Ateloiv tenía cinco años y el recuerdo que tuvo siempre sobre ese momento seguramente tenía más de reconstruido que de real, pero pese a eso fue probablemente el que marcó toda su vida y decidió su muerte a la edad de dieciocho años.
Estaba sentada a los pies de su madre en el mercado de Ramalo. Su madre discutía con un vendedor el valor de una hermosa calabaza rellena de queso y coco. Ramalo era uno de los mercados más grandes de Interior. A el acudían miles de creadores de todas las especies a ofrecer al público sus creaciones. Los cocineros exhibían con orgullo sus manjares creados a partir del replicador de barro primigenio. Los diseñadores te acosaban para que te probases uno de sus guantes, un vestido de ogro o unas nuevas orejas. Ateloiv miraba alegre todo ese fluir de sinergias que circulaban en todas direcciones.
El mercado se encontraba en medio de un interminable lago seco de tierra roja que se extendía hasta donde se perdía la vista. Todo era llano, sólo unas rocas negras se veían a un lado a unos cinco metros de donde terminaba la multitud. La niña se separó de su madre, esta no se preocupó, con un solo clic cerebral podía saber donde estaba su hija cuando lo quisiera. Ella caminó hasta las rocas para verlas de cerca. Su madre le había dejado bien claro que por nada del mundo debía traspasar el límite que éstas marcaban y Ateloiv sentía curiosidad por conocer que tipo de peligro se escondía tras ellas. Cuando la niña se alejó unos metros de la gente que se mantenía a una distancia prudente de ese simbólico límite, unas cuantas personas empezaron a cuchichear entre ellas mientras le echaban miradas reprobatorias. No le importó, ella era la hija del gran capitán, una de las personas con mas rang de la ciudad y eso le daba una prepotencia que la inmunizaba de los comentarios y miradas de esa gente. Pero cuando después de un rato mirando sin llegar a entender cuál era ese supuesto peligro del que todos hablaban se lanzó hacia el límite para comprobarlo por ella misma, una señora lanzó un grito y el resto se giraron o escondieron la cabeza bajo el brazo con horror. Ella descubrió con sorpresa que el aire más allá de esas piedras era sólido. Una especie de barrera le impedía avanzar. Su mano acariciaba con extrañeza esa superficie que ella no podía ver… hasta que la vio… Se dio cuenta de que nada existía mas allá de esa pared que ahora estaba tocando. Era mentira, todo era mentira, no había ningún desierto, ninguna extensión, no había espacio, sólo vio a una multitud de personas encerradas en un cubículo diminuto y se sintió atrapada, sintió que se quedaba sin aire, estaba encerrada y se echó a llorar. Su madre apareció enseguida la cogió en brazos y la sacó de allí. Ya en su casa Ateloiv no dejaba de sollozar, ya no estaban en el mercado ni el lago seco era ya un lago seco, ahora sólo una hayeda les rodeaba, pero Ateloiv no se calmaba, sabía que esos árboles eran una pared que ella no veía y esa sensación la hacía sentir como dentro de un ataúd. Cuando el psicólogo llegó ordenó rápidamente desconectar los entornos. De repente las paredes grises de una habitación aparecieron, el psicólogo cogió a Ateloiv de la mano y la llevó hacia la pared, le hizo posar la mano plana en ella y sólo al comprobar que estaba viendo lo que tocaba la niña se calmó y dejó de llorar. Tenía el síndrome de intolerancia a la imperceptibilidad, la idea de no percibir los límites reales del espacio generaba en ella una sensación de vértigo insoportable.
En interior obviamente todos sabían que todo lo que veían era falso, pero pasaban por alto esa realidad. En todos los entorno siempre existía algún tipo de signo sutil que informaba a la gente donde estaba la pared y era de una tremenda mala educación acercarse o tocar ese límite. Interior era un gran juego al que todos habían aceptado jugar, y ese juego al final se había convertido en su realidad.

Vicens Jordana


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