, claro, está Finisterre, pero realmente, la otra esquina de la península parece más el final, lo siento. Además será allí donde Arnaldo descubrirá la tristeza y crueldad que implica ser un dios.
Y con esto hasta mañana, que espero, aunque vosotros no lo notéis, estar limpito y más descansado. También tengo como objetivo comer mejor, un poco de verdura, pescado… sobrevivir a base de patatas fritas y hamburguesas no es bueno, pero es lo que se encuentra en bares de carretera, y lo que te apetece después de hacer mucho esfuerzo.

Final y postsfinal

Hoy voy limpio, y me he pasado el día haciendo el perro, sin embargo sigo cansado. Cualquiera diría que acabo de realizar algún tipo de hito deportivo o algo así… ni de lejos. Han sido seiscientos cincuenta kilómetros en bici y con unos veinte kilos a cuestas. Puede parecer mucho, pero cualquier competición deportiva que se precie supera de lejos esos números.
Hay que decir en mi favor que hacía años que no me subía a una bici, aparte de para ir del Masnou a Alella, que hace frío y el suelo está duro, que no lo planteé como una prueba deportiva, sino como un viaje, y en ocasiones, cuando me encegaba en la carretera, me tocaba recordármelo para entrar a ver un pueblo, pararme en una playa bonita o a charlar con alguien.
Independientemente de relatibizar la hazaña al resto del mundo este viaje para mí es muy importante. Me ha devuelto a mi mismo. Uno a veces, cuando camina demasiadas veces el mismo camino, crea costumbres que acaban por ser cadenas. Su mundo empequeñece, y en un mundo pequeño cualquier grano es una montaña. Lo que estoy haciendo está agrandando mi mundo otra vez. No sólo por el viaje en sí, la aventura no es sólo un camino real que recorro a pedaladas, hay mucho más, hay la gran aventura de una nueva vida como escritor.
Desde el día que decidí apostar por ello, muchas han sido las razones para desfallecer. Cosas tan reales como la necesidad de comer todos los días y otras mucho más psicológicas como miradas condescendientes de personas del sector o el choque real contra las dificultades que conlleva vender novelas.
Muchos, casi todos los que sé que las han leído, me han hablado maravillas de ellas… sin embargo esto no se ha traducido a una venta masiva. En el fondo nada que no hubiera previsto. Pero aunque uno se diga a sí mismo: Vicens, esto será lento, es una carrera de fondo, el mundo está cambiando y tu has cogido posiciones para cuando esto pase, pero no hay garantías, y aunque te salgas con la tuya, será lento, muy lento, siempre espera equivocarse, que un golpe de suerte haga que de repente todos se lancen a comprar como locos tu novela y cuando eso no sucede uno tiende a desmoralizarse.
El viaje, aunque acaba de empezar, ya me ha devuelto la fe, y sobre todo la paciencia. Tengo nuevos planes, nuevas estrategias, y si fallan idearé otras. No puedo perder si no dejo de pelear, y los que me conocen pueden atestiguar que a cabezón no me gana nadie.
La última noche antes de llegar al fin del mundo tampoco dormí en el campo, Luis, el dueño del bar Six me ofreció su garaje para plantar la tienda, así que dormí plano y resguardado del viento y de miradas. Por la mañana desayuné y salí. Calculé que hacia las tres llegaría a Sagres. Primero tenía que pasar por Vila do Vispo y ese tramo del camino se me hizo larguísimo. Una vez allí sólo me quedarían diez kilómetros hasta Sagres y cinco más hasta Cabo Sant Vicente. La sorpresa fue mía cuando vi delante mío un cartel que ponía Sagres, jaja, me había pasado Vila do Vispo sin darme cuenta, acababa de llegar a mi meta de forma inesperada. Como en alguno de mis finales el desenlace sucedía sin avisar, sin esperarlo. Crucé el pueblo riéndome a carcajada limpia. Algunos me miraban, pero nadie me prestó demasiada atención, Sagres es un pueblo viejo lleno de surferos, para la gente del pueblo un tipo raro más, riéndose solo no parecía ser ninguna novedad.
Fin de trayecto en la península ibérica. El lugar era hermoso, lo que uno imaginaría encontrar al extremo de un mundo llamado Europa. Grandes acantilados, hermosas playas, faros danzando en la oscuridad, y otras cosas en las que uno no piensa, surferos ingleses, muchas autocarabanas, jubilados y precios un poco más caros que en los otros pueblos.
Volví tranquilo, comí y me puse a buscar casa y cama… cama, serían tan blandas como las recordaba, jaja, ni que llevara años en el camino. Lo que realmente me apetecía era un lugar seguro donde dejar mis cosas, poder dejar de acarrear conmigo toda mi casa, dejar de ser un caracol.
Pensé en que tenía muchas ganas de desarrollar la vida de Arnaldo, pero lo cierto es que el día siguiente me desapareció entre limpiar ropa, comer y retozar.
Ahora voy a interrumpir mi bitácora hasta que vuele hacia Túnez. Allí empezaré un apartado nuevo. Si lo pongo todo en este se hará de difícil lectura y lo que pase allí será diferente, será como un capitulo nuevo. Por el camino me encontraré con mi amada y durante este tiempo no informaré ni pondré vídeos, si lo hiciera tendría que prohibir la lectura a menores, jeje.
Ah, me olvidaba, os prometía hablar sobre los cadáveres que me encontraba. No hice fotos de ellos por que habría sido de mal gusto, pero desde que salí de Sevilla hasta Sagres los cadáveres han sido una constante. Uno no se imagina cuando va en coche la cantidad de seres que mueren en nuestras carreteras y curiosamente no en todas partes son los mismos.
Perros y gatos son un habitual para todos los caminos, pero son los únicos que no cambian. Entre Sevilla y Cádiz las víctimas por excelencia eran las ratas, de lo que se deduce que era la parte más desagradable del recorrido. Más o menos hasta Matalascañas no vi ni un pájaro muerto, de lo que deduje que eran lo bastante listos para esquivar los coches, es por eso que me sorprendió cuando encontré el primero, pero a partir de ahí poco a poco fueron aumentando y de muchas razas diferentes, pequeños y grandes, hasta que puedo decir que en Portugal se pusieron a la cabeza de las víctimas, en cambio ahí no vi ni una rata. Escribo sobre esto porque para mí es un completo misterio. ¿qué saben las ratas portuguesas que no saben las andaluzas? ¿Son más rápidos los pájaros andaluces que los portugueses? ¿Y los conejos? Sobre todo en Andalucía miles de conejos poblaban las autovías, a donde miraras había cuatro corriendo, sin embargo ni un sólo cadáver… ¿son más listos que las ratas y los pájaros? ¿La gente los recoge para hacer hamburguesas de conejo y por eso no veo los cadáveres? No sé. Quizá tocaría llamar a Sherlock Holmes  en su centenario para que resuelva este misterio… cadáveres en el asfalto.
Hasta la próxima ya camino de Túnez.

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2 thoughts on “Lantana XXI, un viaje que son dos

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